The Objective
Contraluz

Trump, Sánchez y la posteridad

Los grandes hombres no hacen la historia: la encarnan, y, a veces, son tan solo sus marionetas. Es el caso de estos dos

Trump, Sánchez y la posteridad

Ilustración de Alejandra Svriz.

Los grandes hombres polarizan el alma de sus pueblos haciéndolos caer en un estado de catalepsia. Ellos mismos viven entre la histeria y algún tipo de psicopatía. Son sujetos histéricos que aspiran a «pasar a la historia» a pesar de la historia. El sociólogo francés Gabriel Tarde estudió el efecto que la obediencia y la imitación por fascinación de estos sujetos histéricos tiene en la construcción social. La exigencia de ser respetados en igualdad de condiciones que para nosotros es el reconocimiento de la dignidad, la isotimia; para ellos es megalotimia. La ambición de ser reconocidos como superiores.

Lo curioso es que muchos de los grandes hombres, más que grandes, son pequeños o medianos en lo que a estatura se refiere. Si repasamos la lista, nos encontramos a Napoleón (1,69 m) y a Franco, el más bajito de todos (1,63 m). No hay, sin embargo, correlación entre estatura y liderazgo. Ahí tienen ustedes para ratificarlo a Trump y a nuestro propio presidente Sánchez, que empatan en las alturas (1,90 m) y, aunque las comparaciones sean odiosas, De Gaulle medía 1,96 m. Lo que sí comparten todos es el gusto por la excepcionalidad: tomar grandes riesgos, participar en luchas o empresas monumentales (hacer América grande otra vez), buscar grandes efectos (amenazar con invadir Groenlandia, pasear el cadáver de Franco en helicóptero) porque todo esto conduce a su reconocimiento como trascendentales. 

¿Quiénes son los sujetos de la historia? ¿Estos sujetos histéricos o los ciudadanos de a pie? El historiador francés Braudel fue pionero en someter a crítica las visiones acontecimentales de la historia que daban a los individuos un protagonismo inexistente, hablando de ella como «polvo». Era polvo en un sentido doble, porque hablaba de fenómenos efímeros y porque se metía en los ojos, impidiendo ver las verdaderas estructuras subyacentes.

Situar la culpa de la deriva iliberal y disgregadora de las leyes internacionales en un solo hombre, Trump, o la polarización y el enconamiento territorial en España en Sánchez, es, por tanto, no querer ver que lo que sucede es más bien lo contrario: que son ellos los que emergen cuando la historia de verdad les permite entrar en escena. Analicemos estos casos que hoy nos conciernen y nos desconciertan.

Empecemos por Trump. Las políticas asociadas a este sujeto histérico no constituyen una ruptura radical en la historia de Estados Unidos, sino la reaparición de corrientes latentes desde hace más de un siglo. Estados Unidos ha oscilado históricamente entre la vocación imperial y el aislacionismo defensivo. Cada ciclo de expansión ha generado repliegues visibles: tras Vietnam, tras la Guerra Fría y, más recientemente, tras las guerras de Irak y Afganistán. La sustitución del liderazgo multilateral por un unilateralismo transaccional expresa esta fatiga.

«El trumpismo no ha inventado el nacionalismo, el proteccionismo, el racismo ni el antiintelectualismo»

El conflicto racial es otra constante estructural estadounidense. El país ha avanzado sin resolver la jerarquía racial heredada. Trump no crea el racismo político moderno, que se expresa en sus leyes antiinmigración: lo normaliza discursivamente, convirtiéndolo en eje electoral. La fractura entre la América de las costas y la del interior, que se ha visto claramente en las últimas elecciones presidenciales, tampoco es nueva. La desindustrialización, la desigualdad económica y la revolución cultural identitaria la han reactivado.

Trump actúa como portavoz político de esa América interior, resentida con las élites costeras, mediáticas y tecnológicas. En resumen, el trumpismo no ha inventado el nacionalismo, el proteccionismo, el racismo ni el antiintelectualismo: los ha desinhibido en un contexto de crisis de hegemonía y transformación social acelerada.

Continuemos con Sánchez. Se le culpa de la polarización, pero esta radicalización no es una anomalía reciente en España, sino un rasgo recurrente del último siglo. Ya en las décadas de 1920 y 1930, la debilidad del liberalismo, la desigual modernización social y la crisis del Estado propiciaron un extremismo también de carácter simétrico: de un lado, anarquismo y comunismo revolucionario; del otro, nacionalismo autoritario y fascismo. La Segunda República fue el escenario donde esa confrontación dejó de ser retórica para volverse violenta, desembocando en la Guerra Civil.

«El problema territorial no es nuevo. Su causa se encuentra en nuestra historia y en nuestra histeria nacional»

El franquismo no resolvió esa fractura: la congeló mediante la represión. Con la Transición, el conflicto se desactivó, pero no desapareció: quedó latente. Las tentaciones de deslegitimación del adversario y de ruptura del consenso han estado siempre ahí. La actual confrontación es, en buena medida, una reactivación simbólica de esos viejos antagonismos.

El problema territorial tampoco es nuevo. Está con nosotros desde finales del siglo XIX. La República intentó encajarlo; la Guerra Civil y la dictadura creyeron enterrarlo mediante la imposición; la Transición buscó una solución pragmática que tampoco ha terminado de resolverlo. Las ambigüedades de fondo solo retrasaron el problema subyacente de la soberanía y la identidad nacional. Lo de 2017 no fue un fenómeno nuevo. Su causa se encuentra en nuestra historia y en nuestra histeria nacional. Sánchez es el producto de ellas, no su explicación.

Los grandes hombres no hacen la historia: la encarnan y, a veces, son tan solo sus marionetas. Es el caso de estos dos.

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