The Objective
Hastío y estío

Leonor Watling y la opinión política del cine español

«La actriz propone buscar lo que nos une, por pequeño que sea el porcentaje»

Leonor Watling y la opinión política del cine español

La actriz Leonor Waitling. | Marco Barada (Zuma Press)

En un panorama cultural donde la política parece haberse adueñado de cada alfombra roja y cada escenario, las declaraciones de Leonor Watling en el canal de YouTube WATIF TV emergen como un soplo de aire fresco, un recordatorio de que la coherencia intelectual no está reñida con el mundo del espectáculo. La actriz acudió recientemente a ese espacio para promocionar la serie Salvador. Lo que podría haber sido una entrevista promocional al uso se convirtió en una reflexión profunda sobre la imposición ideológica en la industria cinematográfica. Watling, con su habitual elegancia y sin un ápice de postureo, desgranó opiniones que merecen ser elogiadas por su honestidad y su rechazo a lo impuesto, recordándonos que no todo en el arte debe someterse al dictado de la corrección política dominante.

Lo primero que destaca en las palabras de Watling es su coherencia inquebrantable. En un sector donde muchos actores parecen competir por quién grita más alto su adhesión al pensamiento dominante, ella optó por la reflexión pausada. Uno de los ejemplos más ilustrativos que Watling puso sobre la mesa fue el de las presiones para llevar chapas para visibilizar la causa palestina durante los Goya, algo que a ella no le gusta cuando parece una obligación. «Me parece ruin tener que posicionarte», afirmó, subrayando que la decisión de apoyar una causa debe ser «una cosa muy personal» y no el resultado de una dinámica mediática que empuja a los actores a pronunciarse públicamente. Watling va más allá y cuestiona la selectividad de estas campañas: «¿Si voy a ponerme una chapa palestina, por qué no me pongo una ucraniana? ¿Y por qué no me pongo una de Sudán?». Menciona otros conflictos olvidados, como los cuatro años de guerra en Ucrania, los papeles de Epstein, las crisis en Venezuela, Cuba o Sudán, donde «también hay un genocidio». 

Otro pilar de su discurso es la crítica a la «superioridad moral de la izquierda total», que Watling identifica como dominante en el mundo del cine. A través de su personaje en Salvador, Carla, una veterana neonazi, explora cómo la polarización nos lleva a un pensamiento binario: «Toda esta polarización solo nos lleva a uno y cero… Nada en la vida es un uno o un cero». Ella observa cómo defender ciertas ideas implica asumir que el otro es «una persona mucho peor», pero advierte que esto se pinta «con brocha gorda» y genera extremismos.

Watling también compartió una anécdota personal que ilustra perfectamente su aversión a lo impuesto: en el año 2003, durante las protestas contra la invasión de Irak, fue obligada a leer un manifiesto completo pese a no estar de acuerdo con algunos puntos. «Este manifiesto está firmado por 350 plataformas y tienes que decir todo lo que dice». Esta experiencia la escaldó, tras ser gravemente criticada. Fue un momento que le abrió los ojos a destruir esa polarización, y desde entonces, ha optado por no sumarse a corrientes colectivas, y hacerlo solo por sus convicciones personales.

Watling propone buscar lo que nos une, por pequeño que sea el porcentaje. «Quizá la persona que tengo delante no comparte la mayoría de mis pensamientos, pero hay un 40% o un 20% en el que coincidimos. Bueno, pues centrémonos en eso». Pero más allá de elogiar a Watling por su lucidez, cabe preguntarse: ¿por qué se le da tanta importancia a la opinión política de un actor o actriz? ¿Acaso su voz vale más que la de un camarero que sirve cafés cada mañana, una abogada que defiende casos en los tribunales o un fontanero que arregla tuberías en hogares ajenos?

En España, donde el cine recibe subvenciones públicas y goza de un altavoz mediático desproporcionado, parece que ser famoso otorga un pedestal intelectual inmerecido. Watling hace hincapié en que los actores no son expertos en estos temas, ya que no se han preparado para ello, y que su opinión no debería ser tomada en cuenta como «si fuéramos politólogos, cosa que es evidente que no somos». Y es que en la vida, los versos sueltos siempre son más sustanciosos que el resto, que solo tienen sentido para justificar lo totalitario del poema.

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