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Tecnología

Irán aplica una idea rusa y pone en sus drones el arma más barata de todas: tarjetas SIM

La telefonía 5G de los países atacados se ha convertido en una herramienta para las amenazas entrantes

Irán aplica una idea rusa y pone en sus drones el arma más barata de todas: tarjetas SIM

Drones iraníes. | YJC

Fue una desagradable sorpresa. Técnicos y analistas militares desguazaron lo que quedó de los drones iraníes que cayeron en países como Dubái, Abu Dabi y Catar. Descubrieron algo que los dejó traspuestos: los drones que estallaron en sus ciudades se habían orientado usando sus propias redes de telefonía móvil: habían utilizado el roaming de tarjetas SIM.

Los drones atacantes no habían pagado la correspondiente tarifa para telefonear a nadie. Utilizaron las torres 5G locales como sistema auxiliar de navegación y de transmisión de datos durante su vuelo. La jugada no es nueva, ya se vio en Ucrania, pero sí es nueva en Oriente Próximo, y el ejército moderno se enfrenta, una vez más, a la llamada guerra híbrida, aquella que mezcla lo civil y lo militar, y en la que una fina línea separa las dos orillas.

Este tipo de adaptación tecnológica refleja una tendencia creciente en los conflictos actuales. Los ejércitos recurren cada vez más a componentes comerciales diseñados para el mercado civil. De esta manera, sensores, microprocesadores, cámaras o módulos de comunicación se integran en sistemas militares improvisados que combinan bajo coste y fácil disponibilidad. El resultado es un ecosistema de armas donde la innovación no procede de laboratorios tecnológicos militares, sino de la electrónica de consumo.

La lógica de funcionamiento es sencilla. Un dron que pueda conectarse a una red móvil dispone de un sistema de guiado para calcular su posición sin necesidad de otras referencias. Al detectar varias torres de telefonía cercanas, analiza la intensidad de sus señales y el aparato puede triangular su localización aproximada. Este método no ofrece la precisión de un sistema satelital militar, pero permite mantener una trayectoria razonable.

Los sistemas modernos de defensa disponen de potentes inhibidores capaces de degradar o anular la señal de navegación por satélite; liquidan la señal de los GPS. Cuando esos bloqueos entran en funcionamiento, muchos drones o misiles guiados pierden su referencia principal. Incorporar alternativas de navegación se convierte en una prioridad para cualquier diseño, porque, sin ellas, se pierden, caen donde no deben y no ejecutan su propósito.

Este fenómeno apareció por primera vez en Ucrania, donde el análisis de drones rusos derribados empezó a revelar este tipo de modificaciones. Investigadores del Instituto de Investigación Científica de Pericia Forense de Kiev detectaron en algunos aparatos la presencia de tarjetas SIM pertenecientes a operadores ucranianos. Aquella modificación sugería que los ingenieros rusos estaban experimentando con el uso de redes móviles locales.

El objetivo de esas tarjetas no consistía tanto en controlar los drones en tiempo real como en recopilar información durante el vuelo. Las SIM permitían transmitir telemetría, registrar pérdidas de señal o detectar interferencias electrónicas. Esa información se analizaba posteriormente para ajustar trayectorias, altitudes o rutas en ataques posteriores. En otras palabras, las redes móviles no solo se convertían en sensores involuntarios, sino que ayudaban a mejorar la eficacia de futuras operaciones.

Con el paso del tiempo, esta adaptación se integró en tácticas más complejas. Una de las más interesantes fue el uso de drones nodriza capaces de transportar pequeños aparatos FPV hasta zonas con cobertura móvil estable. Una vez allí, liberaban esos drones ligeros, que podían conectarse a redes de telefonía y recibir instrucciones desde operadores situados a cientos de kilómetros de distancia. El alcance de estos dispositivos, normalmente limitado a pocas decenas de kilómetros, aumentaba de forma exponencial.

Esa lógica es la que empieza a observarse en el actual enfrentamiento en el Golfo. Desde el inicio de la escalada el 28 de febrero de 2026, Irán ha lanzado más de tres mil proyectiles. Una parte significativa de esos ataques corresponde a drones de bajo coste diseñados para saturar las defensas aéreas. Su eficacia no depende solo de su número, sino también de su capacidad para adaptarse a las contramedidas electrónicas.

Una respuesta costosa

Las defensas desplegadas por la coalición regional incluyen sistemas Patriot y Thaad, apoyados por complejos dispositivos de guerra electrónica. Estos equipos pueden generar interferencias capaces de cegar los receptores GPS. La respuesta lógica sería suspender o eliminar las comunicaciones, pero la jugada introduce un dilema estratégico difícil de resolver. En entornos muy digitalizados como Dubái o Abu Dabi, una interrupción de la red móvil no solo paralizaría la actividad civil básica, sino también servicios financieros, comunicaciones de emergencia y buena parte de la actividad económica.

Ante esa situación, las autoridades han optado por medidas más selectivas. Una de las más llamativas consiste en detectar tarjetas SIM que se desplacen a velocidades incompatibles con un dispositivo portado por un humano. Un dron de ataque puede volar a más de 180 kilómetros por hora. Un teléfono móvil, en cambio, rara vez se mueve a esa velocidad de forma sostenida. Detectar ese patrón permite identificar conexiones sospechosas.

Los operadores de telecomunicaciones del Golfo están desarrollando algoritmos capaces de analizar este tipo de comportamiento anómalo. Cuando una tarjeta SIM registra desplazamientos demasiado rápidos o patrones de conexión inusuales entre torres, el sistema puede bloquearla de forma automática. Es una carrera tecnológica entre programadores y operadores de drones, donde cada actualización intenta anticipar el siguiente movimiento del adversario.

El origen de las tarjetas SIM

Otra línea de investigación se centra en el rastreo del número de serie de las tarjetas SIM, conocido como Iccid. Cada tarjeta posee un identificador único que permite reconstruir su historial de activación y uso. Tras analizar estos datos, los servicios de inteligencia han detectado que muchas de las SIM empleadas en drones fueron activadas meses antes en países como Omán y Turquía.

Ese rastro digital ha permitido descubrir redes de adquisición que operaban a través de empresas pantalla. Algunas de ellas se presentaban como importadoras de electrodomésticos o maquinaria industrial, pero en realidad canalizaban pagos destinados a comprar componentes para drones. Motores, chips de navegación o sistemas de comunicación llegaban así a los fabricantes vinculados al programa iraní.

La presión internacional ha comenzado a dirigirse hacia esos intermediarios. Varias compañías con sede en Estambul han sido señaladas por facilitar transacciones destinadas a adquirir tecnología de doble uso. No se trata de fábricas de armas, sino de coberturas financieras que permiten ocultar el destino final de componentes en apariencia civiles.

Se acabó el roaming

La tercera jugada consiste en que varias compañías han suspendido acuerdos de roaming con redes iraníes. El objetivo es impedir que tarjetas emitidas en ese país se conecten automáticamente a las redes del Golfo. La consecuencia inmediata ha sido la pérdida de conexión de algunos drones durante su trayectoria.

Irán ha tratado de compensar estas limitaciones y ha echado mano de sistemas de navegación alternativos. Los receptores compatibles con las constelaciones satelitales rusas Glonass o chinas BeiDou ofrecen otra fuente de posicionamiento. Sin embargo, estos sistemas también pueden ser interferidos, en especial cuando se utilizan receptores comerciales sin protección de grado militar.

Cuando todas estas opciones fallan, muchos drones dependen de su sistema de guiado inercial, el último clavo ardiente de estos ataques. Este mecanismo calcula la posición del aparato a partir de sensores que miden aceleraciones y cambios de orientación. El método funciona sin necesidad de señales externas, pero presenta un inconveniente importante: la deriva acumulada.

Un error pequeño en la estimación inicial puede ampliarse con el paso del tiempo. En vuelos de larga distancia, esa desviación puede alcanzar varios kilómetros. Un dron que recorra quinientos kilómetros con un error del uno por ciento podría fallar su objetivo por más de cinco kilómetros. El aparato seguirá volando, pero su capacidad para impactar con precisión se reduce de forma dramática.

Guerra moderna, guerra de McGyver

Este tipo de soluciones improvisadas resume una de las paradojas más llamativas de la guerra actual. Mientras los sistemas de defensa aérea cuestan miles de millones de euros, algunos de los drones que intentan penetrar esas defensas —y muchos lo consiguen— se construyen con componentes comerciales al precio de un menú de McDonald’s.

En el escenario tecnológico del siglo XXI, una simple tarjeta SIM puede convertirse en parte de un sistema de armas. Y no porque haya sido diseñada para ello, sino porque la infraestructura que la rodea ofrece oportunidades inesperadas. La guerra moderna no siempre se decide con tecnologías exóticas. A veces empieza con algo tan banal y en apariencia inofensivo como una pequeña pieza de plástico del tamaño de una uña que cualquiera puede llevar en el bolsillo.

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