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Erich Fromm, filósofo y psicoanalista, ya lo confirmó en 1956: «La falsa felicidad está en el deseo de comprar»

Fromm desnudaba las carencias del hombre moderno, sobre todo en su vinculación a un incipiente consumismo

Erich Fromm, filósofo y psicoanalista, ya lo confirmó en 1956: «La falsa felicidad está en el deseo de comprar»

Una mujer con tarjetas de crédito en la mano. | ©Freepik.

Comprar libera dopamina, eso lo sabe la neurociencia y también lo intuye cualquiera que haya salido de unos grandes almacenes con bolsas que no necesitaba. El hedonismo y el placer instantáneo que produce adquirir cosas funcionan, con frecuencia, como una vía de escape del malestar cotidiano. Como una forma rápida, accesible y socialmente celebrada de sentirse bien, aunque sea durante un rato. El problema es que ese rato es cada vez más corto. Por eso, la siguiente compra tiene que ser mayor para producir el mismo efecto. Generando un bucle que atrapa a las personas en una espiral de consumo que no lleva a ningún lugar satisfactorio. Por eso, algunas denuncias de esa falsa felicidad como la que hizo Erich Fromm, es relevante.

El filósofo y psicoanalista Erich Fromm, al hablar de felicidad, lo denunció con claridad hace varias décadas, en pleno auge de un capitalismo que él ya veía como una trampa psicológica de primer orden. Su pensamiento, lejos de haber envejecido, resulta más vigente que nunca en una época como la actual. Ahora el consumismo se ha vuelto automático, digital e ininterrumpido. Construido sobre una promesa de la felicidad a golpe de tarjeta que se ha convertido en el relato dominante de Occidente.

La lógica de Fromm ante el placer consumista

Fromm no era un moralista que predicaba contra el lujo por principio. Era un analista que diseccionaba los mecanismos psicológicos con los que el sistema capitalista moldea la subjetividad de las personas. Para él, la sociedad de consumo no solo vende objetos: vende una imagen de la felicidad que resulta, en sus propios términos, profundamente empobrecedora.

Lo escribió con una lucidez que hoy suena casi profética: «Toda nuestra cultura está basada en el deseo de comprar, en la idea de un intercambio mutuamente favorable. La felicidad del hombre moderno consiste en la excitación de contemplar las vidrieras de los negocios, y en comprar todo lo que pueda, ya sea al contado o a plazos». La excitación, nótese bien, no la satisfacción: Erich Fromm, al hablar de felicidad, distinguía perfectamente entre ambas. Algo de lo que hemos hablado a menudo en THE OBJECTIVE.

Lo más perturbador de su análisis es que la lógica mercantil no se detiene en los objetos. Según Erich Fromm, esa búsqueda de la felicidad, termina colonizando también las relaciones humanas, hasta convertir a las propias personas en mercancías que se evalúan, se intercambian y se descartan siguiendo la misma lógica del mercado.

«El capitalismo moderno necesita hombres que cooperen de manera fluida y en grandes números; que quieran consumir cada vez más; y cuyos gustos están estandarizados y pueden ser fácilmente influenciados y anticipados», escribió. Ese sujeto estandarizado, concluía, no estaba en condiciones de amar de verdad, porque amar exige exactamente lo contrario: presencia, atención genuina y entrega sin cálculo.

¿Dónde se encuentra la felicidad, según Erich Fromm?

Si el consumismo no conduce a la felicidad, ¿qué lo hace? Fromm no era un pensador del lamento como Schopenhauer, por ejemplo. Junto al diagnóstico, construyó una propuesta afirmativa que gira alrededor del amor entendido como práctica activa y como arte que requiere aprendizaje. La felicidad auténtica, sostenía, no viene de acumular ni de recibir, sino de dar. Y dar, en su vocabulario, no es un sacrificio sino la expresión más plena de la vitalidad humana: «En el acto mismo de dar, experimento mi fuerza, mi riqueza, mi poder. Tal experiencia de vitalidad y potencia exaltadas me llena de dicha. Me experimento a mí mismo como desbordante, pródigo, vivo, y, por tanto, dichoso». La diferencia con la lógica consumista es radical: el consumidor acumula para sentirse poderoso; el que ama da porque ya lo es.

Además, para Erich Fromm la felicidad es casi enteramente social, porque el ser humano es, en su núcleo más profundo, un ser que padece la soledad existencial y que solo puede resolverla a través del vínculo real con los demás. No cualquier vínculo, sin embargo: el amor maduro, a diferencia de la dependencia o del intercambio calculado, une sin anular. «El amor no es esencialmente una relación con una persona específica; es una actitud, una orientación del carácter que determina el tipo de relación de una persona con el mundo como totalidad», escribía. Quien solo ama a una persona y es indiferente al resto, advertía, no practica el amor: practica el egotismo ampliado.

Madurar, el acto que nos lleva a la felicidad

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Fromm consideraba que la felicidad llegaba a través del amor maduro hacia los demás, no en virtud del capitalismo desmedido. ©Freepik.

Fromm pensaba que el amor no es un sentimiento que simplemente ocurre. Para él se trata de una capacidad que se desarrolla o se atrofia según cómo se construye la personalidad a lo largo del tiempo. Por eso, la madurez ocupa un lugar central en su obra. No como sinónimo de edad, sino como el resultado de un proceso de crecimiento interior que implica haber superado la dependencia infantil, el narcisismo y el deseo de poseer a los demás. Una persona madura, en términos frommianos, ha alcanzado lo que él llamaba una «orientación productiva»: la capacidad de relacionarse activa y creativamente con el mundo, de dar sin esperar retorno calculado y de amar sin necesitar controlar. Por eso, está muy lejos de pensadores como Schopenhauer y su «quien no sufre dolor ni aburrimiento es esencialmente feliz».

Sin esa madurez, el amor fracasa siempre, y con él, la posibilidad de una felicidad genuina. Fromm lo formuló con una de las frases más conocidas de toda su obra: «El amor inmaduro dice: ‘Te amo porque te necesito’. El amor maduro dice: ‘Te necesito porque te amo’». También está lejos de los clásicos, como Epicteto, y su «no preocuparse por lo que está fuera de tu voluntad». La diferencia no es solo semántica: en el primer caso, el otro es un medio; en el segundo, es un fin. Y solo cuando el otro existe como fin en sí mismo puede haber una relación que nutra de verdad. Madurar, en definitiva, no es resignarse ni endurecerse: es aprender a amar bien, que es, según Fromm, la única vía hacia una felicidad que no se evapore en cuanto se cierra el carrito de la compra.

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