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Javier García Ruiz, psicólogo, aclara algo que no siempre sabemos: «Todas las personas tenemos una línea base de felicidad»

La tendencia a la estabilidad es, paradójicamente, una de las fortalezas psicológicas del ser humano

Javier García Ruiz, psicólogo, aclara algo que no siempre sabemos: «Todas las personas tenemos una línea base de felicidad»

Un hombre feliz en una playa. | ©Freepik.

La búsqueda de la felicidad acompaña al ser humano desde tiempos inmemoriales. Hemos recurrido a todo tipo de pensamientos, métodos y conductas para alcanzarla. Nos hemos mudado de ciudad, cambiado de trabajo y perseguido ascensos con la esperanza de sentirnos plenos. La felicidad, sin embargo, no funciona como una meta que se cruza al final de una carrera. No hay línea de llegada ni trofeo que la acredite. Tampoco existe un método infalible que garantice su permanencia.

El problema radica en que la felicidad no es algo tangible ni mensurable. No se puede pesar, medir ni almacenar para los días difíciles. Se trata de un concepto abstracto y profundamente subjetivo. Lo que para una persona representa la dicha, para otra puede resultar irrelevante. Esa relatividad dificulta su comprensión universal. No existe una fórmula aplicable a todos por igual.

Nuestras vivencias, nuestra educación y nuestra genética condicionan la forma en que experimentamos el bienestar. Cada persona parte de un punto emocional diferente. El psicólogo Javier García Ruiz ha abordado esta cuestión desde su cuenta de Instagram @psicologo.sevillano con notable claridad. Según explica, existe la llamada felicidad base, un concepto que puede transformar la manera en que entendemos nuestras emociones. Aceptar que esa base existe es el primer paso para dejar de perseguir espejismos. Y para empezar a trabajar en lo que realmente importa. Además, como ya explicamos en THE OBJECTIVE, hay que desterrar la idea de que la felicidad es solo una cuestión de actitud.

De qué depende nuestra felicidad base: la adaptación hedónica

García Ruiz lo plantea sin rodeos: «Todas las personas tenemos nuestro propio nivel base de felicidad, unos más arriba, unos más abajo, pero en cada persona es relativamente estable». Esta idea resulta desconcertante para quienes creen que la felicidad depende solo de lo que hacemos. La realidad es más compleja. Nuestro punto de partida emocional viene marcado por factores que no elegimos. De hecho, la genética desempeña un papel determinante en ese ajuste. No es fatalismo: es entender las reglas del juego y el especialista explica el nombre: «adaptación hedonista».

«Esta línea base la determina un cincuenta por ciento la genética», detalla el psicólogo. La otra mitad se reparte entre circunstancias vitales, personalidad y capacidad de adaptación. La forma en que percibimos la felicidad depende de lo que somos y de cómo nos hemos criado. El entorno familiar y las experiencias tempranas moldean ese umbral. Para cuando llegamos a la vida adulta, buena parte del trabajo ya está hecho: el cerebro ha configurado un termostato emocional que tiende a mantenerse estable.

Esto no significa que estemos condenados a un nivel fijo de bienestar. Significa que existe un punto de referencia al que nuestro organismo tiende a regresar. Conocer ese mecanismo resulta liberador. Permite enfocar los esfuerzos en lo que realmente puede mover esa línea. La genética pone el suelo, pero no necesariamente el techo. Lo que hagamos con el margen restante depende de nosotros.

Siempre volvemos al origen

Uno de los aspectos más reveladores de la felicidad base es su efecto elástico. Tras un acontecimiento extraordinario, la intensidad emocional se diluye con el tiempo. García Ruiz recurre a un ejemplo conocido: «Se compararon ganadores de lotería con víctimas de accidentes graves y se vio que todos regresaban a sus niveles previos». La euforia del premio y la desolación de la tragedia acaban amortiguándose. El cerebro busca el equilibrio como un péndulo que regresa al centro. Esa tendencia a la estabilidad es, paradójicamente, una de nuestras fortalezas psicológicas.

La felicidad no sigue una progresión lineal ascendente ni una caída sin freno. Nada es eternamente feliz, pero tampoco eternamente infeliz. Esta constatación debería aliviar a quienes atraviesan momentos difíciles. Conviene también que quienes viven una racha espléndida comprendan que esa euforia se moderará. No es pesimismo, sino realismo emocional. Aceptar los altibajos como algo natural ayuda a gestionarlos con mayor serenidad.

García Ruiz señala que, dependiendo del techo de nuestra felicidad base, mantener el bienestar puede resultar más o menos costoso. Algunas personas parten de una línea más alta y se recuperan con facilidad. Otras necesitan más esfuerzo y herramientas para volver a su equilibrio. Lo importante es comprender que ese retorno al origen no es un fracaso. Es el mecanismo natural de un cerebro diseñado para la adaptación. Conocerlo permite dejar de culparse por no estar siempre en la cima.

Trabajar en lo que de verdad importa

Si la felicidad base tiende a mantenerse estable, ¿merece la pena esforzarse? García Ruiz defiende que sí. Considera que este conocimiento es «algo positivo» porque cambia el enfoque por completo. «No hay que tenerle tanto miedo al fracaso o a la pérdida, porque volverás a ser igual de feliz con el tiempo», asegura. Esta perspectiva libera de la presión por evitar cualquier contratiempo. También reduce la ansiedad que genera perder lo conseguido.

El psicólogo invita a abandonar la obsesión por conseguir «esa gran cosa que supuestamente te va a hacer feliz». Ese ascenso, esa casa o ese viaje soñado producirán satisfacción, pero su efecto se atenuará. La clave está en invertir energía en lo que sí puede elevar la línea base de forma duradera. García Ruiz enumera varios pilares: cuidar las relaciones, atender la salud y mejorar la gestión emocional.

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Lo que puede parecer un contrasentido es, en realidad, un arma de defensa psicológica. ©Freepik.

No obstante, hay que insistir en que la felicidad base no es una sentencia inamovible: es un punto de partida que conviene conocer para dirigir bien los esfuerzos. No se trata de resignarse, sino de actuar con inteligencia emocional. Dejar de perseguir subidones puntuales y apostar por hábitos que nutran el bienestar cotidiano. El trabajo diario sobre uno mismo y las relaciones constituye la verdadera inversión. Porque la felicidad, al final, no se encuentra: se cultiva.

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