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Søren Kierkegaard, filósofo, ya lo advirtió en 1843: «La felicidad es decidirse por la vida con pasión y responsabilidad, sin esperar garantías»

Ajena a fórmulas prefabricadas, se mantiene como una de las reflexiones más incisivas sobre lo que significa vivir

Søren Kierkegaard, filósofo, ya lo advirtió en 1843: «La felicidad es decidirse por la vida con pasión y responsabilidad, sin esperar garantías»

Retrato de Søren Kierkegaard | Gemini

En 1843, mucho antes de que la autoayuda se convirtiera en industria y de que la felicidad se midiera en métricas digitales, Søren Kierkegaard dejó escrita una idea incómoda y profundamente vigente: la felicidad no es algo que se encuentra, sino algo que se decide. «La felicidad es decidirse por la vida con pasión y responsabilidad, sin esperar garantías», planteó el filósofo danés en una época atravesada por cambios sociales, pero aún ajena a la velocidad y la incertidumbre contemporáneas.

Considerado el padre del existencialismo, Kierkegaard puso el foco en el individuo, en su capacidad de elegir y, sobre todo, en la carga que implica esa libertad. En su obra O lo uno o lo otro, publicada ese mismo año, desarrolló una de sus ideas más influyentes: la vida no es una sucesión de acontecimientos que nos arrastran, sino una serie de decisiones que nos definen. En ese marco, describió distintas formas de vivir, entre ellas la llamada «fase ética», un estadio en el que el individuo deja de actuar por impulso o por inercia y asume la responsabilidad total de sus elecciones.

Elegir es construir una vida

La tesis central es tan simple como exigente. No basta con dejarse llevar por las circunstancias o esperar que las condiciones externas se alineen para alcanzar una vida satisfactoria. La verdadera transformación ocurre cuando el individuo decide activamente quién quiere ser y actúa en consecuencia. En otras palabras, la felicidad no es un accidente, sino una construcción.

O lo uno o lo otro

La trampa de no decidir

En el pensamiento de Kierkegaard hay una advertencia que resuena con especial fuerza en la actualidad: no elegir también es una elección. En un contexto donde la sobreabundancia de opciones puede generar parálisis, esta idea adquiere un matiz casi profético. Evitar decisiones, posponerlas o delegarlas en otros no nos exime de responsabilidad, sino que configura igualmente nuestra existencia. La omisión también traza un camino.

El filósofo danés planteaba que vivir en la fase estética, es decir, dejarse llevar por el placer inmediato o por lo que dictan las circunstancias, conduce a una forma de vacío. Es una vida marcada por la dispersión, donde el individuo no se compromete con nada duradero. Frente a eso, la fase ética implica un giro: elegir con conciencia, asumir las consecuencias y sostener esas decisiones en el tiempo.

Este planteamiento choca con una de las narrativas más extendidas hoy, la idea de que la felicidad está ligada a la ausencia de conflicto, a la acumulación de experiencias placenteras o a la eliminación de cualquier incomodidad. Kierkegaard, en cambio, sugiere lo contrario: vivir con plenitud implica aceptar la incertidumbre, el riesgo y la falta de garantías.

La noción de «sin esperar garantías» resulta especialmente relevante. En una cultura que busca certezas constantes, desde contratos emocionales hasta planes de vida milimétricamente diseñados, Kierkegaard introduce una ruptura. Elegir implica siempre un salto, una apuesta sin red. Y es que no hay forma de prever completamente las consecuencias de una decisión, pero eso no invalida la necesidad de tomarla.

La felicidad como actitud

Desde esta perspectiva, la felicidad no se vincula tanto con el resultado como con la actitud. Es el compromiso con la propia vida, con sus límites y posibilidades, lo que configura una existencia auténtica. No se trata de elegir correctamente en un sentido absoluto, sino de elegir de manera consciente y hacerse cargo de ello.

Más de siglo y medio después, las ideas de Kierkegaard siguen dialogando con dilemas contemporáneos. La dificultad para tomar decisiones, el miedo a equivocarse o la tendencia a buscar validación externa son fenómenos que encajan con su diagnóstico. Frente a ellos, su propuesta no es ofrecer soluciones fáciles, sino recordar una responsabilidad ineludible: la de elegir.

Elegir como forma de vivir

En un mundo donde todo parece provisional, donde las identidades son flexibles y las trayectorias vitales menos lineales, la filosofía kierkegaardiana recupera vigencia. Obliga a mirar hacia dentro, a cuestionar hasta qué punto las decisiones propias responden a un deseo genuino o a una adaptación pasiva al entorno.

La felicidad, según esta lectura, no es un estado permanente ni un objetivo final, sino un ejercicio continuo. Un acto que se renueva en cada elección, en cada renuncia y en cada compromiso asumido. Kierkegaard no prometía tranquilidad, sino algo más exigente: una vida vivida con conciencia.

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