Ana Belén Medialdea, psicóloga, da la clave para que la felicidad no se vea lastrada por el sufrimiento: «Hay que aprender a manejar el dolor»
Enfocarnos en evitar al máximo lo que nos daña puede acabar generando más estrés del que conseguimos protegernos

La psicóloga Ana Belén Medialdea. | ©Facebook Ana Belén Medialdea.
La felicidad no es un estado permanente ni una meta que se alcanza de una vez para siempre. Hay baches, tropiezos y momentos de dolor que forman parte inevitable del recorrido vital. Por eso, aprender a transitarlos es tan importante como celebrar los buenos tiempos. La psicóloga Ana Belén Medialdea lo dejó claro en una conversación con el podcast Entiende tu mente: la clave no está en huir del sufrimiento, sino en entender qué nos dice y cómo convivir con él.
La felicidad, al contrario de lo que el imaginario colectivo lleva décadas vendiendo, se parece más a un estado de equilibrio que a una emoción constante. No funciona como la alegría o la ira, que irrumpen y se van. Es, más bien, una manera de relacionarse con la propia vida, incluyendo sus partes más oscuras. Saber esto cambia mucho la perspectiva, porque deja de tener sentido perseguirla como si fuera un tesoro escondido y empieza a tener más sentido construirla desde dentro.
Sufrir, pero no en vano
Hay una trampa en la que caemos con frecuencia: creer que el objetivo es no sufrir. Medialdea lo formuló con una claridad que vale la pena retener: «Lo que más nos hace sufrir es no querer sufrir». La paradoja es real y está bien documentada en psicología. Cuanto más energía invertimos en evitar una emoción difícil, más presente se vuelve y más nos atrapa. El sufrimiento, en cambio, pierde parte de su poder cuando se le mira de frente y se le da un lugar.
La psicóloga fue directa al respecto durante el podcast: «Hay cosas que nos han pasado que nos duelen, y es inevitable que no nos duelan y nos duelen porque nos ha importado mucho lo que ha sucedido». Desde esa honestidad, el trabajo terapéutico cambia de objetivo. «A veces tenemos que ir a aprender a cómo manejar ese dolor, cómo convivir con ese dolor, porque no podemos extirparlo», añadió Medialdea. No se trata de resignarse, sino de comprender que el dolor también es información: señala lo que importa, lo que se ha perdido, lo que necesita atención.
El problema surge cuando la sociedad promueve un pensamiento positivo radical que exige fingir que todo va bien. Esa actitud, lejos de proteger la salud mental, genera una tensión constante entre lo que se siente de verdad y lo que se cree que debería sentirse. El resultado es una especie de disonancia interna que agota, porque obliga a mantener una fachada mientras el malestar crece por dentro. Reconocer que hay momentos de flaqueza no es un signo de debilidad; es, de hecho, el primer paso hacia una gestión emocional más honesta y más eficaz.
Enfrentarse al sufrimiento para ser felices
El estoicismo lleva siglos siendo malinterpretado, especialmente en lo que respecta al dolor. Algunos lo han reducido a una especie de glorificación del sacrificio, como si aguantar sin quejarse fuera la vía directa hacia la virtud. Sin embargo, los estoicos clásicos —Marco Aurelio, Epicteto, Séneca— hablaban más bien de aceptar lo que no se puede controlar. Y, a pesar de que a veces se confunde, a actuar con serenidad sobre lo que sí está en nuestra mano. Sufrir por sufrir nunca fue parte del programa; sí lo era no dejarse arrastrar por el sufrimiento hasta perder el rumbo. Algo de lo que hemos hablado varias veces en THE OBJECTIVE.

Hoy la psicología contemporánea recoge ese legado y lo traduce a términos más prácticos. La terapia de aceptación y compromiso, conocida por sus siglas en inglés ACT, propone exactamente eso: no luchar contra las emociones difíciles, sino aceptar su presencia y seguir actuando en línea con los propios valores. Los especialistas insisten en que la felicidad no es ausencia de sufrimiento, sino capacidad de seguir adelante a pesar de él. Psiquiatras como Víktor Frankl ya señalaron que incluso en las circunstancias más extremas, el ser humano puede encontrar sentido. Por eso, ese sentido es, precisamente, lo que nos sostiene.
La vida, por tanto, no es un camino de rosas ni tampoco un valle de lágrimas perpetuo. Tiene tramos duros y tramos luminosos, y la clave está en no aferrarse en exceso a ninguno de los dos. Cuando se acepta que el dolor forma parte de la experiencia humana, pierde su carácter amenazante y se convierte en algo que se puede atravesar. Los psicólogos recomiendan, entre otras estrategias, poner nombre a lo que se siente. También a hablar de ello con personas de confianza y, cuando el malestar se cronifica o desborda, buscar apoyo profesional sin esperar a que la situación sea insostenible.
