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Enrique Rojas (77), psiquiatra, habla claro sobre las claves de la felicidad: «Tener buena salud y mala memoria»

Rvela las claves para la felicidad: buena salud, mala memoria y una vida con amor, trabajo, cultura y amistad

Enrique Rojas (77), psiquiatra, habla claro sobre las claves de la felicidad: «Tener buena salud y mala memoria»

El psiquiatra Enrique Rojas. | ©Instituto Rojas Estapé.

La búsqueda de la felicidad es una de esas obsesiones que, lejos de menguar con el paso de los siglos, parece recrudecer en cada generación. Ya Aristóteles situaba la eudaimonía —esa felicidad profunda, floreciente— como el fin último de la existencia humana. Platón la perseguía en el mundo de las ideas, y Epicteto la encontraba en el dominio de uno mismo. De estas páginas hemos hablado antes en THE OBJECTIVE, tanto de frente como de soslayo, pero la pregunta siempre reaparece: ¿qué es realmente ser feliz? El psiquiatra Enrique Rojas, uno de los más reconocidos de nuestro país, lleva décadas tratando de responderla. Y tiene una fórmula que, con la sencillez aparente de lo verdadero, lo resume todo: buena salud y mala memoria.

Esta sentencia no es un aforismo casual ni el titular fácil de una entrevista. Es la destilación de décadas de consulta, de investigación y de escucha activa a miles de pacientes. Rojas, con 77 años y una trayectoria que abarca desde la tesis doctoral sobre el suicidio hasta libros de referencia como Adiós, depresión o Comprende tus emociones, sigue viendo en su consulta madrileña a personas que arrastran el mismo peso de siempre: el de una vida que no termina de encajar con la felicidad que imaginaron.

En busca de la felicidad

El ser humano no solo quiere ser feliz, sino que aspira a entender la felicidad, a atraparla con pinzas conceptuales y reducirla a una ecuación manejable. Esta pulsión por sistematizar lo que se experimenta es, en parte, lo que nos distingue como especie reflexiva: si logramos aislar los componentes de la dicha como se aísla un elemento químico, pensamos, podremos reproducirla a voluntad. El problema —y los filósofos llevan milenios señalándolo— es que la felicidad no funciona como una receta. Ni el dinero, ni el éxito profesional, ni la acumulación de experiencias garantizan ese estado que buscamos. Hay quien lo encuentra en una gasolinera de carretera, según le ocurrió al propio Rojas durante una parada en Ávila, y hay quien no lo halla en la cima de todos sus logros.

Porque la felicidad, como subrayan psiquiatras y psicólogos, no es una emoción puntual ni un sentimiento que se enciende y apaga. Es un estado, algo más cercano a un clima interior que a un episodio concreto. Esto la diferencia radicalmente del miedo, la ansiedad, la ira o la euforia, que son respuestas del sistema nervioso ante estímulos identificables. La felicidad, en cambio, se construye por capas y con tiempo. Sí existen hábitos y decisiones que la favorecen, y la psiquiatría contemporánea tiene mucho que decir al respecto, pero no hay atajo que valga. Quien espere encontrarla de golpe, como quien gana la lotería, probablemente la esquive sin darse cuenta.

Cuáles son las claves de la felicidad, según Enrique Rojas

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A menudo, pensamos que la fase más feliz de nuestra vida es la infancia, aunque no siempre hay justificación para ello. ©Freepik.

Para Rojas, la felicidad tiene una arquitectura concreta: «Consiste en estar contento con uno mismo, al comprobar dos cosas: que uno tiene una personalidad equilibrada y, en segundo lugar, tiene un proyecto de vida». Ese proyecto, además, debe articularse en torno a cuatro ejes: amor, trabajo, cultura y amistad. Pero junto a esta estructura, hay algo más inmediato y quizá más radical en su propuesta. La felicidad, dice, necesita buena salud y mala memoria —y esta segunda condición merece detenerse. Algo que explicó en La Fórmula Podcast.

La mención a la salud conecta con el viejo ideal romano del mens sana in corpore sano: el cuerpo equilibrado sostiene la mente, y la mente estable sostiene al cuerpo. Pero la «mala memoria» que propugna Rojas no es una celebración del olvido trivial, sino algo más preciso y más exigente. Viene a señalar la tendencia humana a idealizar el pasado, a convertir lo que fue en un paraíso inaccesible que enturbia el presente. «La capacidad para olvidar lo malo es salud mental», afirma el psiquiatra con contundencia. Y añade un matiz neurocientífico: el nobel japonés Susumu Tonegawa ha demostrado que somos capaces de modular nuestros contenidos de memoria negativos, que residen en el hipocampo. Dicho de otro modo, el cerebro no es solo un archivo pasivo de vivencias; es también, con el entrenamiento adecuado, un gestor activo de lo que dejamos pasar y lo que elegimos retener.

Las dinamitas cotidianas de la felicidad

Vivir instalado en el pasado tiene un coste alto y poco visible. El mecanismo es sutil: idealizamos lo que fue, lo embellecemos con la pátina del tiempo y, al compararlo con el presente imperfecto, generamos una angustia sorda que no siempre sabemos nombrar. Rojas lo llama la «voz interior» —ese susurro negativo que la neurociencia asocia a la red neuronal por descarga, estudiada por el neurobiólogo Marcus Raichle— y que aflora precisamente en los momentos de quietud, cuando bajamos la guardia. «Para estar solo y estar bien hay que estar muy equilibrado», advierte el psiquiatra, recordando que tres países —Reino Unido, Japón y Corea del Sur— tienen ya un Ministerio de la Soledad, dato que dice mucho sobre la epidemia silenciosa de nuestra época.

Pero hay un segundo error simétrico al de vivir en el pasado, y es el de condenar la felicidad al futuro. «Cuando termine la carrera, cuando tenga pareja, cuando me asciendan»: esta cadena de condiciones aplazadas convierte la satisfacción en una promesa que siempre se pospone. Es, en cierto modo, la estructura narrativa de Esperando a Godot de Samuel Beckett, o la de Desierto de los tártaros de Dino Buzzati: la vida transcurre mientras aguardamos el momento de empezar a vivirla. Y cuando el tiempo se agota, el paraíso aún no ha llegado. Rojas cita, con su habitual destreza clásica, a Cervantes: «La felicidad no está en la posada, sino en medio del camino». La felicidad no es un destino; es una forma de andar, de interpretar lo que sucede y de encontrar sentido en ello sin aguardar condiciones perfectas que, casi siempre, nunca acaban de darse.

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