Semana Santa a tiros: Sevilla, 1932
En ‘Historia Canalla’, Jorge Vilches repasa la trayectoria de personajes polémicos y desmonta mitos con ironía y datos

Ilustración de Alejandra Svriz.
La Semana Santa de Sevilla de 1932 fue uno de los momentos de mayor tensión sociopolítica de la época, marcando la fractura entre las tradiciones religiosas y el nuevo orden de la Segunda República. Tras la proclamación del régimen republicano en abril de 1931, el ambiente en la capital hispalense se enrareció rápidamente debido a un creciente anticlericalismo y el furor revolucionario. Las hermandades decidieron suspender las procesiones por miedo a la violencia contra lo religioso, aunque ello no evitó los ataques políticos.
La génesis de este conflicto se encuentra en una República construida contra media España y, en este sentido, también contra la España católica. El artículo tercero de la Constitución de 1931 implicaba la eliminación de subvenciones al clero y la prohibición de iconografía religiosa en actos oficiales. El clima político y las medidas anticlericales generaron un miedo real a nuevos ataques religiosos, agravado por el recuerdo de la quema de iglesias de 1931.
Ante esta situación, en la noche del 10 de febrero de 1932, los hermanos mayores de las cofradías sevillanas votaron sobre la conveniencia de realizar las estaciones de penitencia. El resultado fue abrumador a favor de la suspensión. La decisión reflejó un temor generalizado entre las hermandades, reforzado por la presión interna y el apoyo eclesiástico, lo que terminó por silenciar a casi todas las corporaciones.
Las autoridades republicanas intentaron evitar el vacío en las calles por todos los medios. El gobernador civil y el Ayuntamiento trataron de garantizar la normalidad, incluso con la implicación directa del alcalde y la posible asistencia del presidente de la República. El gobierno buscó proyectar una imagen de estabilidad y normalidad institucional, pese a la negativa de las cofradías.
En medio de este contexto, la Hermandad de la Estrella decidió salir en procesión tras votar a favor en cabildo. Comunicó su decisión al Ayuntamiento con un mensaje de lealtad al régimen. Su salida la convirtió en un símbolo político y social, recibiendo tanto críticas como apoyos, hasta el punto de ser apodada «La Republicana».
El Jueves Santo, 24 de marzo de 1932, Sevilla amaneció en un clima de extrema agitación, con huelgas y tensiones políticas. En los templos, los oficios se celebraban con gran afluencia de fieles. La ciudad vivía una mezcla de fervor religioso contenido y conflictividad social latente, con la atención centrada en Triana.
A las cuatro y media de la tarde, la Hermandad de la Estrella inició su salida entre una gran ovación popular. La procesión avanzó con sobriedad, pero pronto comenzaron los incidentes. El recorrido estuvo marcado por altercados crecientes que reflejaban la tensión política del momento, desde intentos de acercamiento hasta disturbios en distintos puntos.
Al llegar al centro, la conflictividad aumentó notablemente. La intervención de la Guardia Civil fue necesaria para controlar la situación. La violencia alcanzó niveles preocupantes, con ataques directos y situaciones de pánico colectivo, como el lanzamiento de una piedra que hirió a un miembro de la comitiva.
La politización se hizo evidente durante el paso por distintos puntos emblemáticos. Se produjeron gritos, desafíos ideológicos y una saeta cargada de significado político. La procesión se transformó en un escenario de confrontación simbólica entre religión y republicanismo, visible en cada gesto y consigna.
El punto culminante de la violencia ocurrió en el entorno de la Catedral. Durante la entrada de la Virgen, se lanzaron cohetes petardo y se produjeron disparos. El ataque directo contra la imagen desató el caos absoluto y evidenció el grado extremo de enfrentamiento, con detenciones y una investigación posterior.
Resulta reveladora la anécdota sobre Dolores Ibárruri durante aquellos días en Sevilla. Según algunos testimonios, disuadió a jóvenes comunistas de atacar la procesión. Este episodio muestra que incluso dentro de sectores revolucionarios existían límites respecto al sentimiento popular religioso, evitando una escalada mayor de violencia.
El balance final fue el de una ciudad profundamente dividida. La suspensión general de las hermandades y la salida de La Estrella marcaron un antes y un después. La Semana Santa de 1932 simbolizó una fractura irreconciliable entre ideologías que anticipaba conflictos mayores, dejando una huella duradera en la memoria colectiva.
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