Héroes de la Guerra Civil | Virgilio Valle, el cura que salvó a la mitad de su pueblo de ser fusilado
Este cordobés destruyó documentos clave que habrían llevado a la condena a muerte a cientos de sus vecinos

Virgilio Valle.
Una semana más, continuamos una serie de episodios de Ilustres olvidados dedicados a héroes anónimos de la Guerra Civil que no encajan en los relatos propagandísticos de ambos bandos. Tras el general republicano Antonio Escobar y el futbolista del Real Madrid Hilario Marrero, hoy nos centramos en una figura del ámbito de la Iglesia.
Las ideas políticas fueron el principal motivo para la represión de retaguardia en ambos bandos de la Guerra Civil y, en el caso de la zona republicana, la religión católica también suponía una diana para quienes la profesaban. Miles de españoles fueron asesinados por causa de su fe, incluidos cerca de 7.000 religiosos y trece obispos.
Sin embargo, hoy hablaremos de la situación contraria, no de un mártir, sino de un redentor, de un religioso que salvó la vida de otros. Esta es la historia del padre Virgilio. Virgilio Valle Pérez nació el 18 de diciembre de 1915 en Palma del Río, provincia de Córdoba. Aquel año, Kafka publica su Metamorfosis, Einstein presenta su teoría general de la relatividad, Plutón es fotografiado por primera vez y Alexander Graham Bell realiza la primera llamada telefónica de una costa a otra de Estados Unidos.
Un seminarista en medio de la guerra
Pero volvamos a la Guerra Civil. Tras el golpe de Estado del 18 de julio, una de las primeras zonas de disputa fue Andalucía. El triunfo de Queipo de Llano en Sevilla fue clave para impulsar la rebelión de los sublevados, que rápidamente se extendió por Cádiz o Córdoba. Precisamente en la capital del antiguo califato se encontraba Virgilio Valle, que en aquel momento cursaba sus estudios sacerdotales en el seminario de San Pelagio, si bien unos pocos días antes se había ido a su pueblo, Palma del Río, a pasar las vacaciones de verano.
Tal y como narra Fernando Berlín en su libro Héroes de ambos bandos, la localidad estaba aún controlada por las milicias republicanas, por lo que Virgilio tuvo que esconderse en un cortijo para huir de la furia anticlerical. De hecho, los partisanos acabaron encontrándole. Cuando le preguntaron por el crucifijo que llevaba al cuello, el joven confesó con naturalidad que era seminarista. Fuese por su candorosa sinceridad o por milagro, el caso es que los milicianos le perdonaron la vida, algo que no se estilaba en aquellos tiempos.
Virgilio pronto tuvo ocasión de devolver el favor. Cuando los franquistas llegaron al pueblo, con el ánimo de revancha bien arriba, el seminarista salvó a un miliciano de ser fusilado al dar falsas indicaciones de su paradero a la patrulla que le preguntó. De lo que no se libró el seminarista fue de ser reclutado, pasando a integrarse en la 102ª división como personal médico. Eso sí, él mismo diría años más tarde que no pegó un tiro en toda la guerra.
Cuando Virgilio Valle salvó cientos de vidas
Ya al final de la contienda, en marzo de 1939, la división de Virgilio fue destinada a Andújar, a un cuartel que acababa de ser abandonado por las tropas republicanas. Al entrar en el edificio, sus compañeros se dieron al pillaje de cuantos objetos de valor pudieran haber quedado allí.
Al seminarista aquello no le interesaba, pero sí se puso a curiosear entre unas cajas llenas de papeles amontonadas en un rincón. De pronto, algo llamó poderosamente su atención: en un informe, se topó con el nombre de su pueblo, Palma del Río. Cuando miró con más detenimiento descubrió con horror un listado de cientos de habitantes de la localidad con anotaciones sobre cómo habían ayudado a los milicianos republicanos o cómo habían delatado a vecinos de ideología conservadora para que fueran represaliados. Debajo del listado estaban los expedientes.
Virgilio comprendió al instante que, si los documentos llegaban a manos del mando sublevado, aquellas personas serían fusiladas con toda seguridad. El joven sabía que dejar allí aquellos expedientes equivalía a condenarlas a muerte. A pesar del riesgo de ser descubierto, el seminarista tomó disimuladamente la polvorienta caja. Aquella tarde llegó a su casa y compartió el secreto con su madre; los dos convinieron en quemar uno por uno los papeles. Con cada uno que ardía se salvaba una vida.
Tras la guerra, Virgilio completó su formación sacerdotal en la Universidad Pontificia de Comillas y fue ordenado en 1944. Sus primeros años como pastor fueron duros, en una España destruida y hambrienta. El ya padre Virgilio fue párroco de Nuestra Señora de Gracia en la localidad cordobesa de Guadalcázar, entre 1944 y 1949. Posteriormente, ejerció cargos pastorales como coadjutor de Nuestra Señora de la Asunción o capellán beneficiario de la Fundación D.ª Ana de Santiago. Pasó sus últimos años en su pueblo natal, Palma del Río. Murió en 2012.
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