Javier García Ruiz, psicólogo, avisa a los que suelen quejarse: «Lastra nuestra felicidad y refuerza circuitos neuronales negativos»
No se trata de no protestar, sino de poner remedio para que ese estado desaparezca

Una mujer quejándose. | ©Freepik.
Nadie sensato negaría que la vida tiene sus dosis de sinsabores. El mundo no es un camino de rosas y, entre tanta flor, hay también unas cuantas espinas bien afiladas. Sin embargo, convencerse de que nuestro tallo es el único cargado de pinchos, o de que jamás vamos a ver ningún pétalo al final del recorrido, nos hace bastante menos bien del que creemos. Y la razón tiene nombre: nuestro cerebro puede enredarse en ese tipo de pensamientos con una facilidad pasmosa, hasta convertirlos casi en obsesiones. Así lo advierte el psicólogo Javier García Ruiz en su cuenta de Instagram @psicólogosevillano, donde aborda con rigor y claridad la tendencia humana hacia la queja y sus consecuencias sobre la felicidad.
García Ruiz alerta de un riesgo que solemos subestimar: caer en la eterna tentación de la autocomplacencia, ese estado en el que la queja deja de ser una respuesta puntual y se convierte en el idioma cotidiano con el que nos relacionamos con el mundo y con nosotros mismos. Quejarse puede sentirse como un alivio inmediato. Sin embargo, la ciencia tiene mucho que decir al respecto, y no siempre da la razón a quienes buscan en el lamento su zona de confort habitual.
Por qué a nuestro cerebro le encanta que te quejes
Existen cuatro motivos principales por los que el cerebro tiende a regodearse en la queja, y todos ellos tienen una explicación neurológica sólida. El primero tiene que ver con la plasticidad cerebral: el cerebro se moldea según el uso que hacemos de él. García Ruiz lo explica de forma directa: «Cuanto más hablas de un problema de forma negativa, más estás reforzando los circuitos cerebrales asociados a ese problema». Con el tiempo, ese hábito se vuelve automático. El cerebro lo adopta como su opción preferida, no porque sea saludable, sino porque es la más transitada. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE cuando nos referimos al ser humano como un ser de costumbres.
El segundo motivo apunta a algo que parece paradójico pero resulta comprensible: quejarse repetidamente aumenta la reactividad emocional en lugar de reducirla. Lejos de vaciar la olla, como suele creerse, alimentar el discurso del malestar mantiene al sistema nervioso en un estado de alerta constante. El cerebro no distingue entre una amenaza real y una narración recurrente sobre una amenaza pasada, así que responde a ambas del mismo modo. El resultado es más estrés, no menos; más tensión acumulada, no alivio.
Los otros dos motivos son igualmente reveladores. Por un lado, desahogarse con frecuencia puede deteriorar las relaciones: la otra persona acaba sintiéndose cargada, agotada o frustrada, especialmente cuando siente que no puede resolver nada. Por otro, la queja lastra directamente nuestra capacidad para solucionar problemas, porque «en lugar de pensar de forma orientada a las soluciones, te quedas atrapada en un discurso de culpa e infelicidad», advierte García Ruiz. Las funciones ejecutivas del cerebro quedan bloqueadas, y con ellas la creatividad necesaria para encontrar salidas reales. El cerebro, en definitiva, se vuelve conformista: halla en la queja un sustituto cómodo que le libera de tener que afrontar cambios verdaderos.
Entendiendo la reactividad emocional: entre la felicidad y la queja
La reactividad emocional es uno de los factores clave para entender nuestro bienestar o malestar, y también uno de los menos conocidos por el gran público. Se trata de la intensidad con la que respondemos emocionalmente ante los estímulos del entorno, sean positivos o negativos. Cuando esa reactividad se dispara de forma sostenida, el sistema nervioso permanece en alerta, aunque no haya ningún peligro real. García Ruiz señala que «expresar enfado y frustración una y otra vez sin llegar a resolver nada aumenta la intensidad emocional sin llegar a liberarla».
Eso significa que el alivio que parece que sentimos al quejarnos es, en realidad, una ilusión de cortísimo recorrido. Mantener al sistema nervioso en ese estado de activación constante tiene consecuencias directas sobre cómo nos relacionamos con los demás. La irritabilidad sube, la paciencia baja y la capacidad de empatía mengua de forma notable. Quien vive instalado en la queja tiende a percibir los vínculos afectivos como fuente de nuevas fricciones, no como refugio. La felicidad, en cambio, requiere cierto grado de calma neurológica: necesita que el cerebro pueda procesar el entorno sin disparar constantemente las alarmas. Por eso reducir la reactividad emocional no es solo una cuestión de bienestar individual, sino también de salud relacional, de cómo convivimos y de la calidad de los lazos que construimos.
Quejarse sí, pero para poner remedio

Nada de lo anterior implica que debamos reprimir cualquier forma de protesta o resignarnos ante situaciones injustas. García Ruiz no defiende en ningún momento que asumamos todo como natural y necesario, ni que ignoremos lo que nos duele o nos incomoda. La queja legítima, la que señala un problema real con ánimo de resolverlo, sigue siendo una herramienta válida y necesaria. La vida se mueve en una escala de grises. No todo es blanco ni negro, y reconocer las partes malas no equivale a negar las buenas. El matiz está en si la queja conduce a algún lugar. O, de lo contrario, simplemente da vueltas en el mismo círculo, una y otra vez, sin abrir ninguna salida.
El alivio real, según García Ruiz, viene de la regulación emocional, la reflexión y el seguir adelante, no de repetir el mismo guion de siempre. Aprender a gestionar lo que sentimos, detenerse a observar los propios pensamientos con algo de distancia y tomar decisiones orientadas al cambio son los verdaderos antídotos contra el bucle de la queja. No se trata de fingir felicidad ni de practicar un optimismo impostado, sino de no alimentar circuitos neuronales que solo saben producir más malestar. Porque la diferencia entre una queja que libera y una queja que encadena no está en el tema ni en la intensidad, sino en adónde nos lleva y en si, cuando terminamos de hablar, nos sentimos un poco más capaces de actuar.
