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Cultura

El sambenito y la España del furor cainita

El historiador Manuel Peña Díaz analiza los usos de la Inquisición y la pervivencia cultural de la delación de los adversarios

El sambenito y la España del furor cainita

Detalle de 'Auto de Fe presidido por Santo Domingo de Guzmán' (1495), pintura en técnica mixta sobre tabla de Pedro Berruguete. | Wikimedia Commons

El pasado es otra dimensión (más) del presente. Las huellas del pretérito, escondidas bajo el disfraz de la desmemoria o ayudadas por la ignorancia, perviven en nuestro imaginario colectivo y se proyectan, para asombro de quienes aún son capaces de percibirlo, en nuestra manera de expresarnos y de contemplar la realidad. Hablamos, sin saber por completo el origen de aquello que decimos —dado el desconocimiento de la etimología—, igual que los difuntos que nos han precedido sobre la Tierra. Donde mejor se nota esta persistencia cultural es en el lenguaje, depositario de nuestra identidad. ¿Qué queremos decir exactamente cuando hablamos de «tirar de la manta»? ¿Por qué «poner verde» a alguien se interpreta como una amenaza?

Todos estos conceptos del idioma vulgar poseen esa rara capacidad de perdurar en el imaginario cultural. Proceden de un universo en apariencia desaparecido, pero que sobrevive. Decimos lo de en apariencia porque si algo demuestran todas estas invariantes es que «el mundo de ayer», por decirlo al modo de Stefan Zweig, se parece sospechosamente al de hoy. Dicho de otra forma: existen continuidades culturales insospechadas entre lo que un día lejano fuimos y lo que seguimos haciendo ahora.

La mejor explicación sobre el cainismo español, o acerca de los orígenes de la polarización política que considera al adversario como un enemigo y, en consecuencia, en lugar de discutir con él intenta exterminarlo (ya sea real o metafóricamente), subyace en instituciones del pasado como la Santa Inquisición, corazón de la Leyenda Negra y, sin duda alguna, el oxímoron más colosal que podamos concebir, al vincular dos ideas —la ejemplaridad y la opresión— que en principio son antagónicas, pero que, gracias al efecto de la metonimia, esa forma de «magia por contacto», como diría Jakobson, alumbra un significado inesperado y mucho más fértil de las cosas.

Esto es lo que ha conseguido hacer el historiador onubense Manuel Peña Díaz (Paymogo, 1962) en un excelente libro publicado este marzo por la editorial El Paseo: El sambenito. Historia cotidiana de la Inquisición. Peña Díaz, catedrático de Historia Moderna en la Universidad de Córdoba, formado en Barcelona y discípulo académico de Ricardo García Cárcel, es uno de nuestros mejores investigadores en el ámbito de la historia cultural. Ha estudiado y escrito como nadie sobre la apasionante historia del libro y la lectura, la vida cotidiana en el mundo hispánico entre los siglos XVI y XVIII o la infinita huella cultural del Santo Oficio.

Sus trabajos, lejos de limitarse al registro documental del pasado, trazan fecundas conexiones entre el pretérito y la actualidad, como demuestran sus estudios sobre las herejías y la censura en Andalucía o su Historia (no) oficial de Cataluña, donde rastrea cómo las herramientas represivas contra la libertad o las manipulaciones históricas no son fenómenos ex novo, sino constantes de orden cultural. Peña Díaz es heterodoxo por carácter y por convicción. De ahí que, a la hora de relatar la historia cotidiana de la Inquisición, haya decidido liberarse del marco habitual —la representación de los solemnes autos de fe, las temibles condenas contra los conversos, la persecución de la disidencia, las torturas y el fuego blanco de las hogueras de carne humana— y se fije, por su condición simbólica, en un elemento escénico, casi se diría de atrezzo, como es el sambenito, que metafóricamente todavía usamos y hasta nombramos cuando queremos adjudicar a alguien un determinado vicio, falta o defecto, no siempre de forma justa.

La vestimenta de la ignominia

El sambenito —saco bendito— es la vestimenta de la ignominia. La señal de la existencia de una mancha personal y familiar que nos condena ante los ojos de los demás. La memoria de una (supuesta) infamia. Una forma abyecta de señalamiento. Sambenitos llevaban los procesados por el Santo Oficio en aquella España tridentina, retratados por Berruguete o Goya en sus asombrosos lienzos tenebristas. Sambenitos fueron también las estrellas amarillas que los nazis obligaban a llevar a los judíos en la Alemania de 1938. Y una variante posmoderna de sambenito es la operación de caza y desprestigio del adversario que consiste en asignarle un determinado distintivo, como la costumbre (infamante) de llamar «facha» o «rojo» a quienes se pretende expulsar del espacio político, donde no deberían importar los vínculos naturales, confesionales o ideológicos.

Todo esto se comprende mejor siguiendo la rigurosa y apasionante descripción de Peña Díaz sobre los usos y costumbres cotidianos de la Inquisición que, con las lógicas variantes de espacio y tiempo, todavía sobreviven en muchos hábitos de nuestra vida pública. Su libro, que incluye una colección de imágenes y grabados en los que se representan las figuraciones de esta histórica marca infamante, muestra cómo en aquella España de furor diabólico una parte de la sociedad aprovechaba la amenaza represiva para ajustar cuentas, dirimir odios y rencillas o, en lo que a los judíos se refiere, cerrar el paso a posibles competidores, reservando así los privilegios, las mercedes cortesanas y los atrios de poder para los limpios de sangre, de igual manera que nuestros partidos políticos colonizan las instituciones con peones de su confianza para controlar la vida social.

Es este original enfoque, donde la excelencia de la labor histórica establece una fecunda analogía con la pervivencia de tales conductas —que no han desaparecido; sólo han mutado— donde más brilla el ensayo del historiador onubense, que ilustra con documentos de distintas fuentes jurídicas y literarias (entre ellos, varios inéditos) los episodios donde el factor inquisitorial condicionaba la convivencia, las relaciones y las enemistades.

La panorámica histórica que narra Peña Díaz evidencia no solo cómo el poder, sino parte de la sociedad, se aprovechaban de los instrumentos de control social en su beneficio particular. Arroja también luz sobre la inquietante senda de continuidad —en el señalamiento interesado— entre los siglos que nos preceden y nuestros días. Conviene no olvidarlo cuando la obsesión de tantísimos gobernantes, imitando sin saberlo a los inquisidores generales, es atemorizar a los ciudadanos para que no discutan su conducta y, a su vez, ciertos grupos sociales usan la existencia de estos mecanismos represivos para hacer exactamente lo mismo con sus prójimos.

Apoyo social

«La Inquisición no fue una institución meramente impuesta desde arriba sobre una sociedad inmóvil y pasiva. Mediante el despliegue de diversas estrategias, obtuvo un amplio apoyo entre individuos y grupos sociales heterogéneos […]. Los inquisidores y sus numerosos cómplices prolongaban sus fuerzas reales con otras simbólicas que ampliaban su ámbito de dominación».

De eso trata la política: de dominar al otro. El uso de los sambenitos, cuyo origen fueron los primitivos sayales judíos que los hebreos vestían como señal de su reconciliación con Dios, y que en la España de Trento se colgaban, cual velas infamantes, en las grandes naves de las catedrales, en las bóvedas de las iglesias o en las capillas de las parroquias, y cuyo simbolismo atraviesa toda la historia occidental desde la institución de la damnatio memoriae de los antiguos romanos —que ordenaba borrar de la faz de la tierra todo recuerdo y acto de homenaje público de ciertos linajes, e incluso de muchos césares—, hasta las purgas ideológicas del franquismo, donde ser calificado de masón era sinónimo de depravación, duró desde finales del siglo XV hasta bien entrada la pasada centuria.

Este fenómeno sólo se entiende en su verdadera dimensión cultural si, al margen de los relatos convencionales, se repara en la compleja naturaleza de las sociedades contaminadas por el dogmatismo de cualquier signo, donde la ambivalencia es moneda cotidiana, las víctimas y los victimarios pueden coincidir perfectamente en una misma persona y cualquiera puede ser, dependiendo de las circunstancias, disidente y colaborador del mismo infierno, encarnado en la cruz de San Andrés: la intolerancia cultural.

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