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Historia canalla

Un bulo para matar frailes: Madrid, 1834

En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Un bulo para matar frailes: Madrid, 1834

Ilustración de Alejandra Svriz.

La matanza de frailes de 1834 constituye uno de los episodios más oscuros y violentos del anticlericalismo en la España contemporánea. Los hechos ocurrieron en Madrid durante la tarde y noche del 17 de julio de 1834, cuando más de 80 religiosos, pertenecientes a las órdenes de los jesuitas, franciscanos, dominicos y mercedarios, fueron asesinados a manos de turbas violentas. El desencadenante inmediato fue un rumor irracional sobre el envenenamiento de las aguas por parte de los frailes, en el contexto de una epidemia de cólera que asolaba la ciudad.

Para comprender la importancia de estos sucesos, es necesario situarlos en el complejo escenario político tras la muerte de Fernando VII. La regencia de María Cristina de Borbón se vio obligada a apoyarse en los liberales frente a la amenaza del carlismo. En este contexto, el clero regular fue señalado como enemigo político al asociarse con el carlismo, convirtiéndose en blanco del bando liberal.

En los días previos a la matanza, la prensa liberal desempeñó un papel crucial en la creación de un ambiente hostil contra los religiosos. Periódicos como el Eco del Comercio y el Mensajero de las Cortes publicaban artículos que vinculaban directamente a los conventos con conspiraciones carlistas. Los frailes fueron retratados como corruptores, conspiradores y poseedores de riquezas ilegítimas, alimentando la animadversión popular.

El punto álgido de la epidemia de cólera en Madrid se alcanzó los días 15 y 16 de julio de 1834. El 17 de julio, el rumor del envenenamiento de las aguas prendió con fuerza tras varios incidentes inquietantes. La difusión de estos episodios reforzó el pánico colectivo y dio credibilidad al bulo, actuando como detonante de la violencia.

La violencia comenzó en el Colegio Imperial de San Isidro y en el Seminario de Nobles, ambos regentados por los jesuitas. Los asaltantes asesinaron a los religiosos y saquearon los edificios, extendiendo después la violencia a otros conventos. La jornada estuvo marcada por una extrema brutalidad y un recorrido sistemático por distintos centros religiosos, con especial ensañamiento en San Francisco el Grande.

Uno de los aspectos más controvertidos de la jornada anticlerical fue la pasividad de las autoridades. El capitán general de Madrid, José Martínez de San Martín, fue acusado de no intervenir. La inacción de las autoridades permitió que los asesinatos se desarrollaran sin freno, incluso en presencia de responsables políticos y militares.

Resulta especialmente llamativo que en algunos conventos hubiera tropas acuarteladas que no actuaron para impedir la violencia. Los oficiales alegaron órdenes de «no comprometerse». La combinación de órdenes pasivas y posible complicidad agravó la impunidad de los atacantes, entre los que también participaron miembros de la Milicia Urbana.

La forma en que la prensa relató los hechos revela una profunda división entre los liberales. Muchos periódicos justificaron la violencia como una reacción espontánea del pueblo. Se difundieron relatos que culpaban a los propios frailes, transformando a las víctimas en supuestos agresores, mediante noticias falsas o exageradas.

Solo el periódico La Abeja condenó los hechos sin ambigüedades, calificando a los responsables como «viles asesinos». Esta postura aislada denunció tanto la violencia como la ineptitud de las autoridades, defendiendo al conjunto de la población madrileña frente a los amotinados.

La polémica entre Antonio de la Escosura y el Eco del Comercio refleja la tensión social posterior. Escosura denunció la manipulación informativa en cartas publicadas en La Abeja. Se puso de manifiesto un intento consciente de justificar la violencia mediante relatos falsos, lo que intensificó el enfrentamiento ideológico.

Por su parte, el Eco del Comercio respondió con sarcasmo e ironía, defendiendo que la destrucción de lo antiguo por parte de las sociedades secretas era beneficiosa para la humanidad. La violencia fue presentada por sectores radicales como un instrumento legítimo de cambio político, evidenciando la fractura dentro del liberalismo.

El debate sobre la autoría de la matanza persiste hasta hoy. Algunas interpretaciones la consideran una reacción espontánea, mientras que otras apuntan a una planificación previa. Existen indicios sólidos de organización por parte de grupos revolucionarios, reconocidos incluso por el propio gobierno de la época.

Martínez de la Rosa afirmó que sociedades secretas prepararon la matanza para acelerar la revolución. También se documentaron rumores previos y reparto de armas. Todo ello sugiere una estrategia deliberada que utilizó el cólera como pretexto para desencadenar la violencia, más allá de un simple estallido popular.

A pesar de la gravedad de los crímenes, el proceso judicial posterior estuvo marcado por la impunidad. El fiscal denunció irregularidades en la instrucción del caso. No hubo castigo efectivo para los responsables, lo que evidencia una clara voluntad de encubrimiento, posiblemente vinculada a intereses políticos.

Las consecuencias de la matanza fueron profundas para la Iglesia en España. En los años siguientes se intensificaron las medidas contra las órdenes religiosas. El episodio aceleró el proceso de desmantelamiento del poder eclesiástico en el siglo XIX, culminando en exclaustraciones y desamortizaciones.

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