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Cultura

La epopeya de la libertad de expresión: una historia de individuos

El ensayo del Jacob Mchangama es un fascinante recorrido por la heroica lucha por el derecho a expresar todas las ideas

La epopeya de la libertad de expresión: una historia de individuos

Jacob Mchangama. | Wikimedia Commons

Estando como estamos —bailando al son desquiciado de asesores presidenciales y sentencias judiciales, quiero decir—, en España pasó desapercibida una extraña polémica. Un profesor en la Universidad de Texas se dispone, como todos los años, a impartir clase. Entre las lecturas obligatorias de su asignatura incluye —¿a quién se le ocurre?— el Banquete de Platón, uno de los textos más bellos de la antigüedad.

Como por allí también andan un poco desquiciados, la universidad llama al orden al profesor. ¿Qué había sucedido? Dicha institución, al calor de un trumpismo, había adoptado una nueva regulación por la cual se vetaba toda supuesta alusión a «ideología de género o raza».

Alguien, en algún momento, debió de abrir el texto de Platón y, claro, encontró de todo, desde una amplia y despreocupada variedad de preferencias sexuales hasta la recomendación de amar a los muchachos en la cima de su belleza, esto es, en el momento en el que les empieza a salir el bozo del bigote.

En resumen: Platón era woke. Cancelado. Censurado. Y la cosa no deja de tener cierta gracia porque fue Platón quien nos ha legado la más rotunda defensa de la censura, con la célebre expulsión de los poetas de su República; incluido el mismísimo Homero, pues, nos dice Platón, «no se debe honrar más a un hombre que a la verdad».

Ay, la verdad… Así, Truth se llama el Twitter de Trump. Y no hay tiranuelo que, en nombre de la verdad, de la tolerancia, de la igualdad, la moral o cualquier otra razón inapelable, no siga todavía hoy intentando expulsar a los poetas de la república.

Lucha por las ideas

De Platón a Trump van unos 2.500 años, que son los que estudia Jacob Mchangama, ensayista danés que lleva años dedicado a la cuestión, en un libro imprescindible, ameno y también urgente, Libertad de expresión. Una historia global desde Sócrates hasta las redes sociales (publicado por Ladera Norte).

Mchangama traza el hilo cruel y fascinante de la lucha por las ideas, no por ninguna idea en particular, sino por el poder de expresarlas, que es previo y condición de todas las demás. Sería difícil encontrar un mejor ejemplo de aquello que Norbert Elias denominó como el «proceso de la civilización», pues no habiendo nada más humano que querer que nuestras ideas y creencias triunfen, la defensa de la libertad de expresión nos pone en la incómoda situación de hacer exactamente lo contrario: defender que otros expresen ideas contrarias a las nuestras, y ello aunque estas nos parezcan terribles.

El libro de Mchangama tiene algo de epopeya. Capítulo a capítulo, repasa los debates y enfrentamientos más célebres en torno a la cuestión. Uno descubre que la lucha contra los «discursos del odio» no es nada nuevo; que denuncias por impiedad, herejías y ataques a la moral las ha habido siempre, incluso ahora mismo; y que el miedo a las redes sociales ya se dio con el papel o con la imprenta.

En esta historia de la libertad de expresión abundan los momentos de crisis, todos de gran dramatismo: el fin de la polis griega, de la república romana, la reforma religiosa, revoluciones o totalitarismos y, sí, también la actualidad. Precisamente los momentos en que se hacía más necesario ese gesto rebelde que algunos se atrevieron a dar, siempre muy pocos, ejerciendo la palabra sin dejarse intimidar.

Censura

Porque la historia de la libertad de expresión, al contrario que las luchas sociales, es una historia de individuos. Y no se crea que fueron héroes en su tiempo; al contrario, fueron personajes incómodos, malquistos, hoy diríamos tóxicos, de esos que serían señalados por ministros y expresidentes y que hoy perfectamente podrían publicar en THE OBJECTIVE.

Cuántas vidas errantes y solitarias, cuántos finales trágicos aparecen en el libro. Cicerón, Spinoza, Voltaire, Olympe de Gouges. La tentación de los gobiernos es siempre acallar la crítica, pero esta, nos explica Mchangama, no solo se evita legislando, sino con el amplio y desinhibido ejercicio de la conversación pública. Como dijo Learned Hand, un juez estadounidense de la primera mitad del siglo XX: «La libertad reside en el corazón de los hombres y mujeres; cuando muere allí, no hay constitución, ni ley, ni tribunal que pueda hacer mucho por ayudarla».

Habrán adivinado que el libro de Machangama no acaba muy bien. Sí, la libertad de expresión es una conquista reciente (y muy estadounidense, por cierto), y pocas veces en la historia se ha disfrutado de tal nivel de libertad de prensa, de expresión, de pensamiento, pero nuevas amenazas —y otras que parecían ya enterradas hace tiempo— hoy la acechan.  

Y ello no solo por culpa de algún presidente zafio, de políticos oportunistas o de las plataformas digitales, que también puede ser, sino de todos nosotros, de la sociedad en su conjunto, que en nombre de la lucha contra el odio, los bulos, la verdad, o peor aún, de nuestra causa, estamos amenazando seriamente a la «primera de las libertades». El libro de Mchangama es una advertencia para no prohibir a Platón, pero también para no hacerle mucho caso. O lo que es lo mismo, «nunca honrar más la verdad que a un hombre».

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