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Contrapuntos

Miguel Ángel Aguilar: «España no vive su peor momento, pero las actitudes son infames»

En ‘No había costumbre’ (Ladera Norte, 2025), el periodista vuelve a la primera línea de la historia vivida y contada

Nacido en Madrid en 1943, licenciado en Ciencias Físicas y formado en la Escuela Oficial de Periodismo, Miguel Ángel Aguilar lleva casi seis décadas ejerciendo un oficio que no debería entender de trincheras ideológicas, sino de rigor, memoria y mirada propia. Inició su trayectoria en el diario Madrid, en 1966, y desde entonces ha sido corresponsal y enviado especial —en el Sáhara para Cambio 16—, fundador de la revista Posible, director de Diario 16 y El Sol, director de Información de la agencia EFE, y director y presentador de informativos en Telecinco. Como columnista ha dejado huella en cabeceras como El País, Tiempo o La Vanguardia.

En 1981 fundó la sección española de la Asociación de Periodistas Europeos, de la que es secretario general, y ha firmado libros de referencia, como Las últimas Cortes del franquismo, El golpe. Anatomía y claves del asalto al Congreso o El vértigo de la prensa. En No había costumbre (Ladera Norte, 2025) vuelve a la primera línea de la historia vivida y contada, con uno de los pocos hitos rescatables del año del cincuentenario de la muerte de Franco.

Miguel Ángel Aguilar es el primer invitado de esta nueva temporada de Contrapuntos.

PREGUNTA.- Hoy empieza una nueva etapa en Contrapuntos y me da mucho gusto recibir como padrino a Miguel Ángel Aguilar, uno de los periodistas más admirables que ha dado España desde la segunda mitad del siglo XX hasta el presente, y que es un interlocutor privilegiado. La pregunta que siempre te he querido hacer: ¿por qué estudiaste Ciencias Físicas? ¿Cómo despertó tu vocación de periodista? ¿Por qué declinas las ciencias y te vas al periodismo?

RESPUESTA.- Eso se entiende por la fecha en que todo esto sucede. Primero: ¿por qué estudio Ciencias Físicas? Por dos razones. Una es una razón ambiental. Estamos en un momento muy interesante en el que la competencia entre las grandes potencias deja de ser una lucha por las armas, una carrera armamentística, y pasa a ser por primera vez una carrera pacífica: la conquista del espacio. Se había producido con gran éxito el lanzamiento del Sputnik soviético, pero enseguida los americanos pusieron en marcha la NASA y su programa espacial, con el Apollo y con todas estas cosas. Entonces era un momento muy llamativo, con mucho interés. La física estaba, por así decirlo, de moda. 

Pero además había otra cuestión que venía de más atrás, por encima de la moda, que era una cierta tradición familiar. ¿Cuál era la tradición familiar? Mi bisabuelo, Antonio Aguilar Vela, había sido catedrático de Matemáticas. Su asignatura tenía un nombre maravilloso: Matemáticas Sublimes. Fue catedrático primero en Santiago de Compostela y luego en la Universidad Central, aquí en Madrid. Él fue el encargado de recuperar del desastre el Observatorio Astronómico de Madrid, que había sido machacado por los franceses que vinieron a traernos la Ilustración y, en fin, el progreso y el humanismo, cargándose el Observatorio de paso. Y para rehacerlo, mi bisabuelo fue designado por el Gobierno de Isabel II. Viajó por los observatorios europeos y recuperó el Observatorio de Madrid, el del Retiro, y fue director. Y su hijo, o sea, mi abuelo, Miguel Aguilar Cuadrado, también fue astrónomo y murió muy joven, con cincuenta y pocos años. Para entonces ya era primer astrónomo del Observatorio. Su hijo mayor, mi padrino de bautismo, Miguel Aguilar, es también astrónomo. Mi padre era médico, pero éramos 11 hermanos. Tenía la ilusión de que alguno de sus hijos continuara la tradición del Observatorio y a mí se me encomendó esa misión. Yo sacaba muy buenas notas, matrículas y sobresalientes en matemáticas y en física. El mayor había sido médico, el segundo arquitecto, pero yo fui por ahí. Esa es la razón por la que estudié Física.

¿Y por qué me derivé al periodismo? Me fui al periodismo porque estamos hablando de 1959. Me matriculé en octubre de ese año en primero de Ciencias Físicas. ¿Qué me llevó a abandonar la física al poco tiempo? No la abandoné del todo; culminé los estudios y terminé la Licenciatura en Ciencias Físicas. Pero mi dedicación, salvo algún tiempo dando clases en alguna academia preuniversitaria y buscando trabajo por ahí, se dirigió desde 1966 hacia el periodismo. En ese momento estábamos en plena lucha estudiantil. El régimen de Franco tenía dos bancos de prueba: los estudiantes y los obreros, con Comisiones Obreras. Los estudiantes habían tenido un papel fundamental en la caída de la dictadura de Primo de Rivera. Luchábamos contra el sindicato único obligatorio de estudiantes, el SEU, Sindicato Español Universitario, el sindicato falangista. Me comprometí con esa lucha, como otros, y fui activo. Me presenté a las elecciones y fui delegado de la Facultad de Ciencias Físicas. Esa lucha contra el régimen despertó mi interés, y me pareció que no podía evadirme, ponerme una bata blanca e irme a la Junta de Energía Nuclear mientras ocurrían esas cosas. Mi compromiso político me llevó al periodismo, porque entendía que la lucha política no puede hacerse sin un respaldo profesional. La física, en aquel contexto, era un respaldo muy limitado, mientras que el periodismo me acercaba a la política sin estar en ella directamente.

P.- Una historia curiosa al hilo: el último profesor que tuve en el bachillerato de Física en México, en la escuela del exilio que era el Instituto Luis Vives, había sido el último director del Observatorio Astronómico de Madrid antes del triunfo del bando franquista y su exilio en México, Luis de Tapia Bolívar, me imagino que en el breve resquicio en que no hubo un Aguilar al frente. En cualquier caso, el despertar en el periodismo fue por involucrarte en la lucha política, por decirlo de alguna forma. Pero al mismo tiempo, siempre has dicho que hay que dejar aparte la ideología o el servicio a una causa cuando se es periodista. ¿Cómo has dialogado con esto a lo largo de tu vida?

R.- Creo que en esa época estábamos en una fase prepolítica: primero, lograr las libertades, y luego ya se vería dónde se situaba cada uno. Eso pasó con algunos grupos y personas muy valiosas, como el llamado Frente de Liberación Popular, Felipe, organizado por quien luego fue mi amigo Julio Cerón. Allí convivieron personas que, cuando estallaron las libertades, se situaron en posiciones diferentes: unos se hicieron socialistas, otros en la UCD [Unión del Centro Democrático] o incluso en el Partido Comunista. Antes, lo fundamental era conseguir las libertades, que nuestro país se pareciera a los países de alrededor: un país normal, sin censura, con elecciones libres, donde nadie fuera encarcelado por mantener determinadas opiniones. La gente de mi generación no tenía claro todo, pero sí teníamos claro que queríamos hacer de España un país parecido a los demás.

P.- Aunque también has dicho con mucho humor que la muerte de Franco provocó el nacimiento de muchos antifranquistas que habían estado en silencio.

R.- Eso es lo que, con un nombre muy certero, describió Víctor Marqués de Diego, quien fue redactor jefe de la revista semanal Triunfo. Él dijo con insistencia que en España ha habido muchos antifranquistas póstumos, y creo que es un neologismo muy acertado.

P.- En ese sentido, en tu carrera evidentemente hay un parteaguas: la Transición, es decir, hacer periodismo en una dictadura y hacerlo en una democracia. Y un gran hito que te tocó presenciar, doloroso, fue el cierre del diario Madrid. ¿Qué recuerdos tienes? ¿Cómo explicarías hoy a un joven qué fue eso y qué significó?

R.- Bueno, es un punto esclarecedor. Cuando la gente habla con cierta ligereza, puede no entender la gravedad del momento. Esto no es como antes. Antes cerraban periódicos, porque el diario Madrid lo cierran de manera definitiva el 25 de noviembre de 1971. Pero antes, el 30 de mayo de 1968 —recordarás Ricardo, mayo del 68, cuando todos estábamos en París, aunque yo creo que había muchos menos de los que se han apuntado después—, se cierra el periódico Madrid cuatro meses. ¿Por qué? Por una columna firmada por el presidente del periódico, Rafael Calvo Serer, que se titulaba Retirarse a tiempo, no al general De Gaulle, y que fue leída por los censores del régimen como Retirarse a tiempo, no al general Franco. Bueno, eso era una transposición.

FOTO: Kevin Borja

P.- Una interpretación culposa.

R.- Al menos interesada, pero que sirvió para cerrar el periódico cuatro meses. Pero el periódico estaba regido por el sistema en el que muchos pusieron sus esperanzas —y nosotros también, en alguna medida— que era la Ley de Prensa. La Ley de Prensa es del año 1966, la ley Fraga. Esa ley venía a sustituir otra dictada en plena guerra, en el año 38: la Ley de Prensa de nuestro cuñadísimo señor Ramón Serrano Suñer [marido de la hermana de Carmen Polo]. Aquella ley del 38 definía la prensa como un instrumento en manos del Estado, era una ley de cuando todavía el régimen no había salido de su fase totalitaria. La llegada, el anuncio y finalmente la promulgación de la ley del año 66 es la vía para ver qué se puede hacer y hasta dónde. Por ahí aparece la etapa nueva del diario Madrid, aparece Cuadernos para el Diálogo y aparece una serie de publicaciones que quieren apoyarse en esa ley para hacer el ensayo de hasta dónde se puede llegar con la libertad de expresión y con la libertad de prensa. Eso es lo que está pasando. Pero esa ley tiene unas proclamaciones muy sonoras de libertad y no sé qué, pero luego se guarda el artículo 1, y el artículo 2 dice: «Cuidado, porque el que se mueva no sale en la foto». Porque se guardaba el sistema en la capacidad de sancionar por el propio Gobierno. No era hacer una denuncia en un juzgado y que fueran los jueces los que dictaran si había habido una extralimitación o un delito. No, no: el Gobierno, directamente, por sí y ante sí, imponía las sanciones, que eran directamente operativas. Y eso, claro, nos tenía a todos un poco en vilo.

Hemos hablado del caso del diario Madrid, pero hay otras publicaciones que sufren igualmente, aunque no hasta la barbaridad última del cierre definitivo del Madrid: publicaciones cerradas temporalmente, que publican guiones, semanarios que son secuestrados y corresponsales extranjeros que son expulsados del país. Hay un aviso: «cuidado, que estamos aquí, que les estamos viendo, y que como se pasen ustedes de la raya —o nosotros pensemos que se han pasado de la raya—, el asunto va a terminar mal».

P.- Con incluso la paradoja, como has contado, de que el diario Madrid se cierra no por una información, sino por no mostrar suficiente entusiasmo con una información o con la causa.

R.- Antes tengo que decirte que las gentes se solidarizan con nosotros, pero, los redactores del Madrid no encontraron trabajo en ninguna otra publicación. Yo, por ejemplo, me tuve que ir a Bruselas, y otra gente se tuvo que buscar empleo como pudo. Pero en los periódicos que se editaban entonces en Madrid nadie —salvo el subdirector del periódico Madrid, que se llamaba Miguel Ángel Gozalo— consiguió trabajo. Él fue nombrado corresponsal de ABC en Bonn, en la República Federal Alemana. Salvo él, nadie encontró trabajo en ninguno de los otros periódicos de Madrid. O sea que el asunto no era ninguna broma. ¿Qué ha pasado?, ¿por qué os han cerrado, es que erais un periódico de oposición? Y yo solía responder esa pregunta diciendo que no. En España entonces no había espacio para hacer un periódico de oposición. Nos cerraron por falta de calor en el elogio a Franco. Porque lo que no soportaban era precisamente la frialdad del periódico ante los entusiasmos franquistas.

P.- Claro, uno de ellos, famoso, es la cobertura de la manifestación…

R.- Una manifestación que se hace en la Plaza de Oriente en el año 70, cuando se han producido los juicios de Burgos, los juicios a algunos terroristas. Y entonces, cuando arden no sé cuántas embajadas españolas, cuando hay malestar por todos, entonces, para resarcir a Franco de esos malestares, de esos ultrajes internacionales, se organiza una gran manifestación por todo lo alto en la Plaza de Oriente. Esa manifestación, primero, es preparada con verdadero entusiasmo en todos los periódicos, en las radios y en la única televisión que había, que estaba siempre en el entusiasmo. Y por todas las instituciones que se pudieron movilizar. Se hace la manifestación y se da cuenta de ella periodísticamente no con una primera página, no: con suplementos de 20, de 24 páginas de fotos, una cosa increíble. Y el diario Madrid, en contraste con todo eso, publicó una foto en la parte de abajo de la primera página con un pie —es el texto del que yo me siento más orgulloso, porque lo hice yo mismo— en el que se decía: «En el mediodía de ayer, tuvo lugar una manifestación que se estima en tantos asistentes y en la que se gritaron estas consignas y tal». Y punto. Y claro, eso se consideraba un agravio imperdonable, porque era la verdad. Y la exaltación de Franco no aparecían por ninguna parte. Eso no lo digerían bien, les parecía inaceptable.

P.- De tu trayectoria te ha tocado asistir a momentos brutales y claves de la historia contemporánea de España. Pienso en el 27 de septiembre de 1975 y los últimos fusilamientos de Franco; también el crimen de los abogados laboralistas de Atocha, el 24 de enero de 1977, o el 23-F, cuando además eras de los pocos periodistas que permanecieron toda la noche en el Congreso. ¿Tú crees que podrían servir los tres eventos para simbolizar el fin del franquismo, las dificultades de la Transición y el origen de la democracia? ¿Qué recuerdos conservas de estos tres momentos?

R.- La primera cuestión seguramente es el momento que a mí me conmueve más, porque se está luchando hasta el último momento por inducir la clemencia de Franco, por que se conmuten las penas de muerte. Y todo ese esfuerzo inmenso es completamente inútil. No se acepta de ninguna manera. Se mantiene, en fin, indeclinable la decisión de llevar adelante las penas de muerte. Y luego, cómo se desarrolla todo con la frialdad burocrática del Código de Justicia Militar. El trato a las familias. Cómo se pone a los reos —como se dice en el Código de Justicia Militar— «en capilla», preparándolos para su ejecución a la mañana siguiente, porque las ejecuciones tienen que hacerse a la luz del día, etcétera.

Y cómo vivimos eso los periodistas: no nos retiramos ni nos vamos a nuestros domicilios. Unos cuantos periodistas nos presentamos en la puerta de la prisión de Carabanchel, donde estaban tres de los cinco que iban a ser ejecutados a la mañana siguiente. Todo ese dispositivo que, realmente, cuando lo rememoras todavía me conmueve.

Eso, además, viene a ser una demostración en la cual el régimen opta por terminar el franquismo como había empezado: fusilando. Hay documentos que prueban cómo Franco, cuando estaba al mando de la primera bandera de la Legión, en África, hace una consulta a su jefe, que era Millán Astray —que entonces todavía no era general, sino coronel—, y le pregunta qué hay que hacer para fusilar a un legionario. Y el otro le contesta: «Vamos por partes, no se puede fusilar de cualquier manera. Esto lleva un protocolo, solo en combate frente al enemigo o ante un desertor… Pero si no, hay que hacer un consejo de guerra, procurar una defensa al acusado; la sentencia tiene que ser convalidada por el capitán general de la región y luego pasa al Gobierno, que es el que tiene que dar lo que técnicamente llaman el ‘enterado’». Eso es lo que le contesta Millán Astray. Pero la siguiente misiva de Franco es para decirle: «He fusilado a un legionario porque no le había gustado el rancho; se había insubordinado y le había tirado el rancho a la cara a un oficial». Bueno, ahí empieza su promoción vertiginosa, sus ascensos consecutivos, que los empieza fusilando y los termina fusilando, 20 días antes de su muerte. Seguramente, el último acto consciente que hace antes de que su deterioro físico le prive del pleno uso de sus facultades mentales, son esos cinco fusilamientos. Realmente es impresionante cómo el régimen termina como empezó, dando muestras de esa barbarie.

Decía un buen amigo nuestro, Arturo Soria Espinosa, que Franco había gobernado basándose en el prestigio del terror, y que luego lo va utilizando de manera modulada. Porque no se fusila con el mismo entusiasmo en el año 39 o en el 42 que en el 68 o en el 70. Pero se dirá: «Bueno, cuando hace falta». Que el público no pierda la idea de que, si hace falta, se fusila.

P.- Muy distinto es el caso del crimen de los abogados laboralistas de Atocha.

R.- Eso es muy interesante. Primero, por lo que significa de base. Esos asesinatos bárbaros no son cosa del régimen. Son cosas de algunos de los más exaltados partidarios del régimen, pero no están fusilados por un pelotón de fusilamiento de la Brigada al amanecer. Son gentes de la exaltación bárbara de Fuerza Nueva, de Blas Piñar, de toda esta gente de la extrema derecha de entonces. Son los que llevan a cabo esa barbaridad.

P.- Intentando descarrilar la Transición.

R.- Claro, buscando lo de acción-reacción. Pero lo que pasa es que ahí hay un comportamiento que suscita la admiración: un acuerdo cívico realmente asombroso de las gentes a las que pertenecían, en las que estaban enraizadas las víctimas. O sea, el Partido Comunista, que se abstiene de cualquier actitud de vendetta, de represalia o de tal. O sea, no estamos en…

P.- En abril del 36.

R.- No estamos cuando muere asesinado el teniente Castillo y, a continuación, son los guardias de asalto y la Guardia Civil los que asesinan al líder de la oposición, Calvo Sotelo, no. Estamos en que hay una contención y un comportamiento cívico absolutamente asombroso. Y ahí es donde el Partido Comunista se gana la legalización. Ahí es cuando no hay manera de negarles la legalización, porque han tenido un comportamiento absolutamente admirable, que indica su predisposición a la concordia, a la reconciliación, y no a la venganza ni al sectarismo.

P.- Y el 23-F, en cierto sentido, funcionó como una vacuna, ¿no? Porque era tan grotesco ese virus militar que acabó habiendo una reacción unánime; se veía como esperpéntico, anacrónico. ¿Cuál es tu lectura hoy de esos hechos que viviste desde el Congreso?

R.- Claro, lo del 23 de febrero, del cual se seguirá escribiendo imparablemente durante mucho tiempo, hay que situarlo también en su momento. El momento es la dificultad de asimilación que tienen las Fuerzas Armadas del cambio que se ha producido en España. Tienen esos hechos una larga historia. Empieza cuando el público se da cuenta de que Franco es mortal. Esa idea de que Franco es inmortal no tiene rodadura, que eso no va para adelante. Y cuando hay gentes que piensan que, por la edad que tienen, van a sobrevivir a Franco, empiezan a hacerse la pregunta: «¿y después de Franco, qué?».

Y entonces las gentes de la servidumbre más estricta empiezan a decir aquello de: «después de Franco, las instituciones». Pero el primero que no creía en las instituciones era Franco. Por eso, en el año 1961, cuando reúne en el cerro aquel de la Casa de Campo —el cerro de Garabitas— a las gentes de las distintas hermandades y asociaciones de excombatientes, que empiezan con los alféreces provisionales y acaban organizados en la Confederación Nacional de Excombatientes, les dice: «Todo quedará atado y bien atado bajo la guardia fiel de nuestro Ejército». Primero les ha dicho: «Mientras Dios me dé vida, estaré con vosotros». Bueno, pues qué le vamos a hacer. Y después les cuenta que «todo quedará atado y bien atado». O sea, ¿a quién entrega la misión?, ¿a quién encomienda la misión de preservar, de hacer perenne, de mantener el régimen vigente?: a las Fuerzas Armadas. Esto es lo que pasa.

Muere Franco y se comprueba inmediatamente que eso es insostenible, que el franquismo sin Franco no funciona. Por eso intentan también prorrogar la vida de Franco, para ver si pueden llegar al día 26 de noviembre y darle un nuevo mandato al presidente de las Cortes, Alejandro Rodríguez de Valcárcel.

Hacia el día 20 ya no hay manera de prolongar la vida. Este señor ya no puede ser recuperado como nuevo presidente por cinco años más de las Cortes y del Consejo del Reino. Y se ve que el designado por Franco como sucesor a título de Rrey, Don Juan Carlos, sabe desde el primer momento que ha recibido unos poderes de los que tiene que deshacerse cuanto antes. Y el éxito del Rey es precisamente esa renuncia sucesiva a los poderes. Porque él se da cuenta de que no puede ser un rey a la manera del sultán de Marruecos, sino un rey a la manera de sus colegas, los que encabezan otras monarquías en Europa. Y a eso se dirige. Pero entre los poderes que ha heredado está el mando de las Fuerzas Armadas. Empleando un término taurino, ¿cómo trastear a unos militares que están en la obsesión de que han ganado la guerra y que les corresponde administrar la victoria? Eso es un asunto muy difícil. Yo creo que el gran éxito del Rey es que consigue el cambio de lealtades de las Fuerzas Armadas, del franquismo a la democracia. Operación dificilísima, que genera resistencias muy visibles, como fue la del 23-F. Pero no fue la primera, hubo varios intentos graduales previos, ni fue la última, porque todavía después —como se dice con los terremotos— tuvo varias réplicas.

FOTO: Kevin Borja

P.- En un recuerdo de tu profesión de físico has inventado la «ley de la gravitación informativa». ¿Por qué no nos la explicas? ¿Qué quiere decir?

R.- A mí me interesó intentar valerme de lo que yo había estudiado en las ciencias físicas e intentar usar eso para explicar lo que después había vivido en el periodismo. Buscando analogías, pasé de la ley de la gravitación universal a la  «ley de la gravitación informativa». Y me interesó mucho hacerlo intentando, digamos, resolver algo que los periodistas siempre se han planteado, pero que nunca han llegado a presentar de una manera válida. ¿Qué es noticia? Se dice que es aquello que merece ser publicado. Pero claro, eso no es una definición, es una tautología, porque se puede decir al revés, que lo que merece ser publicado es noticia. Por ahí no salimos. Yo establecí que lo que había que buscar era la noticiabilidad de un hecho. Es decir, qué es lo que hace noticioso un hecho. Porque hay infinidad de hechos, como si dijéramos contemplando una noche estrellada: ¿cómo se eligen los vértices luminosos que constituyen una constelación —la Osa Mayor, la Osa Menor, la estrella polar— entre esa infinidad de puntos luminosos? Había que elegir qué hacía elegible un hecho para transformarlo en noticia, para difundirlo como noticia. ¿Qué cualidad adicional tenía un hecho para adquirir esa condición de noticioso? Yo establecí que el primer factor era la rareza. Algo es tanto más noticia cuanto más raro, es decir, cuanto más improbable. Por eso se dice: «no es noticia que un perro muerda a un niño; es noticia que un niño muerda a un perro», porque eso es lo infrecuente.

El primer factor, la rareza. Quienes más saben de la rareza son las compañías de seguros. Como no hay riadas todos los trimestres —son improbables—, si tú te aseguras contra una riada es muy barato y se aseguran muchos. ¿Por qué se acepta eso? Porque es muy raro y, por consiguiente, muy rentable. Es muy raro que se produzca la catástrofe. Primero, pues, el factor de la rareza, de la improbabilidad de un hecho, es lo que lo hace noticioso.

Yo recuerdo siempre que, en verano, cuando había que rellenar los periódicos y no había noticias, aparecían cosas como «calabaza de 70 kilos». Claro, es muy raro que una calabaza pese 70 kilos. No sé si era verdad o no, porque a veces se las inventaban. Recuerdo también aquella noticia de «hermafrodita en Filipinas», que salió en primera página en varios periódicos. Luego no había habido tal hermafrodita, pero algo que por su improbabilidad se convertía inmediatamente en noticioso. Recuerdo una fotografía de la reina Isabel II de Inglaterra pasando revista a su guardia. Una ráfaga inoportuna de viento le levantó las faldas y dejó ver la lencería de la Reina. Fue portada en casi todos los periódicos del mundo. ¿Por qué? Porque es muy improbable ver la lencería de la reina Isabel II. Eso le dio carácter noticioso. ¿Qué otro valor tenía esa noticia? Ninguno. Nada más que su improbabilidad. Ese es el primer factor: la rareza.

Luego hay una fracción en la que, en el numerador, están los intereses afectados en el lugar donde se ha producido el hecho, multiplicados por los intereses afectados en el lugar desde donde se difunde ese hecho, donde está el centro editor o emisor. Porque, claro, un terremoto en Punjab… muy bien. Pero, ¿desde dónde se informa del terremoto? Desde Londres. Entonces los periódicos de Londres decían: «Terremoto en Punjab: a salvo un matrimonio británico». La noticia no eran los miles de muertos, sino que un matrimonio británico había quedado a salvo. ¿Por qué? Porque desde Londres, ¿qué intereses han sido afectados? Parece que no muy graves, porque el matrimonio está a salvo. En cambio, en Punjab los intereses afectados son enormes.

Y luego, en el denominador, el cuadrado de la distancia entre dos puntos: el lugar de los hechos y el lugar del centro editor o emisor. Esa distancia no es solo geográfica. Por ejemplo, un terremoto en Marruecos, a pesar de que el Estrecho de Gibraltar tiene unos 14 kilómetros, resulta menos próximo informativamente que un terremoto en Buenos Aires o en México, que están mucho más lejos geográficamente, pero culturalmente más cerca. Hay una alteración de la proximidad que tiene que ver con la cultura, con la historia, con la estirpe, con la implicación que puede haber entre España y un país de América Latina, que no existe ni muchísimo menos en esa proporción con otros lugares.

P.- Creo que has demostrado que eres un buen bisnieto y nieto de la estirpe de astrónomos de los Aguilar, porque la ecuación es magistral y permite ubicar casi cualquier noticia: qué es noticia y cuál es su grado.

R.- Y además te digo que, si eso se tuviera en cuenta, se limpiaría mucho el periodismo tal como ahora lo concebimos, que está, digamos, embadurnado —por así decirlo— de chorradas monumentales que, pasadas por la fórmula, se demostraría que no son noticia en absoluto.

P.- ¿Qué te hace seguir acudiendo todas las semanas a las sesiones de control en el Congreso? ¿Qué ves ahí? ¿Por qué piensas que es importante estar? ¿Qué te mueve a seguir activo hasta ese grado?

R.- A mí me ha interesado siempre el Congreso de los Diputados, pero seguirlo de cerca. No quedarme con pequeños despuntes ciudadanos ni quedarme con la versión con la que al final se han acabado quedando los periodistas, que no es el acontecimiento, sino la versión del acontecimiento que dan quienes hacen la señal televisiva del Congreso.

Para los periodistas es decisivo estar inmerso en el acontecimiento, y es algo a lo que los periodistas están renunciando cada vez más. Claro, es más cómodo ver lo que pasa a través de un monitor de televisión, pero no es lo mismo lo que se ve en el monitor que lo que se ve, por ejemplo, desde la tribuna de prensa, donde nadie te dirige la mirada: la diriges tú libremente a cualquier parte del hemiciclo. Ahí puedes observar lo que no va a ser visto en el monitor de televisión. Puedes observar cuántos ministros están atendiendo la sesión —a lo mejor ninguno—, o cuántos de los que han llegado están distraídos con un teléfono móvil, un iPad o no sé qué. Están ahí, de cuerpo presente, pero no de mente presente, ni de oído presente. Y también puedes ver cómo se activan los distintos grupos. Imagínate las sesiones de la Comisión de Defensa —me gusta ir a la Comisión de Defensa, a la de Asuntos Exteriores, a la Comisión Mixta Congreso-Senado para la Unión Europea, o a las comisiones de control de radio y televisión—. Ahí ves cómo un diputado le pasa un papel a otro a través de un ujier, y cómo eso cambia el desarrollo de la sesión. Es decir, es muy importante. Y luego está la batalla por el relato: cómo se ha producido un discurso, no sé qué. Y entonces aparecen los encargados de que prevalezca su relato, del PSOE, del PP, de Vox, de Sumar o de su abuela, buscando ganar en los pasillos lo que han perdido en la tribuna del hemiciclo.

P.- Es como una lección de periodismo: hay que estar ahí.

R.- Periodismo de inmersión en el acontecimiento. Eso es lo que me gusta practicar.

P.- ¿Qué es lo que más te preocupa de la situación política española hoy?

R.- Pues mira, yo creo que hemos vivido situaciones mucho más adversas ante las que se han mantenido actitudes mucho más positivas. Ahora las situaciones no son tan adversas, pero las actitudes son infames. Y eso lo impregna todo, lo hace casi todo imposible y lamentable.

P.- A todos los invitados al programa les hago una última pregunta que no tiene nada que ver con la conversación desarrollada. Les pido que recomienden un libro al público que nos está viendo, escuchando o leyendo, con la idea de formar entre todos una pequeña biblioteca de Contrapuntos. ¿Cuál sería tu recomendación?

R.- Como estamos hablando de este momento y de este país, mi recomendación sería Discurso de la servidumbre voluntaria, de Étienne de La Boétie.

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