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Erich Fromm, filósofo y psicoanalista, ya lo avisó a sus 47 años: «La felicidad no nace de llenar vacíos, sino de desarrollar nuestro potencial»

Para el psicoanalista, la felicidad se encuentra en la alegría que surge cuando desarrollamos nuestro verdadero potencial

Erich Fromm, filósofo y psicoanalista, ya lo avisó a sus 47 años: «La felicidad no nace de llenar vacíos, sino de desarrollar nuestro potencial»

Erich Fromm reflexiona sobre la felicidad | CC

Erich Fromm, psicoanalista, filósofo y uno de los pensadores más influyentes del siglo XX, dedicó gran parte de su obra a comprender la condición humana en el mundo moderno. Formado en la tradición del psicoanálisis, pero profundamente crítico con sus limitaciones, Fromm, fallecido en 1980 a los 79 años, supo integrar la psicología con la filosofía, la sociología y la ética para ofrecer una visión más amplia y profundamente humanista del ser humano. Su pensamiento cobró especial relevancia en una época marcada por guerras, crisis de valores y el auge de sociedades cada vez más orientadas al consumo, donde advirtió sobre los riesgos de una vida centrada en el tener en lugar del ser.

La persona mentalmente sana es la que vive por amor y por razón, que ama la vida y que no tiene el poder como fin, sino la plenitud de su propio ser

A diferencia de otros autores que abordaban la felicidad como un estado emocional o una meta, Fromm la entendía como el resultado de una vida auténtica, libre y creativa. Su importancia radica precisamente en haber planteado que el bienestar humano no depende tanto de las condiciones externas como de la capacidad interna de amar, pensar y desarrollarse plenamente. En este sentido, su obra sigue siendo hoy especialmente vigente, ya que cuestiona muchos de los supuestos de la sociedad contemporánea y propone una alternativa basada en la responsabilidad individual, la conciencia y el crecimiento personal. La «buena vida», para él, no es algo que simplemente ocurre, sino que es el resultado de un compromiso activo, consciente y constante con la existencia.

La felicidad como arte de vivir

Erich Fromm concebía la vida como un arte que exige dedicación, aprendizaje y disciplina, del mismo modo que la música o la pintura. Aseguraba que no se nace sabiendo vivir, sino que se aprende. Y en ese proceso, la felicidad aparece como una señal de que vamos por el buen camino.

El hombre no puede ser libre a menos que sea capaz de elegir entre alternativas, y no puede elegir a menos que sea capaz de pensar por sí mismo

«La felicidad es el criterio del éxito en el arte de vivir, de la virtud en el sentido de la ética humanista», escribió en su libro Ética y Psicoanálisis, publicado en 1947. Desde esta mirada, ser feliz no es un objetivo superficial, sino una consecuencia de vivir de manera plena, auténtica y productiva.

Erich Fromm distingue entre placer y alegría

Otro punto central en su pensamiento es la distinción entre placer y alegría. El placer suele estar ligado a la satisfacción inmediata de una necesidad o deseo, mientras que la alegría es algo más profundo: es la señal de que estamos desarrollando nuestro potencial. «La alegría es lo que experimentamos cuando avanzamos en el proceso de llegar a ser nosotros mismos», escribió en Del tener al ser (1976).

La felicidad es el acompañante de toda actividad productiva. No es la satisfacción de una necesidad que nace de una carencia, sino el fenómeno que acompaña a la realización de una potencialidad

En la misma línea, el filósofo define la felicidad no como la ausencia de carencias, sino como la expresión de nuestras capacidades más humanas: «La felicidad es el acompañante de toda actividad productiva. No es la satisfacción de una necesidad que nace de una carencia, sino el fenómeno que acompaña a la realización de una potencialidad», escribió en el primer libro mencionado, a la edad de 47 años. Es decir, que la felicidad, para Fromm, nace de desarrollar nuestro potencial, no de llenar vacíos.

El dilema entre «tener» y «ser»

Uno de los aportes más conocidos de Erich Fromm es su distinción entre dos formas fundamentales de existir: el modo tener y el modo ser:

  • El modo tener se basa en la posesión: cosas, estatus, incluso personas. En este modelo, la felicidad depende de lo que se acumula, pero también genera una constante ansiedad, porque todo lo que se tiene puede perderse.
  • En cambio, el modo ser se centra en la experiencia, el crecimiento y la conexión genuina con uno mismo y con los demás. Aquí, la felicidad no depende del resultado, sino del proceso de vivir.

«Si soy lo que tengo y si pierdo lo que tengo, ¿entonces quién soy? Nadie, sino un testimonio de una vida falsa, engañosa y malgastada. (…) En el modo de ser, la felicidad consiste en compartir, en el amor y en la actividad creativa; en el modo de tener, consiste en la posesión, el poder y, en última instancia, en el miedo a perder lo que se tiene», escribe.

Libertad, responsabilidad e integridad

Fromm también exploró la libertad de los seres humanos. Ser libre implica decidir, asumir consecuencias y pensar por uno mismo, y eso puede generar angustia. Sin embargo, renunciar a esa libertad significa renunciar también a la posibilidad de una vida auténtica. «El hombre no puede ser libre a menos que sea capaz de elegir entre alternativas, y no puede elegir a menos que sea capaz de pensar por sí mismo», leemos en El corazón del hombre (1964).

La afirmación de la propia vida, felicidad, crecimiento y libertad está arraigada en la propia capacidad de amar

Para Fromm, la felicidad solo es posible cuando el individuo deja de ser un «autómata» moldeado por las presiones sociales y empieza a vivir desde su propia verdad: «El hombre es el único animal para quien su propia existencia es un problema que tiene que resolver y del cual no puede escapar», afirma en el mencionado libro. Un tema que rescata en El miedo a la libertad: «La afirmación de la propia vida, felicidad, crecimiento y libertad está arraigada en la propia capacidad de amar».

Erich Fromm, además, redefine incluso el concepto de salud mental. No se trata simplemente de no estar enfermo, sino de vivir de una manera que permita amar, crear y pensar con libertad.

«La persona mentalmente sana es la que vive por amor y por razón, que ama la vida y que no tiene el poder como fin, sino la plenitud de su propio ser», afirmó. En definitiva, la propuesta de Fromm es exigente, pero profundamente humana, pues se basa en que la felicidad no se encuentra, sino que se construye. Y no se construye acumulando, sino siendo.

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