Víctor Amat, psicólogo, habla claro sobre la felicidad en el trabajo: «No forzosamente te tiene que caer bien todo el mundo»
En su teoría, avala que «en el trabajo, no somos ni una familia, ni un equipo. O por lo menos, no es obligatorio serlo»

El psicólogo Víctor Amat. | ©Penguin Random House.
Nos guste o no, salvo que tengamos la suerte de poder evitar el trabajo remunerado, lo cierto es que buena parte de nuestra vida activa la pasaremos desarrollando alguna actividad laboral. Es inevitable, y conviene gestionarlo bien. Cierto es también que los tiempos han cambiado: cada vez más, la forma de trabajar permite una mayor deslocalización, aunque no necesariamente una menor conexión con otras personas, algo que no es ni bueno ni malo per se. Lo que sí ha acabado calando con fuerza en el imaginario colectivo es otro mensaje bien distinto: el de que el trabajo debe hacernos felices, el de que nuestros compañeros son casi una familia. Y ahí es donde el psicólogo Víctor Amat, conocido como el Psicólogo Punk, pone el freno.
Amat, autor de títulos como Autoestima Punk, Psicología Punk o, el más reciente Las 10 leyes para ser jodidamente irresistible: Todo lo que debes saber para lograrlo casi todo, lleva años desmontando con claridad y sin condescendencia algunos de los grandes relatos que rodean la felicidad en el trabajo. Su mensaje no es el del cínico que odia su profesión, sino el del profesional que defiende una visión más honesta y, en el fondo, más compasiva de lo que significa trabajar. Porque aceptar que el trabajo es trabajo, y no un espacio de autorrealización permanente, puede ser, paradójicamente, el primer paso hacia una vida laboral más sana.
La falacia del trabajo como hogar
Aunque pueda parecer una idea bien asentada en la psique colectiva, vincular de forma forzosa el entorno laboral con relaciones de confianza profunda —amistad, o incluso familia— no siempre ha funcionado así. En décadas pasadas, cuando una persona desarrollaba su carrera durante muchos años en una misma empresa, era natural que surgieran lazos estrechos con los compañeros. El tiempo compartido, la estabilidad y la rutina común creaban un terreno fértil para esas relaciones. Pero ese modelo lleva tiempo en retirada, y su desaparición ha traído consecuencias que pocas veces se analizan con rigor.
En las últimas dos décadas, la rotación de personal se ha disparado en muchas empresas. Los equipos se forman y se deshacen con una velocidad que dificulta construir vínculos genuinos, y la sinergia personal entre empleados se resiente. Ante esa realidad, muchas organizaciones han recurrido a estrategias de team building y dinámicas de grupo para generar esa camaradería. El problema es que que antes surgía de forma espontánea y ahora se tiene que perseguir. El resultado, con frecuencia, es el contrario al deseado: actividades forzadas que generan más incomodidad que cohesión, y que transmiten un mensaje implícito difícil de ignorar.
Víctor Amat ha señalado en varias ocasiones, también a través de su cuenta de Instagram @victoramat01, que esta pretensión de convertir el trabajo en un espacio de relaciones íntimas es, directamente, una falacia. No se trata de negar que puedan surgir amistades en el entorno laboral —de hecho, ocurre y es bienvenido—, sino de cuestionar la idea de que esas relaciones deban fabricarse o imponerse. Compartir un objetivo con otras personas no convierte automáticamente a ese grupo en un equipo, y mucho menos en una familia. Son cosas bien distintas, y confundirlas tiene un coste real sobre el bienestar de los trabajadores.
El trabajo no es casa, pero si lo es, bienvenido sea
Amat es claro al respecto, y sus palabras no dejan mucho margen a la interpretación, aunque suenen a contracultura. «Nos han embebido que uno va al trabajo a realizarse como ser humano. Esto es una falacia», considera. Con esa contundencia, el psicólogo señala algo que muchos sienten pero pocos se atreven a verbalizar. El trabajo es el espacio donde pasas tiempo con otras personas, donde desarrollas una actividad, donde cumples con una función. Pero no tiene por qué ser, necesariamente, el lugar donde te realizas como persona.

Eso no significa que el trabajo no pueda aportar satisfacción, propósito o incluso alegría. Significa, más bien, que depositar en él toda la carga de nuestra autorrealización es una apuesta arriesgada. Amat lo plantea con una distinción que resulta liberadora: «No somos un equipo, no somos una familia. Somos un grupo humano trabajando». Y ese matiz, que puede parecer menor, cambia por completo la forma en que uno gestiona las expectativas. También, como es evidente, los conflictos y las decepciones en el entorno laboral. Aceptar esa realidad no es resignarse; es, al contrario, una forma de protegerse.
Ahora bien, si el trabajo acaba siendo también un espacio de amistad o de afecto genuino, mucho mejor. Amat no niega esa posibilidad, sino que la celebra cuando ocurre de forma natural. Lo que rechaza es la condición implícita de que llevarse bien con los compañeros —o incluso quererlos— sea un requisito para desempeñar bien las tareas. Como él mismo ha apuntado, «no forzosamente te tiene que gustar todo el mundo y no forzosamente tienes que trabajar sin frustración». La felicidad en el trabajo no depende de esa quimera.
Liderazgo, frustración y expectativas reales
Uno de los puntos más interesantes del planteamiento de Amat es el papel que juega el liderazgo en todo esto. Reconoce que hay personas con una capacidad genuina para crear equipos cohesionados. Por eso, bajo ciertos liderazgos sí puede lograrse algo parecido a esa unión que las empresas persiguen. Sin embargo, matiza que esa cohesión es siempre temporal y siempre dependiente de las personas concretas que la impulsan. No es la norma, sino la excepción. Conceptos de los que hemos hablado previamente en THE OBJECTIVE.
La frustración laboral, en ese sentido, nace con frecuencia de la distancia entre lo prometido —o lo que nos hemos prometido a nosotros mismos— y lo que el trabajo ofrece. Si uno llega esperando autorrealizarse y encontrar su tribu, el choque con la realidad puede ser duro. Si, en cambio, uno llega con expectativas más ajustadas —un entorno donde desarrollar una actividad, con gente con quien ojalá llevarse bien—, la ecuación cambia sustancialmente. Y la felicidad en el trabajo se vuelve algo más alcanzable.
