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Daniel López, psicólogo, lo explica con claridad: «La felicidad no es alegría, no es exaltación. Eso solo son emociones y momentos»

El experto considera que hablamos más bien de «un estado de paz, serenidad y calma»

Daniel López, psicólogo, lo explica con claridad: «La felicidad no es alegría, no es exaltación. Eso solo son emociones y momentos»

Un hombre triste en unas escaleras. | ©Freepik.

La búsqueda de la felicidad no es nueva. Tampoco es sencilla. Desde los filósofos griegos hasta los laboratorios de neurociencia del siglo XXI, el ser humano lleva siglos y milenios preguntándose cómo se llega a ese estado tan deseado. La pregunta ha tomado formas distintas en cada época, pero la inquietud de fondo permanece intacta. Lo que sí ha cambiado en las últimas décadas es la capacidad de la ciencia para arrojar algo de luz sobre el asunto. Hay cada vez más investigadores, psicólogos, psiquiatras y neurocientíficos que van teniendo más claro qué se le puede pedir a la felicidad, qué puede ser y, sobre todo, qué no es en absoluto.

La dificultad no es solo filosófica. Sintetizar qué es la felicidad implica sortear siglos de prejuicios culturales, expectativas sociales y confusiones conceptuales que se han ido acumulando. Cada tradición la ha descrito a su manera. Hay quien la entiende como un destino, quien la concibe como un hábito y quien la reduce a un instante de euforia. Y precisamente ahí está uno de los problemas más extendidos: confundir la felicidad con algo que, en realidad, no tiene nada que ver con ella.

Por eso cada vez cobra más fuerza el esfuerzo por delimitar el concepto desde la evidencia científica. No como un ejercicio académico, sino como una herramienta práctica. Saber qué es la felicidad —y qué no es— cambia la forma en que se la busca. Y, en muchos casos, cambia también la forma en que se sufre por no encontrarla.

La felicidad, una realidad de ida y vuelta

Que la felicidad sea deseable no significa que sea permanente. Eso es algo que la psicología lleva tiempo señalando, aunque la cultura popular insista en lo contrario. Entenderla como un estado absoluto y continuo no solo es irreal, sino que puede resultar contraproducente. La exigencia de ser feliz en todo momento se convierte, paradójicamente, en una fuente de malestar. El problema no es carecer de felicidad, sino tener una idea equivocada de lo que debería ser.

A pesar de esta complejidad, la felicidad no escapa del todo a la medición. La ciencia ha desarrollado herramientas para aproximarse a ella con cierto rigor. Del mismo modo que hay marcadores biológicos del estrés —hormonas, respuestas inflamatorias, alteraciones del sueño— existen también parámetros fisiológicos que permiten evaluar el bienestar de una persona. No es tan directo como un análisis de sangre. Pero tampoco es tan etéreo como para resultar inaccesible a la investigación.

En medicina, el concepto que mejor recoge esta dimensión es el de bienestar subjetivo percibido. No se trata de una emoción puntual ni de un estado ideal, sino de una valoración global que cada persona hace de su propia vida. Es medible, es estudiable y, lo más importante, es real. Los cuestionarios y las escalas psicológicas aplicados en decenas de países durante décadas han permitido trazar patrones, detectar variables que influyen en él y, en definitiva, tratarlo como un objeto de estudio serio. No obstante, le queda mucho recorrido y, a menudo, se insiste en la necesidad de establecer métricas fisiológicas fiables.

La felicidad, aunque lo parezca, no es una emoción

Uno de los errores más frecuentes es confundir la felicidad con la alegría o con momentos de euforia intensa, tal y como hemos contado en otras ocasiones en THE OBJECTIVE. El psicólogo Daniel López lo explica con claridad: «La felicidad no es alegría, no es exaltación, no es éxtasis. Eso son emociones, son momentos». La distinción importa. Las emociones son episódicas, tienen una duración limitada y responden a estímulos concretos. La felicidad, en cambio, opera en otro nivel. No desaparece cuando termina la celebración ni se activa solo ante algo extraordinario.

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El doctor López insiste en que no se trata de un ejemplo de «alegría o euforia». ©Freepik.

López propone sustituir el término por algo más manejable y menos grandilocuente: «La vamos a homologar a un estado de paz, serenidad y calma». Es lo que él llama el trasfondo emocional de una vida, como explica desde su cuenta de Instagram @dr.daniellopezrosetti. No el pico, sino la línea de base. Esa sensación de que la existencia tiene un horizonte propio, un pentagrama en el que cada uno puede inscribir sus notas. En ese sentido, la felicidad no es algo que ocurre, sino algo que se sostiene. Es una emoción secundaria, un estado de fondo que no depende de lo que pasa hoy, sino de cómo se vive en general.

La curva de la felicidad: una U vital

La investigación sobre la felicidad a escala global ha arrojado uno de sus hallazgos más sorprendentes y consistentes: la felicidad sigue, a lo largo de la vida, una forma de U. Hacia los veinte años, los niveles de bienestar subjetivo son relativamente altos. Daniel López lo explica así: «Cuando la gente dice ser más feliz es alrededor de los veinte años, porque tiene una vida por delante, son todo proyectos y ha tenido pocos golpes en general». A partir de ahí, la curva desciende. Las responsabilidades se acumulan, las expectativas chocan con la realidad y la vida se complica de formas que a los veinte años eran difíciles de imaginar. No obstante, no son pocos los investigadores que consideran que no es un patrón universal.

El punto más bajo de la U suele situarse en torno a los cuarenta y cinco o cincuenta años. Pero lo más revelador no es el descenso, sino lo que ocurre después. «A partir de los cincuenta, sesenta años, cuando empieza a subir la otra pata de la U, la gente empieza a ser más feliz», señala López. El motivo tiene un fondo filosófico: «Las personas comenzamos a valorar más lo que tenemos que aquello que podemos alcanzar más adelante».

Lo que la ciencia no ha terminado de explicar del todo es por qué el tramo intermedio resulta tan difícil. Una hipótesis apunta a que entre los treinta y los cincuenta años la brecha entre lo que se esperaba de la vida y lo que se tiene es máxima. Las obligaciones laborales, familiares y sociales se solapan. Las expectativas, lejos de ser un motor, se convierten en un peso. Y la felicidad, ese trasfondo de serenidad del que habla López, queda sepultada bajo la urgencia del día a día.

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