Immanuel Kant, filósofo, ya rompió el mito a sus 61 años: «La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación»
Defendió que la buena vida no consiste en buscar la felicidad, sino en vivir de tal modo que lleguemos a merecerla

Immanuel Kant
No se puede hablar de felicidad sin mencionar a Immanuel Kant (1724–1804), quien desde su ciudad natal, Königsberg, en la antigua Prusia —hoy Kaliningrado—, cambió la forma en que entendemos la ética. Aunque el nombre del filósofo suele asociarse al deber, la ley moral o la obligación, su obra también versa sobre la felicidad. Eso sí, a su manera.
A pesar de que Kant no negaba que todos queramos ser felices, sí cuestionaba que la felicidad pudiera servir como guía para decidir lo correcto. Para él, querer ser felices es un deseo natural, pero también inestable, ambiguo y muchas veces engañoso. Su tesis central, por tanto, resulta incómoda en una época obsesionada con el bienestar, ya que defiende que la vida moral no consiste en buscar la felicidad, sino en hacerse digno de ella.
La felicidad: una idea que nunca sabemos definir
En Fundamentación para la metafísica de las costumbres (1785), Kant parte de una observación sencilla: todos dicen querer ser felices, pero nadie puede explicar con precisión qué significa. De hecho, lo que creemos que nos hará felices cambia constantemente. La riqueza trae preocupaciones, el conocimiento revela problemas nuevos y la comodidad termina produciendo aburrimiento. La felicidad, por tanto, no funciona como un objetivo claro, sino como una expectativa cambiante.
El concepto de la felicidad es un concepto tan indeterminado que, aun cuando todo hombre desea alcanzarla, nunca puede decir de una manera bien definida y concordante consigo mismo qué es lo que propiamente desea y quiere
Por eso afirma: «La felicidad no es un ideal de la razón, sino de la imaginación, que descansa meramente sobre fundamentos empíricos». Con esta frase, escrita a sus 61 años, asegura que la felicidad no es una meta racional bien definida, sino una construcción basada en experiencias. Hoy deseamos algo convencidos de que nos hará felices, pero mañana puede dejarnos indiferentes.

Kant lo expresa aún con mayor claridad: «El concepto de la felicidad es un concepto tan indeterminado que, aun cuando todo hombre desea alcanzarla, nunca puede decir de una manera bien definida y concordante consigo mismo qué es lo que propiamente desea y quiere». La conclusión, entonces, no es que la felicidad sea imposible de alcanzar, sino que es demasiado variable para orientar nuestras decisiones morales.
Hacer lo correcto no depende de cómo te sientes
Para Kant, una acción tiene valor moral cuando se realiza por deber —y no por interés, por simpatía o por la satisfacción que produce—. Por ejemplo, ayudar a alguien porque te hace sentir bien es positivo y valioso desde un punto de vista humano. Pero, en sentido estricto, el mérito moral depende del motivo: hemos de actuar porque es lo correcto, no porque nos produzca bienestar.
De ahí su afirmación más famosa sobre el tema: «La moral no es propiamente la doctrina de cómo hacernos felices, sino de cómo debemos hacernos dignos de la felicidad».
Kant era perfectamente consciente de que el mundo no funciona de forma justa: que las prersonas honestas sufren, mientras que otras menos buenas prosperan sin escrúpulos. En la Crítica de la razón práctica (1788) plantea entonces el concepto del Sumo Bien: la unión entre virtud y felicidad. No describe el mundo tal como es, sino como la razón considera que debería ser. La idea de justicia que defiende implica que quien actúa correctamente debería poder ser feliz.
La felicidad también importa
Aunque no sea el fundamento de la moral, Kant no ignora la importancia práctica de la felicidad. Reconoce que una persona sometida a preocupaciones constantes o a necesidades extremas puede ver debilitado su compromiso moral. «Asegurar la propia felicidad es un deber, al menos indirecto; pues el que no está contento con su estado, rodeado de muchas preocupaciones y en medio de necesidades no satisfechas, podría fácilmente ser víctima de la tentación de infringir sus deberes», escribe, afirmando que aunque el bienestar no determina lo correcto sí puede facilitar vivir correctamente.

Hoy tendemos a identificar una buena vida con una que sea emocionalmente satisfactoria. Kant invierte ese orden: primero está lo correcto, después el bienestar. La felicidad no puede ser la brújula moral porque cambia con cada circunstancia. No actuamos bien porque nos haga felices, sino que nos hacemos dignos de la felicidad actuando bien.
La propuesta de Kant es austera pero clara: la felicidad es demasiado variable para dirigir la vida moral. Y si convertimos la felicidad en criterio, cada decisión dependerá de nuestro estado de ánimo. Por tanto, si el criterio es el deber, la conducta mantiene coherencia incluso cuando el bienestar fluctúa. Así, para Kant, la felicidad —si llega— será una consecuencia, no el punto de partida.
