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Historias de la historia

La herencia de Stalin

Lituania ha bloqueado el enclave ruso de Kaliningrado, antes Könisberg. Eso agrava el enfrentamiento Rusia-OTAN. Putin amenaza con «graves consecuncias»

La herencia de Stalin

Trabajadores descansando en Kaliningrado, en 1993. | Zuma Press

Los vecinos de Könisberg ponían sus relojes en hora cuando el profesor Kant pasaba por delante de sus casas, pues siempre era a la misma hora con precisión de segundos. Kant, uno de los filósofos más importantes de la Historia, era un obseso del orden y la puntualidad, incluso cronometraba el tiempo de abrocharse los botones del chaleco. Pero en 1789 hubo un día, sin embargo, en que el profesor Kant falló, no salió de paseo a la hora acostumbrada. La gente de Könisberg se alarmó: ¡debe haber pasado algo tremendo!, se decían, y así era. Había llegado la noticia de la Revolución Francesa.

Europa entera, desde Lisboa a Moscú, iba a arder durante un cuarto de siglo con la guerras revolucionarias y napoleónicas, pero a finales del XVIII Könisberg, hoy llamada Kaliningrado, era una ciudad  ideal para la vida metódica, dedicada al estudio y la elucubración intelectual, de Inmanuel Kant, que jamás en sus 80 años de vida sintió necesidad de alejarse más de diez kilómetros de donde había nacido. Könisberg era próspera, cómoda, hermosa y pacífica, y un crisol cultural de primer orden. Ciudad alemana que había pertenecido a la Liga Hanseática, enriquecida con el comercio del ámbar, era también la capital editorial de Polonia, de Lituania y de la Alemania protestante. Allí se publicó el primer libro impreso en lengua lituana, el primer Nuevo Testamento impreso en polaco, el primer catecismo luterano…

Sin embargo la imagen idílica del Könisberg de Kant no se corresponde con sus orígenes ni con su historia reciente, llenos de pasajes trágicos, incluso de genocidios. Könisberg fue fundada por una cruzada, y ya se sabe, cruzada implica conquista por la espada. En el siglo XII todavía quedaban en Europa pueblos paganos, considerados salvajes. Estaban ubicados en la costa del Mar Báltico Oriental, en territorios que más o menos corresponden a las actuales repúblicas bálticas y Polonia. El Papa Celestino III convocó una cruzada para implantar allí el cristianismo en 1193, casi un siglo después de que Urbano II proclamase la Primera Cruzada para liberar Jerusalén.

Aunque en las ‘Cruzadas del Norte’ participaron las monarquías cristianas de Alemania, Escandinavia y el Este de Europa, el peso de la empresa recaería sobre la Orden de los Caballeros Teutónicos, una orden militar inspirada en los Templarios, fundada en Palestina por caballeros cruzados alemanes. En Tierra Santa había ya varias órdenes de monjes-soldados, y además los sarracenos iban ganando terreno, de modo que la Orden Teutónica buscó su propio campo de acción en el Báltico, donde a principios del siglo XIII estableció un auténtico ‘Estado Monástico de la Orden Teutónica’.

Ese Estado llegó a extenderse desde Danzig o Gdansk (Polonia) a Narva, en la frontera  de Estonia con Rusia, y tuvo su capital en Könisberg (el Monte del Rey en alemán), fundada junto a la Laguna del Vístula, en un lugar donde los caballeros teutónicos tenían un castillo, pero que además era un centro comercial estratégico de la ruta del ámbar, el producto más precioso del Báltico.

Cuando se produjo la Reforma protestante, el Gran Maestre de la Orden Teutónica se convirtió al luteranismo, y el Estado de la Orden terminó por convertirse en Reino de Prusia. Könisberg fue por tanto alemana desde su nacimiento hasta el final de Segunda Guerra Mundial, y mantuvo el título de capital de Prusia Oriental.

Éxodo

En 1945 el poderío nazi se hundió y el Ejército Rojo llegó a las fronteras de Prusia Oriental. Sus habitantes, alemanes de pura cepa, sabían las barbaridades que habían hecho las SS y la Wermacht en Rusia, y se produjo un éxodo general de siete millones de fugitivos. Un tercio de ellos, 2.200.000 según cifra oficial alemana, murieron en su escapada, por ataques rusos pero sobre todo de frío, pues en Prusia Oriental se alcanzaban 25 bajo cero en invierno. Incluso los trenes llegaban a su destino con los vagones llenos de cadáveres congelados.

El sacrificio sería inútil, resultó una escapada a ninguna parte, porque los rusos realizaron un movimiento envolvente, sitiaron Prusia Oriental y obligaron a los fugitivos a volver atrás. Solamente quedaba una salida, el mar. Prusia Oriental albergaba importantes bases navales de la Kriegsmarine (Marina de Guerra alemana), y se puso en marcha la Operación Aníbal para sacar a los marineros de aquella trampa, pero el almirante Dönitz, jefe de la Kriegsmarine, decidió ampliar el plan a todos los civiles que pudo.

La Operación Aníbal ha pasado a la Historia como la más importante evacuación de los siglos, consiguió repatriar a 350.000 militares y un millón de paisanos. Incluso los submarinos embarcaron civiles para sacarlos de allí, aunque el celo de la Kriegsmarine no fue suficiente para salvar a muchos de los ataques rusos en el mar, como el que hundió el Gustloff.

El KdF Wilhelm Gustloff era un crucero de placer, conocido en España porque en 1939 había atracado en Barcelona para llevar a casa a los voluntarios alemanes de la Legión Cóndor, que habían contribuido a la victoria de Franco. Al estallar la Guerra Mundial fue reconvertido en buque-hospital, pintado de blanco con grandes cruces rojas. El 30 de enero de 1945 zarpó de Prusia Oriental con 10.582 personas a bordo: 9.000 eran civiles, sobre todo mujeres y niños, el resto marineros, muchachas del Cuerpo Auxiliar Femenino y heridos. Esa noche un submarino soviético le disparó tres torpedos, hundiéndose en menos de  una hora. Solamente 1.100 o 1.200 de sus pasajeros salvaron la vida. Es la mayor catástrofe naval de la Historia.

Para los prusianos orientales que sobrevivieron a todo esto, el final de la guerra no trajo sin embargo la paz, su drama continuó. Stalin decidió anexionarse Könisberg y su región, así como el Este de Polonia, y aplicó la más estricta limpieza étnica. Para compensar a los polacos, corrió hacia el Oeste la frontera de Polonia con Alemania hasta la Línea Oder-Neisse. Fue un éxodo forzoso para 20 millones de personas, alemanes y polacos.

Como todas las regiones vaciadas de sus habitantes seculares, Könisberg fue repoblada por rusos y se le cambio el nombre por Kaliningrado, la Ciudad de Kalinin, en honor de uno de los secuaces más leales de Stalin. Pero la estabilidad del sistema totalitario soviético se vino abajo en 1991, cuando la URSS se disolvió y las Repúblicas Bálticas se declararon independientes. Kaliningrado se encontró entonces como un enclave ruso separado de Rusia por territorio hostil, pues los países bálticos ingresaron el la OTAN.

Era cuestión de tiempo que Kaliningrado-Könisberg volviese a protagonizar un conflicto, que puede derivar en una tragedia. Es la herencia de Stalin.

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