Rafael Santandreu, psicólogo, sobre encontrar la felicidad en la amistad: «Hay que saber esquivar los fallos de los otros»
El especialista analiza el daño que pueden hacer las exigencias a terceros en nuestras relaciones personales

El psicólogo Rafael Santandreu. | ©Penguin Random House.
Tener amigos no solo es bueno: es, literalmente, sano. Cada vez acumula más respaldo científico la idea de que el bienestar humano se sostiene sobre pilares más sencillos de lo que parece. Dormir bien, comer de forma equilibrada, mover el cuerpo con regularidad y cultivar relaciones sociales de calidad son, según numerosos estudios, los cuatro grandes factores que pueden alargar y mejorar nuestra vida. El problema es que, cuando hablamos de relaciones sociales, solemos pasar por alto una realidad incómoda pero liberadora: nuestros amigos tampoco son perfectos. El psicólogo y escritor Rafael Santandreu lo ha recordado recientemente en sus redes sociales con una reflexión que invita a replantearse cómo nos vinculamos con los demás.
El mensaje de Santandreu llega en un momento en que la conversación sobre salud mental y bienestar ocupa cada vez más espacio en el debate público. Aun así, pocas veces nos detenemos a examinar la calidad de nuestros vínculos con la misma atención que dedicamos a la dieta o al deporte. Aprender a relacionarse mejor, sin embargo, puede ser tan transformador como cualquier otro hábito saludable. La clave, según este especialista, no está en rodearse de amigos perfectos, sino en saber convivir con su imperfección, y con la nuestra. Tampoco, como sabemos, hay que ser un estoico en la vida moderna.
De la autoexigencia personal a la exigencia social
Vivimos en una época extraña. Por un lado, el discurso del autocuidado y la autocompasión llena feeds, pódcasts y libros de superación. Por otro, los estándares que nos imponemos —y que las redes sociales amplifican sin descanso— no han hecho más que crecer. Hay que estar en forma, comer sano, ser productivos, leer, viajar con criterio, tener pareja estable, una red social amplia y, a ser posible, un propósito de vida claro. El resultado de tanta exigencia acumulada es, casi inevitablemente, una forma sorda de ansiedad. Algo de lo que hemos alertado varias veces en THE OBJECTIVE.
Rafael Santandreu lo expresa sin rodeos desde @santandreurafael: «Tengo que estar delgado, estar en forma, tener pareja, muchos amigos, ser extrovertido. Fijaos que todo eso es absurdo, porque los seres humanos somos imperfectos por naturaleza». Esta declaración, aparentemente sencilla, encierra una crítica de fondo al modelo de persona que la cultura contemporánea nos propone como deseable. Perseguir ese ideal no solo agota, sino que distorsiona la percepción que tenemos de nosotros mismos y, por extensión, de quienes nos rodean.
Porque lo que ocurre con frecuencia es que esa hiperexigencia personal no se queda en el plano individual. Cuando nos acostumbramos a juzgarnos con dureza, acabamos aplicando el mismo rasero a los demás, incluidos nuestros amigos. Santandreu advierte de que ese traslado es «fatal». Exigirle a otra persona que sea siempre generosa, leal, discreta, divertida, empática y disponible es pedirle que sea lo que ningún ser humano puede ser de forma sostenida. Aprender a soltar esa exigencia, dice el psicólogo, es «un descanso increíble».
El amigo perfecto no existe

Una de las ideas más útiles que propone Santandreu es la del collage como metáfora de las relaciones. Así lo explica: «Un amigo, podemos ir juntos al fútbol y tal. Con otro le puedo contar mis confidencias y al otro le puedo pedir dinero, el otro me puede hacer un favor. Entre todos tengo todo, pero no uno me lo tiene que dar todo». La imagen es tan clara como reveladora. Buscamos en una sola persona lo que en realidad está repartido entre varias, y esa búsqueda imposible nos condena a la decepción permanente.
Este enfoque no es solo más realista: también es más justo hacia los demás. Pedirle a un amigo que lo sea todo —confidente, cómplice, prestamista emocional y compañero de aventuras— supone una carga que ninguna relación debería soportar. Santandreu señala, además, que cada persona tiene sus propios límites y sus propias grietas. Hay amigos con quienes resulta maravilloso hacer senderismo, pero a quienes no conviene contarles nada privado porque, «en cuanto te giras, ya lo están contando a todo el mundo». Reconocer esa diferencia no es cinismo: es lucidez. No está de más, por ejemplo comprobar cómo otro especialista en felicidad como es Arthur Brooks resuma que la encontraremos en la fe, la familia, los amigos y un trabajo que te nutra.
La clave de la felicidad en la amistad pasa, así, por aprender a esquivar los fallos ajenos en lugar de empeñarse en corregirlos. Santandreu afirma que esto «es superfácil, siempre y cuando no nos pongamos supercabezones de que los demás deben absolutamente ser los amigos perfectos». Aceptar que la imperfección es la norma —no la excepción— nos permite disfrutar de lo que cada vínculo sí puede ofrecer, sin lamentar eternamente lo que no puede dar.
