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'El rapto': la historia del niño judío secuestrado por el Vaticano en el siglo XIX

El caso Mortara es interesante como argumento por el drama familiar y las repercusiones políticas que tuvo

‘El rapto’: la historia del niño judío secuestrado por el Vaticano en el siglo XIX

Fotograma de la película 'El rapto' de Marco Bellocchio. | Mauricio Bach

En 1858, en Bolonia, que entonces formaba parte de los Estados Pontificios, la policía se llevó a Edgardo, el hijo pequeño de seis años de la familia Mortara, y lo condujo al Vaticano por orden del Papa Pio IX. Los Mortara eran comerciantes judíos que vivían en el gueto de la ciudad. Cuando siendo un bebé Edgardo había enfermado, la criada de la familia, una chica católica de escasas luces llamada Anna Morisi, decidió bautizarlo en secreto para salvar su alma en caso de que falleciera. Esta información llegó tiempo después a oídos del inquisidor local, Pier Gaetano Feletti, que ordenó que se le arrebatara el niño a la familia para educarlo en la fe católica. Según una antigua norma papal, cualquier cristiano podía improvisar un bautizo para salvar el alma de un crío en peligro de muerte. Y una vez bautizado, el infante pasaba a ser cristiano. 

En resumen, con absoluta prepotencia y total impunidad, el Vaticano le arrebató su hijo a una familia judía y lo recluyó con otros niños en situaciones similares en la Casa de los Catecúmenos de Roma para educarlo allí en el seno de la Iglesia. El padre del niño no se quedó de brazos cruzados; movió sus contactos en la comunidad hebrea de Bolonia y Roma. El caso acabó en las páginas de la prensa internacional y se armó un escándalo que llegó a tener consecuencias políticas. Rabinos italianos y de Estados Unidos intervinieron y los banqueros Rothschild, que financiaban al Vaticano con sus préstamos, presionaron. Pero el Papa se mantuvo firme. No olvidemos que fue Pio IX quien introdujo lo de la «infalibilidad del Sumo Pontífice». 

El asunto ha dado pie a varios libros, entre los que destaca el de David Kertzer, El secuestro de Edgardo Mortara (publicado en castellano por Berenice en 2017). Steven Spielberg había mostrado interés en llevar esta historia al cine, pero ha sido el italiano Marco Bellocchio (Bobbio, 1939) quien lo ha hecho en El rapto, que ahora se estrena. 

Ya octogenario, el cineasta no deja de darnos gratas sorpresas. Hace unos meses Filmin estrenó su potente serie Exterior noche, sobre el secuestro de Aldo Moro y los años de plomo italianos, marcados por el terror de aquella pandilla de indigentes intelectuales y morales que fueron las Brigadas Rojas. Ahora llega a los cines este largometraje que, a partir del caso Edgardo Mortara, se convierte en un vibrante alegato contra los abusos del poder. 

Cartel promocional de la película El rapto. Mauricio Bach

En la película intervienen de forma destacada cuatro personajes: el inocente Edgardo, sustraído de su familia sin que entienda muy bien por qué y educado en el Vaticano; la madre desolada por la pérdida del hijo arrebatado; el padre que mueve todos sus recursos y contactos para generar a través de la prensa un escándalo que acaso pueda devolverle a su hijo. Y por último, el papa Pío IX, una figura maquiavélica, de formas afables y aires espirituales pero de inmenso y tiránico poder, del que el actor Paolo Pierobon hace una interpretación memorable.  

El caso Mortara es interesante como materia prima para una película por dos motivos: por el drama familiar, con un niño zarandeado entre dos religiones, y por las repercusiones políticas que tuvo en unos momentos de grandes tensiones y cambios sociales en la Italia del Resorgimento. De hecho, el caso llegó a afectar al apoyo de Napoleón III al Papa y fue utilizado como arma arrojadiza contra este por Cavour. Los coletazos del asunto llegaron hasta el año 2000, ya que fue un argumento contra el proceso de beatificación de Pío IX, que pese a todo Juan Pablo II acabó llevando a cabo. 

Fotograma de la película El rapto. Mauricio Bach

Bellocchio compone un desgarrador drama intimista que es a su vez un sólido fresco histórico. Se permite además algunas pinceladas surreales, que acaso desconcierten a algunos espectadores: el niño Mortara se escabulle una noche del dormitorio y va a la capilla, donde «libera» al Cristo crucificado, que cobra vida, desciende de la cruz, le sonríe y se marcha; por su parte, el Papa, atormentado por las caricaturas que se publican contra él, ve en una pesadilla cómo los dibujos cobran vida. Son escenas arriesgadas pero bien resueltas, expresión de un anticlericalismo que ya había aparecido en otras obras del cineasta. 

La película recrea con fidelidad el caso, salvo en la parte final, en la que se toma algunas licencias en busca de intensidad dramática. Esto da pie al ficticio encuentro entre Edgardo y su hermano mayor, garibaldino que entra con las primeras tropas que asaltan el Vaticano y que representa la nueva era de la razón ilustrada (frente al fanatismo religioso tanto del Papa como del pater familias judío). La escena es excesivamente peliculera. 

Fotograma de la película El rapto. Mauricio Bach

La decisión de Bellocchio y sus guionistas de sintetizar y esquematizar esta parte de la historia es un poco absurda, porque renuncian a situaciones reales de mucho potencial dramático. Por ejemplo, la película no cuenta que cuando llegó a la adolescencia, a Edgardo se le permitió dejar el Vaticano y regresar con sus padres. Pero como para entonces el joven ya había sido adoctrinado en la fe católica y no se adaptó a convivir con su familia de infieles, así que regresó al Vaticano. El rapto se toma también algunas licencias con la ordenación de Edgardo como sacerdote, ya que da a entender que nunca abandonó la Santa Sede. En realidad, fue enviado primero a un convento austriaco y después estudió teología en Poitiers. Pío IX no se olvidó de él y le escribía cartas al obispo de la ciudad preguntándole por los avances de su pupilo.

Permítanme concluir con un apunte sobre la vida de Edgardo una vez ordenado, que ya no aparece en la película. Se convirtió en un sacerdote de férrea fe que recorrió Europa contando su historia como ejemplo de una conversión que había salvado su alma. Fue además un erudito políglota. Este interés por los idiomas lo llevó hasta el País Vasco, atraído por el euskera. Residió en Oñate a finales del siglo XIX, donde tiene una calle con su nombre. Unamuno lo menciona en Contra esto y aquello. Edgardo Mortara, el niño judío raptado por el Vaticano, falleció en Lieja, Bélgica a los ochenta y ocho años en 1940. 

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