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David Gómez, psicólogo, sobre la presión social de la felicidad: «Si no estás feliz parece que molestas»

Vivimos en una sociedad que penaliza las malas emociones y eso, a veces, aumentar el dolor de quien las sufre

David Gómez, psicólogo, sobre la presión social de la felicidad: «Si no estás feliz parece que molestas»

Un hombre triste. | ©Freepik.

La felicidad no es un estado permanente, sino un horizonte al que nos acercamos y del que nos alejamos según el momento vital. Nadie lo discute, y sin embargo vivimos en una cultura que parece exigir alegría continua, como si el malestar fuera una descortesía. El psicólogo David Gómez lleva tiempo señalando esta contradicción: la felicidad que se nos pide en sociedad no siempre coincide con la que sentimos por dentro, y la brecha entre ambas puede causar un daño considerable.

Aunque ciertos momentos del año —la Navidad, las vacaciones, las celebraciones familiares— amplifican esa presión social por la felicidad, Gómez advierte en sus reflexiones que el fenómeno no entiende de calendarios. Salir a la calle y toparse con escaparates iluminados y mensajes de júbilo colectivo resulta difícil de sostener para quien atraviesa una mala etapa. Fingir bienestar, en esos casos, no solo cansa, sino que duplica el malestar real.

La molestia de no estar feliz

Hemos normalizado la felicidad como el estado natural del ser humano, y eso no es necesariamente un error. Buscar el bienestar propio forma parte de una vida saludable, y aspirar a sentirse bien resulta tan razonable como cualquier otro objetivo vital. El problema surge cuando esa normalización se convierte en presión y cuando quien no la siente queda fuera de un código social no escrito pero muy rígido.

David Gómez lo formula con claridad desde @davidgomezpsicologo algo que muchos reconocen pero pocos se atreven a decir en voz alta: «Vivimos en una sociedad que te fuerza a ser feliz, porque si no estás feliz parece que molestas. La tristeza es una emoción que parece que nos molesta como sociedad». Esa incomodidad ante el malestar ajeno no responde a la maldad, sino a algo más sutil: rompe la norma tácita de que todos deberíamos estar bien. Así, quien no lo está acaba sintiéndose doblemente perjudicado, pues sufre su propio dolor y además carga con la culpa de no encajar en el relato general.

No sentirse feliz es, ante todo, algo transitorio. Las emociones fluctúan, los ciclos vitales cambian y los estados de ánimo difícilmente son permanentes. Ahora bien, sobre esa transitoriedad pesa el prejuicio social de que mostrarse triste equivale a fallar, a molestar, a pedir demasiado. Nadie desea sentirse así, y desde luego a quien menos gracia le hace esta situación es a la persona que la está viviendo. Penalizarla socialmente por ello no solo es injusto, sino profundamente inútil.

Paso uno: verbalizar lo que sientes

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Verbalizar los sentimientos negativos, sin regodearse en ellos, también ayuda a sanar. ©Freepik.

Nombrar lo que sentimos es el primer paso para poder comprenderlo y, en su caso, abordarlo. Tanto las emociones positivas como las negativas necesitan ser reconocidas. Sabemos que ignorarlas no las elimina, sino que las desplaza hacia un lugar menos accesible y más dañino. Cuando fingimos estar bien sin estarlo, le negamos a nuestro cerebro la información que necesita para procesar lo que ocurre. Algo de lo que hemos alertado en THE OBJECTIVE.

El silencio prolongado sobre el propio malestar alimenta la rumiación: ese proceso por el que la mente regresa una y otra vez al mismo pensamiento sin avanzar hacia ninguna solución. Enmascarar el dolor fomenta, además, el desarrollo de patrones cognitivos negativos que con el tiempo se consolidan. Dicho de otro modo, callar lo que sentimos no protege, sino que construye un ecosistema interior propicio para el sufrimiento crónico.

Sin embargo, verbalizar no es lo mismo que regodearse. Nuestro cerebro tiene una tendencia conformista notable: si insistimos de manera sistemática en que estamos mal, acaba comprando esa narrativa y reforzándola. La reiteración constante del malestar puede convertirse en un bucle del que resulta difícil salir. Esa es la razón por la que, cuando repetimos el mismo relato, lo estamos consolidando un poco más. La clave, por tanto, es reconocer y expresar lo que sentimos sin instalarnos en ello como si fuera una identidad permanente.

Ser consciente y comprender

La felicidad, como subrayan psiquiatras y psicólogos de referencia como Marian Rojas Estapé o Enrique Rojas, no es una emoción puntual comparable a la alegría o la ira. De hecho, consideran que es un estado más profundo y sostenido en el que influyen múltiples variables. Entender esta distinción cambia mucho la manera en que nos relacionamos con nuestro propio bienestar. La alegría es un destello, mientras que la felicidad es más parecida a una temperatura vital que se construye con el tiempo.

Asumir que la felicidad no es eterna ni está garantizada no equivale a resignarse, sino a operar desde la realidad. Cultivar rutinas que favorezcan el bienestar —descanso, movimiento, conexión con otros, actividades con sentido— es una forma activa de trabajar en ese estado sin depender de que todo salga perfectamente. Del mismo modo, aprender a ver lo que sí funciona en nuestra vida, en lugar de fijar la atención exclusivamente en lo que falta, entrena una mirada más equilibrada y menos propensa a la insatisfacción.

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