EEUU utiliza contra lanchas rápidas iraníes un avión diseñado para cazar tanques rusos
Concebido para detener blindados soviéticos, resulta ser lo más eficaz para proteger petroleros

A-10 Thunderbolt.
Es implacable. Vuela bajo, por debajo de los trescientos metros, con sus alas rectas y a velocidad reducida. En el visor aparece una lancha rápida, que aún no ha detectado la amenaza, porque jamás se esperó algo así. Segundos después, un gruñido invade la atmósfera, y décimas de segundo más tarde, la embarcación desaparece tras una nube de humo, astillas y cuerpos humanos. La ametralladora GAU-8 Avenger del A-10 Thunderbolt ha hablado para dejarlo todo en silencio.
Su dictamen fue el habitual: dejar como un colador todo aquello hacia lo que apuntase su operador. Los hasta 3.900 disparos por minuto de proyectiles de 30 milímetros no encontraron enemigo en la estructura de aluminio y fibra de vidrio de la lancha rápida iraní. Si a los buques persas los torpedean o les mandan misiles, a sus ágiles lanchas rápidas les arrojan una lluvia de uranio empobrecido, la munición habitual en los A-10, con el resultado de aniquilación total.
Diseñado para eliminar tanques soviéticos en las llanuras de Europa Central, el A-10 Thunderbolt II lleva décadas esperando una guerra que nunca llegó del todo. La encontró, en parte, en el desierto que comparten Irak y Kuwait, y en estos días, sobre el agua. El aparato que muchos quieren jubilar sacó a pasear el cañón más descomunal jamás instalado en un avión de combate occidental, con siete cañones rotatorios que pesan juntos casi dos toneladas.
El Pentágono ha confirmado que aviones A-10 participan en la Operación Epic Fury, misiones de combate diarias en el estrecho de Ormuz. Los objetivos no son las columnas blindadas para los que fueron diseñados, sino lanchas rápidas, equipos móviles de misiles y puntos defensivos de costa dispersos a lo largo del corredor marítimo más estratégico del planeta.

Irán, lejos de poder acumular una musculosa fuerza naval basada en grandes navíos, lleva años perfeccionando una doctrina de enjambre. Su armada maneja docenas de lanchas pequeñas, de baja firma radar, armadas con cohetes, minas o misiles de corto alcance, capaces de saturar la capacidad de respuesta de un buque militar. El problema para cualquier avión de combate convencional es que esas embarcaciones son difíciles de batir desde una cierta altitud. Se mueven, cambian de dirección y se mezclan con tráfico civil. Para atacarlas hay que bajar, y el A-10 está hecho justo para eso.
Cada vez que despega, el cañón GAU-8/A Avenger dispone de una carga que ronda los 1.150 proyectiles, suficientes para varias pasadas sobre una formación de lanchas. Puede sonar excesivo para embarcaciones de fibra de vidrio, pero el problema nunca fue la potencia, sino la persistencia. El A-10 puede orbitar horas sobre el objetivo y darles caza una a una, mientras los reactores más habituales ya piden pista, sedientos y sin semejante capacidad de estar en el aire.
Ese tiempo de permanencia es el factor que más separa al Thunderbolt II de cualquier alternativa disponible. Un F-35 puede lanzar munición de precisión desde una altitud segura, pero dar vueltas como un buitre durante horas en zona de combate activo no forma parte de su diseño. En el estrecho de Ormuz, donde los objetivos aparecen y desaparecen en minutos, esa diferencia es la que separa hundir la lancha de perder un petrolero.
Más allá del cañón, el Thunderbolt II puede cargar hasta 7.200 kilogramos de armamento en once puntos de anclaje. El catálogo incluye misiles AGM-65 Maverick para batir radares de costa y lanzaderas de misiles antibuque, bombas guiadas por láser o GPS para infraestructura fija y cohetes Hydra 70 en versión guiada, muy eficaces contra objetivos pequeños. Es todo un arsenal volante con muchas configuraciones.
La supervivencia en baja altitud completa el perfil. La cabina está blindada con una bañera de titanio capaz de resistir proyectiles de hasta 23 milímetros. Los sistemas de vuelo son redundantes: el aparato puede volar con un motor destruido, parte del estabilizador arrancado o con daños en el tren de aterrizaje. Es un diseño deliberado para operar donde los aviones modernos prefieren no estar, dentro del alcance de misiles portátiles y artillería ligera.
No pueden con él
Los iraníes no desconocen esas capacidades. Sus posiciones costeras combinan sistemas antiaéreos de corto alcance, artillería ligera y defensas fijas que convierten el litoral del estrecho en un entorno complicado para cualquier aeronave que vuele bajo. Que el A-10 opere ahí cada día, con pérdidas mínimas, no es accidental, sino consecuencia directa de un blindaje que sus detractores han llamado anticuado durante treinta años y que ahora resulta ser una garantía.
La paradoja es que la operación expone una grieta en la organización de fuerzas de Estados Unidos. Los aviones de quinta generación son incomparables para penetrar espacio aéreo defendido o destruir objetivos de alto valor. No están pensados, en cambio, para batir docenas de objetivos móviles dispersos a lo largo de cien kilómetros de litoral. El A-10 cubre ese hueco con una capacidad extraordinaria de la que lo mejor de lo último carece.
Jubilación anticipada
El debate sobre su retirada arrastra desde principios de la primera década del XXI. La Fuerza Aérea argumenta que el mantenimiento del Thunderbolt II consume recursos que necesita para modernizar la flota. El Ejército de Tierra y el Cuerpo de Marines, quienes más lo utilizan en apoyo cercano, responden que ningún otro avión hace lo mismo. El congreso estadounidense ha bloqueado la retirada en varias ocasiones; con el aparato destruyendo lanchas iraníes cada mañana, el argumento adquiere una nueva dimensión.
Epic Fury les ha dado lo que ningún simulacro podía proporcionar: datos reales, en un teatro de operaciones activo, contra un adversario rocoso. Pero hay más. En Mosul y Raqqa fue el avión que más horas acumuló sobre las posiciones del Estado Islámico cuando identificar un objetivo sin dañar civiles exigía ojos humanos a baja altitud. Otro ejemplo es el de Afganistán. Los A-10 llegaban siempre los primeros cuando una patrulla necesitaba fuego aéreo en minutos.
Viejo, no obsoleto
En la misma portada de la biblia de las operaciones militares se expone esa adenda que reza «ningún plan bélico soporta el contacto». Dicho de otra forma, y parafraseando a Mike Tyson, «todos tienen un plan hasta que les suelto la primera hostia». Las guerras del siglo XXI rara vez adoptan la forma que los planificadores anticipan. No son duelos entre ejércitos regulares, sino enfrentamientos asimétricos en los que el más débil busca negar al más fuerte su ventaja tecnológica mediante la saturación, la dispersión y la movilidad. La doctrina de enjambre iraní es un ejemplo nítido de esa lógica. El A-10 es la respuesta disponible más eficaz.
Hay un efecto de Epic Fury que los análisis convencionales suelen ignorar: el de la presencia sostenida. Un A-10 revoloteando sobre las posiciones de lanzamiento iraníes no necesita disparar para ser útil. Su sola cercanía retrasa las decisiones del adversario, fuerza a las tripulaciones de lanchas a mantenerse ocultas y descoordina el enjambre antes de que se active.
Lo que Epic Fury está demostrando es que la guerra no siempre se libra donde los diseñadores de armas esperaban. El avión concebido para detener blindados soviéticos en las llanuras de Fulda resulta ser el más eficaz cuando protege los petroleros que abastecen a Europa. Esa es la clase de ironía que los presupuestos de defensa no suelen anticipar, y que los pilotos del A-10 llevan décadas explicando sin que nadie les hiciera del todo caso. Hasta ahora, claro.
