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Cultura

Alejandro Sawa y el anticlericalismo sin matices

‘Criadero de curas’ no es una novelita devota, sino un texto para desahogar el desprecio extremo hacia el olor a incienso

Alejandro Sawa y el anticlericalismo sin matices

El escritor Alejandro Sawa. | BNE

Durante muchos, muchos siglos, la previsibilidad no fue de ninguna manera un defecto literario, sino, bien al contrario, lo que mayoritariamente se reclamaba. A la gente nos gustan las plantillas mucho más de lo que podamos pensar, y nos complace que las cosas salgan o sean tal y como las esperábamos. A lo largo de casi toda la historia de la cultura, las mutaciones en la literatura se han producido al mismo ritmo o con la misma cadencia con la que van cayendo los récords olímpicos: constantemente, pero con lentitud, y todo depende mucho de cuál sea el aspecto o el tópico del que estemos tratando. Las cosas cambian, obviamente, pero no deja de ser verdad la afirmación opuesta: las cosas no cambian.  

Todo esto viene al hilo del naturalismo, una variante del realismo en novela que triunfó clamorosamente en Francia en el corazón del siglo XIX y que fue contaminando el resto de literaturas europeas, o aún más allá. Esa corriente narrativa se proponía muy en serio retratar la sociedad, pero lo hacía con presupuestos que atentaban directamente contra esa intención, ya que todo eran prejuicios, maniqueísmos, fobias, filias y, en fin, propaganda. Los arquetipos estaban tan perfilados como los del teatro medieval, y desde que el autor (o la autora, pues hubo varias) presentaba a los personajes en los primeros párrafos, cualquier lector enterado sabía ya perfectamente no solo quién era quién, sino cómo se iba a desarrollar más o menos la acción y cuál era la tragedia que sin duda aguardaba en el desenlace.

Divertidísima de tan truculenta, esa literatura caducó relativamente pronto, y desde luego ha estado desprestigiada (por las razones explicadas y por alguna más) durante décadas, pero cuando, por lo que sea, toca releer (o leer por primera vez) alguna de aquellas obras, de títulos habitualmente tremendos (y «tremendismo» se llamó, a su vez, a una variante bastante evolucionada del naturalismo, la que representaron José Gutiérrez Solana o, después, La familia de Pascual Duarte…), lo cierto es que se disfruta, y es precisamente por sus estrecheces teóricas, por su falta de sorpresa, por su «obligatoriedad», que, sin embargo, dejan margen para mucha invención. Es como con los sonetos: la forma y las métricas y las rimas están fijadas, pero a partir de ahí…

Dos años después de que la editorial madrileña Amarillo recuperara Noche, de Alejandro Sawa, se lanzan al rescate de una novelita que el sevillano había publicado pocos meses atrás, en el mismo 1888. Criadero de curas no es precisamente una novelita muy devota, sino un texto muy breve (más cuento largo que novela corta) en el que nuestro bohemio más impenitente desahogó el desprecio extremo que sentía hacia todo lo que pudiera oler a incienso, no solo las altas jerarquías de Roma, objetivo clásico de las furias o las ironías de los intelectuales, según sea el talante de cada cual, sino incluso del clero bajo, los seminarios menores, los monasterios provincianos, las desvalidas monjitas que, a ojos de Sawa, no serían sino diabólicas brujas deformadas por la lascivia y la codicia.

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Criadero de curas
Alejandro Sawa
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Cualquiera que entienda lo que estoy diciendo ya sabe de qué estoy hablando: personajes que llegan al paroxismo físico en la manifestación de sus pasiones, retorciéndose como muelles cuando envidian o desean; situaciones extremas de crueldad y arbitrariedad e injusticia; ambientes siniestros y tenebrosos hasta la autoparodia lovecraftiana; denuncia constante de los sacos de hipocresía en cuanto al contraste entre el mensaje de Cristo y las operaciones de sus «ministros en la Tierra»; moralejas no tácitas sino explícitas, que si es necesario se repiten diez veces; almas naturalmente buenas (una de las columnas principales del Naturalismo) corrompidas o golpeadas en cuanto asoman al mundo y a la sociedad y conviven con los intereses y los vicios de los ya maleados (que es la otra pata del asunto).

Y puede parecer una paradoja, pero aquí hay que reírse. En el año 2024 no concibo otra manera de leer una novela como esta que no sea la diversión íntima, pero no, cuidado, porque sea mala, que no lo es en absoluto, ni porque responda a clichés, pues eso era seguro, sino porque los extremos a los que llega Sawa al intentar adoctrinar un tanto al lector y convencerle de su odio hacia la Iglesia son desternillantes en el léxico, en las anécdotas y en el espíritu. El destino del niño Manolito, entregado por sus fanáticos padres al Seminario de Ávila, no puede generar conmoción, sino una hilaridad que es otra buena y legítima manera de leer este Criadero. Las cosas son como son porque fueron como fueron, y si eso vale para la literatura es porque vale para la vida: el Naturalismo tiene una explicación histórica que lo hacen no solo interesante y estimable sino «necesario», algo que tenía que suceder, pero si seguimos la misma línea de pensamiento hemos llegado a un tiempo en el que toda esa batería de condiciones literarias y todo ese sistema ideológico de escribir resultan simpáticos, cómicos, no porque nosotros seamos mejores sino simplemente porque hemos venido después y podemos leer aquellos desbarres con una ternura que no implica ninguna rebaja, ni desde luego ninguna falta de respeto. 

El Naturalismo tuvo representantes más finos y matizados, y dio lugar a obras maestras, pero yo diría que con el tiempo han adquirido mayor color, viveza y hasta verdad estas versiones como improvisadas, novelas de periódico, por entregas, escritas sin meditar y sin corregir en absoluto. Hay veces en que unos riñones saben mejor que un entrecot, y creo que esta nueva edición, introducida por una preciosa presentación de la editora Ester Vallejo, ofrece una versión pulcra y aseada de lo que por definición debía y quería ser chapucero, rudo, escrito a la diabla.

Yo tuve un tío comunista, amabilísimo y bibliófilo, que juraba, entre carcajadas, que una vez, en una manifestación, escuchó a una anciana gritar algo así como ¡Viva Stalin!, ¡Viva Carrillo!, ¡Vivan los sindicatos!, ¡¡¡Viva… lo peor!!!

Pues eso: a veces también en la literatura hay que disfrutar con lo peor y lanzar vivas a lo descuidado, porque novelas como ésta son conservantes increíblemente eficaces de muchas cosas, y nos devuelven a otro tiempo y a cierta sensibilidad y a muchos enfrentamientos de un modo con el que los exquisitos y los estilistas no podrían ni soñar.

Así que, por mi parte, ¡viva Alejandro Sawa! 

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