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Juventud, divino castigo

Desempleo, sueldos bajos y difícil acceso a la vivienda condenan a los jóvenes a depender de sus padres más que nunca

Juventud, divino castigo

Ilustración de Alejandra Svriz.

En 1960 el historiador francés Philippe Ariès publicó El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Sostenía Ariès que en las sociedades medievales no existió la noción de la infancia tal y como la reconocemos hoy día. Una vez que los niños superaban la etapa en la que dependían por entero de los cuidados de sus mayores, se incorporaban al mundo de los adultos para ser tratados como tales. El libro se difundió rápidamente y llegó a gozar de no poco predicamento, aunque la historiografía convencional lo criticó con severidad. La tesis de Ariès tuvo, como mínimo, el mérito de advertir que las fases del ciclo vital, su duración y sus rasgos distintivos, pueden variar mucho de unos periodos históricos a otros. Los historiadores del futuro no tendrán que hacer un esfuerzo de inventiva semejante para persuadir a sus lectores de que en las sociedades contemporáneas la etapa que llamamos juventud se ha ido extendiendo hasta ocupar una porción cada vez más larga de la vida.

Los jóvenes de las sociedades desarrolladas son jóvenes durante más tiempo que nunca en el pasado. Pongamos que, al margen de otros rasgos biológicos y psicológicos, definimos la condición de adulto como aquella situación en la que ya se ha adquirido la base formativa que acompañará el resto de la vida y se ha alcanzado la independencia económica, residencial y relacional de la familia de procedencia. Diremos entonces que en las sociedades avanzadas los jalones que tradicionalmente marcaban la transición de la juventud a la vida adulta se sitúan a edades cada vez más tardías.

Las generaciones actuales dedican a su formación una cantidad de tiempo impensable décadas atrás. Y consiguen trabajo remunerado, logran acceder a la vivienda de uso propio e institucionalizan sus relaciones de pareja, si es que lo hacen, mucho más tarde que las generaciones precedentes. Estas trascendentales transiciones vitales han perdido, además, la sincronía con la que tendían a producirse en el pasado, con la inevitable consecuencia del general aplazamiento del ingreso en el mundo adulto. Como es obvio, los jóvenes siguen siendo jóvenes en la medida en que siguen viviendo como hijos, aplazan el momento de su emancipación y prolongan la dependencia de sus padres.

El caso español es paradigmático en lo que se refiere al enquistamiento de los hijos en casa de sus padres. Al menos desde los años ochenta del siglo pasado se viene intensificando, aunque no de manera continua, el proceso de extensión de la dependencia familiar y doméstica de los jóvenes. Los dos indicadores básicos que se usan para medir la dependencia juvenil son la edad promedio de la emancipación y la porción de jóvenes que viven en casa de sus padres. Ambos presentan una evolución similar, porque están muy relacionados entre sí. La edad de emancipación se retrasó a lo largo de los años ochenta y noventa, se adelantó en la primera década del siglo y volvió a retrasarse desde entonces; el cambio en la tasa de dependencia familiar de los jóvenes ha aumentado y disminuido en paralelo.

Según los últimos datos disponibles que facilita Eurostat, la edad promedio de la emancipación estimada para España en 2022 es de 30,3 años y ha crecido más de un año desde 2013 (entonces era de 28,9 años). La fracción de jóvenes de entre 18 y 34 años que vivían con sus padres en 2022 era del 65,9% y ha aumentado casi nueve puntos porcentuales desde 2014 (cuando era del 57,1%). Para contextualizar esas cifras españolas, en ese año de 2022 el joven típico de la UE-27 se emancipó a los 26,4 años y un 49,4% vivía con sus padres. En otras palabras, las probabilidades de depender de los padres a estas edades superan en España en un 33% a las del promedio de los jóvenes europeos.

«Cuanto más cuesta adquirir los bienes y servicios que proveen los padres fuera del hogar, más dependientes son los hijos»

España se sitúa entre las sociedades europeas con los niveles más altos de dependencia familiar de los jóvenes. Pero no está sola. De hecho, la prolongación de la dependencia juvenil está empíricamente documentada en muchas sociedades contemporáneas. En el ámbito europeo el fenómeno se ha manifestado durante estos últimos años con notable intensidad, así en las sociedades mediterráneas (Grecia, Portugal, Italia, y España) como en algunos países del Este (Croacia, Eslovaquia, Polonia, Bulgaria o Eslovenia). También en otros países europeos con mercados de trabajo, regímenes institucionales, estructuras familiares y tradiciones culturales diferentes, como Irlanda o Francia, se han retardado los procesos de emancipación juvenil en los últimos años. Los países del Sur y el Este de Europa contrastan vivamente con los países nórdicos, donde los jóvenes se emancipan a edades más tempranas (en Finlandia o en Suecia, a los 21 años). Entre 2014 y 2022, la tasa de dependencia de los jóvenes disminuyó en 17 países (sobre todo, en Alemania y Hungría) y aumentó en diez (sobre todo, en Irlanda, España y Portugal).

¿Cómo y por qué hemos llegado a esta situación en España? Consideremos la dependencia como el coste de abandonar al agente que la soporta, la familia en el caso de los jóvenes. Cuanto más cuesta adquirir los bienes y servicios que proveen los padres fuera del hogar, más dependientes son los hijos; por el contrario, cuando el precio de obtener fuera del hogar de los bienes y servicios que provee la familia disminuye, los costes de salida se abaratan y la dependencia de los hijos se mitiga. Aquí hay que tener en cuenta que la familia que provee al hijo de determinados bienes y servicios también le impone ciertas obligaciones que entran siempre en el cómputo de los costes diferenciales de seguir conviviendo o irse. El grado de dependencia familiar de los jóvenes dependerá, entonces, de dos grupos de factores. Primero, de lo que sucede fuera de la familia y, en particular, de cómo varían los costes de no seguir viviendo con los padres. Segundo, de lo que sucede dentro de las familias, es decir, del balance entre las obligaciones que impone la familia al joven y lo que ésta le proporciona.

Como es archisabido, el contexto externo de la dependencia juvenil ha sido muy hostil con los jóvenes españoles. En España el coste de los bienes y servicios alternativos a los que proporciona la familia de origen es a menudo prohibitivo para quien quiere irse de casa de sus padres. La vivienda (ya sea en propiedad o alquiler) y el trabajo remunerado (con altas tasas de paro, precariedad y sueldos bajos) son los elementos clave. Ambos oscilan con el ciclo económico, con lo que cabe que las mejoras para acceder a uno se conviertan en dificultades para conseguir el otro.

Por contra, la formación es muy barata para las familias, pero recae sobre las espaldas de los padres. Hay quienes, como José Ignacio Conde Ruiz y Carlotta Conde Gasca, ya hablan de Juventud atracada (Ediciones Península) para referirse a las muchas penalidades que tienen que soportar los jóvenes españoles. Además de la creciente carga de deuda que recaerá sobre unas generaciones con muy pocos efectivos, la magra porción de gasto público que se les dedica o su escaso peso electoral, los trabajos precarios y mal retribuidos y los exorbitantes costes de acceso a la vivienda son los principales obstáculos con los que se encuentran a la hora de emanciparse.

«La democratización de las relaciones familiares ha reducido la carga de obligaciones de los hijos»

El contexto doméstico interno ha empujado en la misma dirección, haciendo más cómoda la convivencia con los padres y reduciendo las obligaciones de los hijos para con ellos. Las recientes transformaciones familiares han promovido que el saldo entre obligaciones y provisiones domésticas beneficie a los hijos. Familias de menor número de hermanos y en las que ya no se acoge a los parientes mayores liberan recursos que se pueden destinar a los hijos convivientes. A menos hermanos, mayor el trozo del pastel familiar.

Por otro lado, la democratización de las relaciones familiares y la distribución más igualitaria de la autoridad doméstica —la llamada crisis del patriarcado tradicional— han reducido la carga de obligaciones de los hijos y han construido un clima de permisividad y tolerancia sin parangón en el pasado. Los intercambios intergeneracionales dentro de las familias también han beneficiado a los hijos. Por ejemplo, contra una arraigada tradición de las familias españolas, los jóvenes de hoy que conviven con sus padres no contribuyen económicamente a la economía familiar cuando consiguen ingresos, algo que, por lo demás, tampoco les exigen sus padres.

Lo que todo esto significa, en definitiva, es que se puede esperar que, si las cosas no cambian, los jóvenes españoles de hoy pasen la tercera parte de sus vidas dependiendo de sus padres. Como en tantas otras ocasiones, varias dinámicas combinadas han producido una regularidad social que no depende de un único proceso. Durante al menos los últimos cuarenta años, los cambios en los mercados de trabajo y vivienda y las importantes transformaciones demográficas y relacionales de las familias han hecho crecer desmesuradamente el nivel de dependencia de los jóvenes españoles.

Dos indicios sugieren que se trata de una pauta muy asentada. El primero es que no hay estigma contra los jóvenes enquistados en casa de sus padres, un síntoma de aceptación o resignación muy propio de una sociedad familista. El segundo es la inanidad de la plétora de medidas públicas dispuestas para combatir la excesiva dependencia juvenil, incluyendo la proliferación de institutos de la juventud autonómicos y oficinas municipales de emancipación. La dependencia prolongada de los jóvenes llegó para quedarse: lo que el plectro del poeta imaginó como divino tesoro parece haberse convertido en un laberinto de difícil escape.

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