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Cicerón, filósofo romano, ya lo advirtió a sus 61 años: «El riesgo para la felicidad es el miedo a perder el bien externo»

Aunque pasó más a la posteridad como orador, hay partes de su filosofía muy adaptables a la actualidad

Cicerón, filósofo romano, ya lo advirtió a sus 61 años: «El riesgo para la felicidad es el miedo a perder el bien externo»

Un hombre contemplando el atardecer. | ©Freepik.

Pocos pensadores de la Antigüedad resultan tan sorprendentemente actuales como Marco Tulio Cicerón. Conocido sobre todo como orador y político, su faceta filosófica queda con frecuencia relegada a un segundo plano. De hecho, a menudo se le despacha como mero divulgador del pensamiento griego. Sin embargo, en De finibus bonorum et malorum —traducida como Del supremo bien y del supremo mal— dejó reflexiones sobre la felicidad que, más de dos mil años después, conservan una vigencia difícil de ignorar. El contexto importa: la muerte de su hija Tulia y el derrumbe de la República romana le empujaron a escribir esta obra desde el dolor más hondo, casi como una forma de sobrevivir al vacío.

No estamos, por tanto, ante un filósofo instalado en la comodidad de un sistema cerrado. Cicerón escribe desde la fractura. Puede que, tal vez por eso, su diagnóstico sobre la felicidad resuena con tanta fuerza hoy, cuando la tensión entre el estoicismo que vuelve a ponerse de moda y el hedonismo cotidiano que nos envuelve parece más irresuelta que nunca. Su posición, ni puramente estoica ni epicúrea, ofrece una tercera vía que merece ser leída con atención. De hecho, tiene ciertas similitudes con las opiniones posteriores de Séneca, que consideraba que la felicidad «es disfrutar el presente sin dependencia ansiosa del futuro».

Cicerón y la felicidad: la rectitud moral como camino

La felicidad, para Cicerón, no es un estado que se alcanza ni un placer que se acumula. Es una actividad continua del alma en consonancia con la virtud, y la vincula directamente a la honestas: la rectitud moral en su sentido más pleno. Esa rectitud se asienta sobre cuatro virtudes cardinales —sabiduría, justicia, fortaleza y templanza— que no son adornos del carácter, sino sus pilares constitutivos. Así lo expresa sin ambigüedad: «Entendemos que es moral aquello que, prescindiendo de toda utilidad, independientemente de premios o ventajas, puede ser justamente alabado por sí mismo». Un acto tiene valor no porque produzca beneficio, sino porque en sí mismo es correcto, y esa distinción dinamita buena parte de la ética del rendimiento que hoy domina muchas conversaciones sobre bienestar.

Lo que hace especialmente interesante su postura es el equilibrio que busca entre el legado estoico y la tradición académica griega, de la que se considera deudor. Cicerón no abraza el rigorismo que desprecia todo bien externo, pero tampoco cede ante el placer como criterio último. Escribe, además, desde el desencanto político y la pérdida personal más honda, no desde la serenidad de quien filosofa a cubierto. Por eso su apuesta por la virtud como ancla tiene más peso que si viniera de alguien a quien todo le va bien: la Cicerón felicidad, en su versión, no es la ausencia de problemas, sino la capacidad de sostenerse con dignidad cuando todo amenaza con desvanecerse. Algo de lo que ya hemos hablado en THE OBJECTIVE.

Ni hedonistas ni estoicos: la crítica de Cicerón a los extremos

La obra articula una crítica doble, dirigida tanto al epicureísmo como al estoicismo más radical. Ante los primeros, Cicerón es demoledor. Allí reconoce el punto de partida natural —«todo ser viviente, tan pronto como nace, busca el placer y se complace en él como en el supremo bien. Sin embargo, detesta el dolor como supremo mal»— y admite ese impulso instintivo, pero denuncia el error de elevarlo a fin último. Llamar «placer supremo» a la mera ausencia de sufrimiento es, a su juicio, una distorsión que equipara al ser humano con las bestias. En este caso, porque sitúa el criterio de verdad en los sentidos y no en la razón. Para ilustrarlo recurre al glotón Galonio: «lo que se hace bien se hace con rectitud, con frugalidad, con decoro». Comer con gusto es una sensación; comer bien es una virtud, y esa diferencia, pequeña en apariencia, lo cambia todo.

Contra los estoicos, en cambio, la crítica es más matizada pero igualmente firme. El problema no es la virtud en sí, sino la pretensión de que basta con ella para ser plenamente feliz, ignorando cualquier bien externo y convirtiendo al sabio en una figura casi irreal. Cicerón admite que la virtud es el núcleo de la vida buena, pero rechaza ese absolutismo ajeno a las circunstancias de la vida común. Su eclecticismo no es indecisión. Para él, es la apuesta por una filosofía que pueda ser habitada por personas reales, no solo por sabios de manual. Por eso, en esa apuesta reside gran parte de su atractivo para cualquier lector contemporáneo.

¿Cabe la felicidad de Cicerón en el siglo XXI?

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Aunque los postulados de Cicerón hacen mucho hincapié en la virtud, también deja márgenes realizables para la filosofía moderna. ©Freepik.

La pregunta es pertinente y la respuesta, sorprendentemente, tiende al sí. Vivimos en una cultura que oscila entre dos polos que Cicerón ya analizó. Por un lado, el hedonismo de la gratificación inmediata y los estímulos constantes. Por otro, un estoicismo de nuevo cuño que en su versión más superficial se reduce a tolerarlo todo sin quejarse. Ninguno de los dos extremos satisface del todo, evidentemente. Razón por la que esa insatisfacción es, en cierto modo, la que el pensador romano diagnosticó con precisión hace más de veinte siglos. Su propuesta de una felicidad anclada en la virtud activa, y no en la pasividad sensorial ni en el autocontrol como fin en sí mismo, sigue siendo una alternativa coherente.

Pero hay un aspecto de su pensamiento que merece atención especial y que resulta especialmente revelador hoy: su teoría de los bienes externos. Cicerón no niega que la amistad, la salud o ciertas condiciones materiales tengan valor. Tampoco lo negaba Aristóteles, que insistía en que «es imposible alcanzar la felicidad sin amigos».

Lo que niega es que formen parte del summum bonum, del bien supremo. Su argumento es preciso: «Nadie podría jamás alcanzar el supremo bien, si todas las cosas que son exteriores, aunque apetecibles, formaran parte del sumo bien». La razón es que esos bienes dependen del azar, y una felicidad construida sobre el azar es estructuralmente inestable. Los bienes externos complementan la vida buena, pero no la constituyen. Son, dice, «tan pequeñas y exiguas estas adiciones de bienes que, como las estrellas cuando luce el sol, ni siquiera se ven en medio del esplendor de las virtudes».

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