The Objective
Hastío y estío

García Montero y su Quijote 'woke'

«Querer reescribir el Quijote, o hacer una versión ‘woke’, es algo que tendría que tener consecuenciasl»

García Montero y su Quijote ‘woke’

El director del Instituto Cervantes, Luis García Montero.

A un servidor no le sorprende un personaje como Luis García Montero, poeta de verso tan retorcido como suelen ser sus intenciones en el Instituto Cervantes. Hay poetas de la experiencia, y a uno la experiencia le dice que este poeta esconde igual de malas intenciones en sus decisiones en esa institución que en sus poemas, siempre infumables y que enrojecen los ojos de un humo tóxico a quien los lee, hasta confundir la sangre de los propios con la que quiere esparcir metafóricamente a sus enemigos. Tinta roja que no le deja ver lo negro de sus ojos.

Ahora quiere manchar nuestra obra literaria más universal, reescribirla con perspectiva de género, que el Quijote sea Quijota, o Sancho sea Doña Panza, que el burro de Sancho de color rucio, pueda dar leche con la que bañarse Cleopatra. Lo de la perspectiva ecológica también es de traca, un servidor no sabe cómo podía contaminarse en el momento histórico donde transcurre el Quijote. No existían coches ni ningún otro medio de transporte contaminante, ni fábricas ni industrias nucleares.

En el Quijote todo era campo y caminos, y algún molino de viento con tanta fuerza que hasta hoy despeina al ínclito director del Instituto Cervantes, y sobre todo remueve hasta desconectarlo, lo que tiene debajo de esa cabellera. Querer reescribir el Quijote, o hacer una versión woke, como mejor quieran, es algo que tendría que tener consecuencias en el mundo cultural español. No puede permitirse que el capricho provocador y malvado de un sectario ose mancillar la obra literaria que modernizó la novela hasta hacerla canon hasta nuestros días.

Quienes defienden estas adaptaciones «inclusivas» suelen aducir tres argumentos. Primero, que el lenguaje del siglo XVII es «inaccesible» para los jóvenes. Eso es mentira. Los chavales de hoy disfrutan con Lope de Vega en redes sociales cuando alguien les pone un meme bien traído, y se ríen con Quevedo si lo explica un profesor con talento. Segundo, que hay que «actualizar» sus valores. Como si la locura de un caballero andante, la lealtad de Sancho o la crueldad de los duques necesitaran lecciones de la izquierda woke del siglo XXI. El tercero, y el más cínico, lo justifica porque dicen que se trata de «acercar» la obra a colectivos históricamente excluidos. Como si las mujeres, los gitanos, los moriscos o los judíos conversos no estuvieran ya en el Quijote, retratados con una humanidad que ya quisieran la mayoría de las novelas contemporáneas «comprometidas».

Pero aquí hay algo más grave que el simple disparate estético. Hay revancha. García Montero arrastra desde hace años una guerra abierta contra la Real Academia Española, esa institución que se atrevió a no postrarse ante sus versos y que, encima, osa defender que el idioma pertenece a sus cuatrocientos millones de hablantes y no a los comisarios políticos de turno. Recordemos cuando la RAE publicó su diccionario sin ceder a la memez del «todes». El director del Cervantes montó en cólera. Ahora, incapaz de doblegar a esa institución que sí dignifica el nombre que lleva, opta por la vía indirecta, reescribir el canon, empezando por su joya más preciada. Pero para todo hay un límite, y en la literatura española el Quijote es ese límite. Porque si cedemos en esto, mañana tocará reescribir el Lazarillo para que el ciego sea una «persona con diversidad funcional visual».

La operación es de una torpeza política suicida. El Instituto Cervantes vive, en gran parte, de la admiración universal que despierta nuestra lengua y nuestra literatura. ¿Qué imagen proyectamos al mundo hispánico cuando el responsable de difundirla anuncia que el Quijote necesita cirugía estética woke? En México, en Colombia, en Argentina, donde Cervantes es venerado como un dios laico, se van a partir de risa o de rabia. Y con razón.

No sorprenden los movimientos de este caballero de siniestra figura. Quien ha hecho de la mediocridad un programa estético, y de la revancha una forma de gestión, solo podía acabar así. Pero que nadie se equivoque, esto no es una excentricidad de un poeta frustrado. Es un intento deliberado de profanación cultural que merece respuesta. La Real Academia Española, las universidades, los escritores de verdad, los lectores que aún saben leer sin manual de instrucciones ideológicas, todos tenemos la obligación de parar este despropósito.

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