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Rafael Santandreu (56), psicólogo, advierte de que la felicidad no entiende de lugares: «No hace falta cambiar de ciudad»

Advierte de que esta especie de procrastinación vital puede hacer más mal que bien

Rafael Santandreu (56), psicólogo, advierte de que la felicidad no entiende de lugares: «No hace falta cambiar de ciudad»

Rafael Santandreu

Hay una fantasía recurrente en muchas conversaciones de sobremesa: la del lugar donde todo iría mejor. Vivir junto al mar, mudarse al campo, escapar de la ciudad ruidosa o, al contrario, huir de un pueblo pequeño hacia alguna metrópoli llena de posibilidades. La imagen resulta tentadora, casi cinematográfica. Sin embargo, detrás de ese deseo late con frecuencia algo más profundo que una simple preferencia residencial: la convicción de que nuestra infelicidad tiene una dirección postal, y de que basta con cambiarla para resolverlo todo.

Este mecanismo, que el psicólogo Rafael Santandreu lleva años señalando en sus libros y en sus redes sociales, forma parte de una tendencia muy humana: externalizar el malestar, atribuirlo a factores ajenos y fiar a grandes cambios la posibilidad de vivir mejor. Santandreu, uno de los psicólogos más leídos en España, insiste en que reconocer esta trampa es el primer paso para salir de ella.

El riesgo de externalizar la felicidad, según Rafael Santandreu

Santandreu describe con claridad un fenómeno que, bien mirado, resulta casi cómico: quien vive en Madrid se queja del tráfico, del calor en verano y del frío en invierno, y sueña con una localidad de playa tranquila. Pero quienes habitan esas localidades de playa se quejan de lo contrario: de que aquello es aburrido, de que falta animación, de que echan de menos una ciudad con más vida. «Parece que nunca estamos contentos allá donde estamos», advierte el psicólogo, quien califica este patrón directamente de «neura». Algo que ha explicado en su cuenta de Instagram @santandreurafael.

Esta insatisfacción crónica con el entorno tiene un nombre en psicología: sesgo del impacto. Consiste en sobreestimar cuánto nos afectará emocionalmente un cambio importante, ya sea una mudanza, un nuevo trabajo o una ruptura. Anticipamos que la transformación será decisiva para nuestra felicidad, pero nuestra capacidad de adaptación es mucho mayor de lo que imaginamos, y pronto volvemos a nuestro nivel habitual de bienestar, o de malestar. El nuevo escenario se normaliza, y los viejos fantasmas reaparecen con puntualidad. De lo que ya hemos tratado en THE OBJECTIVE.

Lo más peligroso de externalizar la felicidad no es solo que no funcione, sino que genera un bucle de ansiedad difícil de romper. Si creemos que la solución está fuera, en otro lugar o en otra circunstancia que aún no tenemos, cada día sin ese cambio se convierte en un fracaso. La vida se vive en diferido, suspendida a la espera de que llegue el momento en que por fin todo encaje. Y entre tanto, el presente se vacía de significado. En este sentido, Rafael Santandreu es claro sobre la felicidad y cómo pretendemos llegar a ella.

Por qué la felicidad no está necesariamente en otro lugar

Afirmar que la felicidad no depende del lugar donde vivimos no significa ignorar que el entorno importa. Claro que importa. Si las circunstancias que nos rodean son objetivamente dañinas, cambiarlas es sensato y necesario. Una relación tóxica, un empleo que destruye la autoestima, un barrio que genera inseguridad real: todo eso afecta al bienestar y merece atención. Ortega y Gasset lo formuló con precisión cuando escribió que somos nosotros y nuestras circunstancias. No somos seres flotantes, ajenos al contexto.

Sin embargo, la clave está en distinguir entre lo que realmente nos perjudica y lo que simplemente hemos convertido en objeto de queja habitual. No es lo mismo vivir en un entorno genuinamente hostil que haberse acostumbrado a mirar el propio entorno con lupa crítica, amplificando cada defecto hasta que todo parezca insoportable. Antes de concluir que hay que cambiarlo todo, vale la pena preguntarse si el problema es el lugar o si es la mirada con la que lo habitamos.

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A menudo, pensamos que los grandes cambios vitales serán los que mejoren nuestra felicidad total. ©Freepik.

Esa distinción requiere honestidad. Analizar los pros y los contras de donde uno vive, sin dramatismo ni idealización, permite separar el malestar fundado de la magnificación cognitiva. A veces, el resultado de ese análisis confirmará que sí conviene cambiar algo. Otras, descubriremos que la fuente del descontento no está en la ciudad ni en el barrio, sino en ciertos hábitos mentales que nos acompañarán a cualquier parte. Una realidad sobre la felicidad de la que ha hablado Rafael Santandreu.

Cómo buscar ser más felices en el día a día

Santandreu propone algo que suena sencillo pero exige práctica: aprender a ver el propio entorno de otro modo. «Aprende a decirte que el lugar donde habitas es increíble», afirma, y añade que en cualquier ciudad o pueblo hay «árboles, fuentes, cielo azul, gente maravillosa por todas partes». No se trata de un optimismo impostado ni de negar lo que falla. Se trata de entrenar la atención para que no se quede atrapada solo en lo negativo, que es lo que hace el cerebro por defecto. Por eso, Rafael Santandreu existe en esa felicidad vinculada al pensar bien.

Este entrenamiento tiene nombre en psicología cognitiva: reestructuración cognitiva. Consiste en identificar los pensamientos automáticos negativos y cuestionarlos, para ver si resisten un análisis mínimamente riguroso. ¿Es cierto que esta ciudad es horrible? ¿O es que llevamos meses mirando solo lo que no funciona? La diferencia entre ambas preguntas puede parecer pequeña, pero sus consecuencias sobre el estado de ánimo son enormes.

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