La agonía de Sánchez y otros suicidios políticos
Los líderes suelen perderse a sí mismos mediante una intoxicación de soberbia, autoritarismo y deseo de poder

Ilustración de Alejandra Svriz.
Sería posible analizar las razones por las que Pedro Sánchez ha elegido un método de suicidio político que implica una agonía larga y tortuosa. Es posible que, obsesionado como está por su antimodelo e imagen especular invertida, haya querido que su agonía (política) fuese tan prolongada como la agonía (física) que al sanguinario dictador le impusieron sus cómplices de confianza y el equipo médico habitual.
En cualquier caso, esas especulaciones tendrían poca importancia frente al hecho esencial: todos los líderes políticos que se suicidan lo hacen con el mismo método: una intoxicación cerebral de soberbia y autoritarismo, orgullo descontrolado y deseo de poder sin límites. Para comprobarlo no hay más que recordar los tres casos españoles inmediatamente anteriores antes de sacar las pertinentes enseñanzas sobre los mecanismos universales de la conducta humana (lo realmente importante). De los que derivan, por supuesto, los problemas estructurales de la democracia española actual.
En 2019, Albert Rivera abandonó por decisión propia, y sin que nada le forzara a ello, un lugar privilegiado en la política española, que le había llevado a aumentar rápidamente sus expectativas de voto, y se empeñó en convertirse en el increíble político menguante, hasta que desapareció por el sumidero. Por un azar alfabético (que su nombre de pila empezaba por «a» y «l») había llegado a ser el primer presidente de un partido creado para apoyar indiferentemente al PP o al PSOE (considerándolos como si fuesen Coca-Cola o Pepsi), para garantizar Gobiernos estables, constitucionales y libres de influencias extremistas o nacionalistas.
Ese punto de partida, y las dotes políticas de Rivera, lograron despertar una simpatía y un apoyo muy grandes, lo cual le proporcionó varios éxitos electorales. Una gran cantidad de votantes quería precisamente un puente centrado que les liberase de los peligros extremistas de derecha e izquierda y de los chantajes nacionalistas catalanes y vascos. Lo inexplicable es que Rivera, en lugar de mantenerse en el amplísimo espacio que había logrado (del centroderecha al centroizquierda, por decirlo en los burdos y esquemáticos términos tradicionales), en cuanto consiguió el apoyo de muchos españoles desengañados de falsas ideologías y hartos de seudoconfrontación derecha-izquierda, abandonó por decisión propia todo ese territorio amplísimo que le había dado la equidistancia entre PP y PSOE y se tiró al abismo al intentar sustituir al PP.
Destruyó voluntariamente la base de su éxito y decidió que ya no iba a ser el puente ni el número dos de nadie, pues por su cara bonita le iban a dar lo que todo hombre de poder en el fondo desea: llegar a ser el mandamás para, a continuación, transformarse en el «mandatodo» y, a ser posible, en el «mandasiempre» (la frase es del espléndido novelista J. A. González Sainz). Los dirigentes de su partido que intentaron disuadirlo fueron silenciados y el resto de las voces amistosas que le hicieron la misma advertencia fueron desoídas. Evidentemente, sus votantes le abandonaron de inmediato. Da la impresión de que él todavía no ha logrado entenderlo.
«Pablo Casado, exactamente igual que Rivera e Iglesias, se dejó obnubilar por su ambición y su soberbia»
En 2021, Pablo Iglesias también había tenido un ascenso fulgurante (partiendo de ese 10-15% de españoles que siempre están indignados y quieren cambiar la realidad de forma radical). Pero él también decepcionó a sus votantes con un autoritarismo narcisista y un deseo insaciable de controlarlo todo. Podemos era un partido que diagnosticó acertadamente las injusticias a remediar, aunque el tratamiento propuesto fuese bastante disparatado (una diferencia entre análisis certeros y alternativas absurdas que se viene arrastrando en la izquierda comunista desde los propios escritos de Marx). Tras la salida de Errejón, seguida por la de casi todos los fundadores del partido, la purga de cualquier crítico fue una vez más implacable. Acabó de machacar la imagen del líder el chalé de Galapagar, que curiosamente fue una de las cosas más coherentes que hizo: siempre se proclamó heredero del 15-M y una de las consignas más sinceras que se gritaba en aquellos días era la de «queremos un pisito como el del principito». Tan ebrio de soberbia y ambición personal como Rivera, renunció a la vicepresidencia del Gobierno para enfrentarse a Ayuso en las elecciones madrileñas, probablemente convencido de que bastaba que se presentase él para que la mosquita muerta no tuviese nada que hacer.
En 2022, Pablo Casado fue todavía más torpe con sus celos infantiles de Isabel Ayuso, quizá consciente de que su propia imagen era, en comparación con la de ella, incolora, inodora e insípida. En lugar de aprovechar la colaboración de una mujer brillante, de gran expresividad y capaz de fascinar a una gran masa de votantes conservadores —como luego haría el astuto Feijóo—, Casado, exactamente igual que Rivera e Iglesias, se dejó obnubilar por su ambición y su soberbia. Quedó empotrado contra el muro que quiso derruir a cabezazos. Tercer ejemplo de suicidio político por vanidad incontrolable y deseo insaciable de éxito personal a cualquier precio.
Los tres ejemplos (como otros anteriores que se podrían rastrear, hasta llegar al olvidado Hernández Mancha o aquellos patéticos franquistas mal reciclados que en los primeros años de la Transición se denominaban «los siete magníficos») son muy iluminadores para acabar de entender los problemas estructurales de la democracia española actual a la luz de las fuerzas básicas de la naturaleza humana. Los líderes políticos, como el resto de los humanos —pero quizá de forma más burda, clara, desvergonzada y, por lo tanto, más evidente— son auténticas máquinas de inventar argumentos para justificar los impulsos de los grandes pilares que (desde el fondo más oscuro de nuestro paleocerebro) nos sostienen y empujan: el orgullo y el deseo. Dos fuerzas que, en conjunto y no separadamente, vienen a ser la versión humana de los grandes instintos biológicos que conducen a todos los animales: el de conservación y el de reproducción.
Desde la Antigüedad, los teóricos del alma humana suelen distinguir en ella tres estratos que, con distintos nombres y variantes, se repiten una y otra vez: el superior o craneal, capaz de observar, razonar, aprender y modular la conducta; el intermedio o torácico, con el oscuro conglomerado de sentimientos y emociones que lo condiciona todo, y el inferior o abdominal, con esas fuerzas primarias que en los perros y los monos denominamos instintos y en nosotros mismos podemos más bien llamar —de forma provisional al menos— orgullo y deseo. Dos fuerzas que, en términos generales (los adecuados para describirlas aquí), nos impulsan a afirmar lo que somos, a reforzarnos, reafirmarnos y a la vez ampliar nuestros recursos y nuestros placeres mediante la satisfacción de las apetencias.
Si en cualquier conducta humana se suelen ocultar, tras las apariencias respetables, las fuerzas primitivas del yo y las apetencias personales, en la conducta de los políticos —cada vez más seleccionados por un aparato que ahuyenta a los mejores y promueve a los peores— el orgullo y el deseo aparecen sin necesidad de escarbar mucho. El inane discurso con que los cubren es prácticamente transparente.
