Rebeca Crespo y la inteligencia artificiosa de la progresfera
«Evidentemente lo sabían. Pero como les puede el odio y el afán de victoria a cualquier precio, tiraron hacia delante»

Ilustración generada mediante IA.
En las redes sociales españolas, donde la batalla ideológica se libra con saña y sin cuartel, ha emergido un episodio que desnuda una vez más las miserias de la «progresfera». Rebeca Crespo, periodista de La Gaceta y Bipartidismo, y colaboradora en medios como Periodista Digital, El Toro TV, TeleMadrid, Castilla y León TV y esRadio, se ha convertido en el blanco de una campaña de descrédito orquestada con la más burda de las herramientas modernas: la inteligencia artificial manipulada con torpeza y mala fe.
Todo comenzó cuando Crespo, en su cuenta de X, compartió una fotografía tomada en la estación de metro Iglesia de Madrid. En ella, una mujer vestida con niqab transitaba por el subterráneo madrileño. El comentario irónico de la periodista no podía ser más claro: «Pero si en España no te encuentras a nadie con burka ni niqab…». Con esta imagen real, Crespo ilustraba una realidad incuestionable: la presencia de estas prendas en nuestro país, que tantos niegan o minimizan en el debate sobre integración y libertades. No era una opinión incendiaria, sino un hecho respaldado por la observación cotidiana en muchas de nuestras ciudades.
La «progresfera», esa amalgama de cuentas activistas, influencers de izquierda y medios afines como Canal Red de Pablo Iglesias, que no toleran disidencia alguna, no podía dejar pasar la oportunidad de contraatacar. En lugar de debatir con argumentos, de cuestionarse el uso del niqab en espacios públicos o de discutir políticas de inmigración con datos y razones, optaron por el camino más fácil y deshonesto: elaborar una mentira. Una cuenta de X decidió crear una secuencia de tres imágenes generadas por inteligencia artificial, mostrando a Rebeca Crespo «preparándose» y poniéndose el niqab en el mismo metro, como si ella misma se hubiera disfrazado para montar una fake news.
El montaje era tan chapucero que resultaba insultante para la inteligencia de cualquiera con dos dedos de frente. En una de las fotos, se ve a una mujer ajustándose la prenda, con el rostro visible. Pero he aquí el detalle revelador: esa cara no se parece en absoluto a la de la periodista. En otra fotografía, las manos de la mujer aparecen sin anillos. Sin embargo, en la siguiente, ¡oh, magia de la IA más cutre!, un anillo brilla en el dedo como por arte de magia.
A pesar de ello, la «progresfera» se lanzó en tromba. Cuentas asociadas a la izquierda más pendenciera se hicieron eco de las fotografías y las tomaron por ciertas. «¡Pillada!», decían. «Rebeca Crespo se disfraza de musulmana para inventar noticias». El eco fue inmediato y ensordecedor. En horas, miles de retuits, comentarios hirientes y memes burlescos inundaron la red. No se trataba de un error inocente, sino de una operación coordinada de descrédito.
Y en ello radica el verdadero escándalo. No es que sean tontos y no se percataran de la manipulación burda. Evidentemente, lo sabían. Pero como les puede el odio y el afán de victoria a cualquier precio, tiraron hacia delante. «Que la verdad no te estropee una noticia impactante», es decir, su modus operandi habitual. Para ellos todo vale en la guerra cultural e ideológica que libran sin descanso. La mentira, la difamación, el linchamiento virtual se convierten en armas legítimas cuando el objetivo es silenciar a quien osa discrepar.
Porque el problema de fondo no es solo esta anécdota. Rebeca Crespo representa lo que más irrita a la «progresfera»: una periodista que piensa por sí misma, que trabaja en medios con una línea editorial claramente conservadora como La Gaceta o Bipartidismo, sin pedir perdón por ello. No pueden soportar que existan voces en la derecha que ejerzan el periodismo, que denuncien realidades incómodas como la incompatibilidad de ciertas prácticas islámicas con los valores occidentales de igualdad y libertad. En lugar de contraargumentar con la palabra escrita, con debates honestos, con datos o estadísticas, prefieren el ataque personal. Cargarse al mensajero en vez de refutar el mensaje.
Ellos, que se autoproclaman feministas acérrimos, defensores de la mujer por encima de todo, eligen atacar precisamente a una mujer periodista. Una profesional que ha decidido no seguir el guion del feminismo oficial, que piensa por sí misma y defiende postulados distintos. Cuando la disidente es mujer y no comulga con sus dogmas, el feminismo se evapora y surge el machismo más rancio disfrazado de progresismo. Atacar a Rebeca Crespo no es solo un intento de silenciar su opinión, sino un ataque que los retrata: burdos, cutres y más falsos que su montaje chabacano de inteligencia artificiosa.
No todo vale en la batalla de las ideas, en la lucha cultural que define nuestro tiempo. El juego limpio debería ser el primer bastión, la norma inquebrantable antes de esgrimir cualquier contraargumento. Argumentar con honestidad, respetar al oponente, aceptar que el pluralismo periodístico enriquece la democracia. Pero qué se puede esperar de esta gente. No se le pueden pedir peras al olmo, y menos aún a los alcornoques.
