Trump, Colón y la guerra por el pasado: cuando la historia deja de ser historia
La estatua colocada en la Casa Blanca no cambiará el pasado, pero sí dice mucho sobre nuestro presente

Estatua de Cristobal Colón instalada por Trump en la Casa Blanca. | Kylie Cooper (Reuters)
La instalación de una estatua de Cristóbal Colón en la Casa Blanca no es un gesto estético ni anecdótico, sino el último episodio de una batalla global por el control del relato histórico.
La decisión de Donald Trump de instalar una figura de Cristóbal Colón en los terrenos de la Casa Blanca no puede leerse en clave ornamental ni como una excentricidad más de su presidencia. Es, en realidad, un gesto profundamente político, cargado de intención y perfectamente insertado en una batalla cultural que trasciende a Estados Unidos: la lucha por el control del pasado. No es una estatua o, mejor dicho, no es solo una estatua. Porque lo que está en juego no es Colón, sino quién tiene derecho a contar la historia.
La escultura colocada junto al edificio Eisenhower no es nueva. Es una reconstrucción de una estatua inaugurada en 1984 y derribada en 2020 durante las protestas de Black Lives Matter. Ese dato, aparentemente anecdótico, es en realidad el núcleo del conflicto: la estatua no solo representa a Colón, sino también la respuesta a su destrucción. Es, por tanto, una contranarrativa materializada en bronce, es decir, conlleva un fortísimo mensaje político.
La historia como campo de batalla
Desde hace años asistimos a un fenómeno que los historiadores conocemos bien, pero que el gran público suele simplificar: el uso político del pasado. No es nuevo; de hecho, nunca lo ha sido y se da desde ideas conservadoras y progresistas. Pero lo que sí es novedoso es que cada vez es más explícito.
Trump no ha ocultado su intención: ha hablado de «redefinir» la historia de Estados Unidos y de restaurar lo que considera una memoria nacional atacada. En ese marco, Colón aparece como símbolo útil: héroe para unos, villano para otros y, sobre todo, figura fácilmente instrumentalizable.
El problema no es que existan interpretaciones distintas sobre Colón. Eso es consustancial a la disciplina histórica. El problema es la sustitución del análisis histórico por el posicionamiento ideológico. Colón no fue, en sentido estricto, un conquistador, sino un navegante obsesionado con alcanzar Asia por una ruta inédita. Y ahí reside una de las grandes paradojas de la historia: murió sin saber que había descubierto un mundo nuevo. Resulta casi irónico que, siglos después, hayamos terminado interpretando su empresa bajo el prisma de la «colonización», un término posterior que ni le pertenece ni explica del todo su contexto.
Durante la última década, muchas estatuas de Colón fueron retiradas, vandalizadas o directamente derribadas en ciudades estadounidenses. No porque hubiera un nuevo hallazgo documental, sino porque el clima político exigía revisar los símbolos asociados a la colonización. Ahora asistimos al movimiento inverso: la restitución de esos símbolos como reacción. Ni una cosa ni la otra son historia; ambas son política.
Colón: entre el mito y la simplificación
Cristóbal Colón es, probablemente, una de las figuras más distorsionadas del pasado. Convertido en icono, ha dejado de ser un personaje histórico para transformarse en un campo de proyección ideológica.
Para algunos representa el inicio de la modernidad, el encuentro entre dos mundos, la expansión del conocimiento. Para otros, encarna el origen de la violencia colonial, la explotación y el sometimiento de los pueblos indígenas. Ambas lecturas contienen elementos reales y las dos, cuando se absolutizan, son reductoras.
El trabajo del historiador no consiste en elegir una de ellas, sino en comprender la complejidad del contexto. En el caso de Colón, eso implica situarlo en el marco del siglo XV, en una lógica de expansión que no responde a los parámetros morales del siglo XXI. El problema aparece cuando se pretende juzgar el pasado con categorías contemporáneas —lo que en historiografía se denomina presentismo— o, en el extremo opuesto, cuando se idealiza sin matices.
Trump no está haciendo historia cuando llama a Colón «héroe americano», pero quienes lo reducen exclusivamente a símbolo de opresión tampoco.
De la estatua al relato
Las estatuas son, por definición, selecciones de memoria. Decidir qué figura se eleva en el espacio público implica decidir qué relato se considera legítimo. Y esto no necesariamente coincide con la verdad histórica —o, al menos, no con toda ella—.
Por eso la instalación de esta estatua en la Casa Blanca, el epicentro simbólico del poder estadounidense, tiene un significado que va mucho más allá de lo estético. Es una declaración sobre qué pasado se quiere recordar, qué valores se consideran fundacionales y qué narrativa debe prevalecer en el presente.
Y, desde luego, es también una reacción contra el wokismo y contra lo que sus críticos consideran una instrumentalización política de la historia vinculada al movimiento Black Lives Matter, fenómeno que se analiza con detalle en el libro Mitos progres de Michael Huemer.
En este caso, la elección de Colón no es casual: está directamente vinculada a una visión de la historia que reivindica la herencia occidental frente a lo que Trump denomina una deriva «antiamericana». Es, en definitiva, una respuesta política a otra respuesta política.
La ilusión de reescribir la historia
Existe una tentación recurrente en la política: creer que el pasado puede moldearse a voluntad. Cambiar nombres, retirar estatuas o levantar nuevas no altera los hechos históricos. Lo que cambia es la forma en que una sociedad decide representarlos.
Y ahí reside el verdadero peligro. Cuando la historia se convierte en herramienta de legitimación ideológica, deja de ser un campo de conocimiento para transformarse en un arma. Ya no importa lo que ocurrió, sino lo que conviene que haya ocurrido.
En España lo vimos con la Ley de Memoria Histórica que, según sus críticos, eliminó calles y símbolos vinculados al bando vencedor de la Guerra Civil, pero no del perdedor, generando una fractura en la memoria pública. En ese contexto, la historia pasa a ser un instrumento de confrontación política.
El resultado es un empobrecimiento del debate público que va de la mano, lógicamente, con el deterioro de los planes de estudio y del conocimiento histórico.
Un fenómeno global
Lo ocurrido en Estados Unidos no es un caso aislado. Forma parte de una tendencia global en la que el pasado se convierte en terreno de confrontación política.
En Europa, en Hispanoamérica y en España asistimos a debates similares: qué hacer con determinados monumentos, cómo interpretar episodios históricos conflictivos y hasta qué punto revisar o mantener símbolos del pasado. La diferencia es de intensidad, no de naturaleza.
El resultado es que la historia se ha convertido en un campo de batalla contemporáneo. ¿Quién sale perdiendo? Todos.
La responsabilidad de no simplificar
Ante este escenario, la tentación es posicionarse rápidamente: elegir bando, aplaudir o condenar la estatua de Trump en función de afinidades ideológicas. Y esa reacción inmediata es, precisamente, lo que alimenta el problema.
La historia no es una herramienta para reforzar convicciones previas. Es una disciplina con su propio método, que exige distancia, rigor y análisis. Y, sobre todo, no es cómoda, porque el pasado rara vez encaja en categorías simples.
Colón ni fue un santo ni un demonio. Fue, simplemente, un hombre de su tiempo. Y recordarlo es necesario para comprender cómo se pensaba y actuaba a finales del siglo XV.
Más allá de Trump
Centrar el debate en Trump sería quedarse en la superficie. La estatua es importante, pero lo es más el contexto que la hace posible. Lo que estamos viendo no es solo la política de un presidente, sino la manifestación de una crisis más profunda: la dificultad de las sociedades contemporáneas para relacionarse con su propio pasado. Cuando los matices se pierden entre la idealización y la condena, la ideología gana la batalla frente a la memoria y la historia.
Quizá el mayor error de nuestro tiempo sea pensar que la historia es una cuestión de opinión. No lo es. Es una disciplina con método, con fuentes y con debate académico. Requiere tiempo, contraste y la capacidad de aceptar la complejidad, incluso cuando las conclusiones no coinciden con nuestras preferencias ideológicas. Reducirla a consignas —sean del signo que sean— no la hace más accesible. La empobrece.
La estatua de Colón en la Casa Blanca no cambiará el pasado, pero sí dice mucho sobre nuestro presente. Y, probablemente, cuando los historiadores del siglo que viene analicen este momento, verán en él uno de los grandes debates culturales de nuestra época.
