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Los secretos del poder… de cintura para abajo

Anécdotas, curiosidades y misterios de genitales y culetes ilustres

Los secretos del poder… de cintura para abajo

Rasputín con sus seguidoras en 1914. | Wikimedia Commons

Hay una historia que no se cuenta en los libros de texto, ni aparece en los tratados, ni en los discursos, ni en las grandes decisiones de Estado. Pero está ahí y en ocasiones ha tenido más influencia de la que nos gustaría admitir. Es la historia del cuerpo.
Y, más concretamente, de sus zonas menos nobles
. No es la primera vez que un médico nos hace el gran favor a los historiadores de contaros los pormenores de sus enfermedades y dolencias varias.

La historia de los partos, por ejemplo, es tan apasionante como escasa, pero con la poca documentación conservada y un buen médico avezado en historia, se consiguen grandes relatos. Pero no solo de mujeres, también de hombres y de sus pudendas partes, genitales y culetes. Roberto Pelta Fernández, doctor en Medicina y Cirugía, pero también historiador de la Sociedad Española de Alergología e Inmunología Clínica, acaba de publicar Historia de las partes bajas (Esfera de los Libros), donde se recrea en esos pequeños detalles relativos a lo más íntimo (y a veces vergonzoso) de ilustres personajes de la historia.

Parece una obviedad, pero hubo reyes, emperadores y dictadores que tuvieron hemorroides, disfunciones, obsesiones sexuales o dolencias tan poco épicas como un estreñimiento crónico. Y no pocas veces, esos detalles aparentemente menores influyeron —o al menos matizaron— el curso de la historia. La grandeza, al parecer, también se sienta mal y dispara hacia todos los estamentos sociales. ¡Qué enorme grandeza que podamos igualarnos en algo!

Hitler y la anatomía del mito

Pocos cuerpos han sido tan escrutados como el de Adolf Hitler. Y no por razones médicas, sino simbólicas. Su supuesto monorquismo —la ausencia de un testículo— acabó convertido en arma de guerra en forma de canción burlona: Hitler has only got one ball. La evidencia, como suele ocurrir, es menos rotunda que el chiste. Algunos testimonios apuntan a una herida en la Primera Guerra Mundial; otros, a una malformación congénita. Pero lo relevante no es la precisión diagnóstica, sino la intención: ridiculizar al líder que había construido su poder sobre una estética de la perfección física y la virilidad.

Reducir al Führer a una anomalía corporal era, en sí mismo, un acto político. A eso se suma una biografía médica poco gloriosa: problemas digestivos constantes, hipocondría y una dependencia creciente de un cóctel de sustancias administrado por su médico, Theodor Morell, más cercano a un alquimista que a un clínico. El resultado es una paradoja inquietante: uno de los hombres más temidos del siglo XX sostenido por un cuerpo frágil, medicado y, en cierto modo, descompensado. El poder absoluto, al final, también necesita digestión. Resulta, cuando menos, bochornoso. 

Rasputín: el cuerpo convertido en leyenda

Si Hitler fue desmontado desde el cuerpo, Rasputín hizo justo lo contrario: construirse a través de él. El llamado «monje loco» llegó a la corte de los zares envuelto en un aura de misticismo, pero se quedó por algo mucho más terrenal: su capacidad —real o atribuida— para aliviar los sufrimientos del zarévich hemofílico. Bastó con suspender tratamientos inadecuados para que su figura adquiriera tintes casi milagrosos. A partir de ahí, todo fue exceso.

Su paso por sectas como los khlysts, que vinculaban la cercanía a Dios con el agotamiento físico y sexual, alimentó una reputación de prácticas libertinas que fascinó a la aristocracia rusa. Y como toda buena leyenda, necesitaba un símbolo: en su caso, un atributo desmesurado que terminó convirtiéndose en parte esencial de su mito. Vamos, una alegría para la corte. Que fuera cierto o no es casi irrelevante. Lo importante es que funcionó.

Incluso después de muerto —envenenado, tiroteado y convertido en cadáver difícil de rematar—, la historia siguió creciendo. Relatos sobre la conservación de sus genitales, supuestamente convertidos en reliquia, lo mantuvieron en ese territorio ambiguo entre lo histórico y lo grotesco. Rasputín entendió algo que otros no: el cuerpo también puede ser una estrategia y a veces de lo más mundana.

Fernando VII: cuando el poder entra en la alcoba

En otros casos, el cuerpo no construye el poder, pero lo complica. Fernando VII es un ejemplo de ello. Las crónicas de la época describen una anatomía poco habitual, pero lo relevante no es el tamaño, sino sus consecuencias. Sus matrimonios estuvieron marcados por dificultades en la consumación, dolor y rechazo por parte de sus esposas, en un contexto donde el deber reproductivo era una cuestión de Estado. Aquí, el problema no es anecdótico: es dinástico. Sus pobres esposas, obligadas a dar un heredero bajo algo parecido a una tortura.

Las cartas, los testimonios médicos y las narraciones de la corte dibujan una vida íntima atravesada por la incomodidad y, en ocasiones, por la violencia. La sucesión —esa obsesión monárquica— dependía de algo tan simple y tan complejo como el funcionamiento del cuerpo. La política, una vez más, pasaba por la cama y, una vez más, las grandes perjudicadas, ellas, of course.

Eduardo VII: el placer organizado

Frente a la incomodidad o el conflicto, Eduardo VII representa otra lógica: la del placer sistematizado. Heredero de la estricta reina Victoria, Bertie hizo del hedonismo casi una forma de gobierno personal. Amantes, burdeles de lujo y una agenda social marcada por el exceso formaban parte de su identidad. Parece que al expríncipe Andrés le vienen de serie ciertas aficiones no muy recomendables.

El objeto que mejor resume su filosofía es su famosa «silla del amor», un mueble diseñado para facilitar encuentros sexuales simultáneos. No es solo una extravagancia: es una declaración de intenciones. En su caso, el poder no reprimía el deseo, ¡todo lo contrario, lo aumentaba! Lo hacía sin demasiado disimulo, en un contexto donde la moral pública convivía —con bastante hipocresía— con una práctica privada mucho más relajada. Entonces no existía, para relajación de tantos, internet. ¡Qué descanso para muchos!

Carlos V: gobernar el mundo… con hemorroides

El titular provoca una cierta sonrisilla. El hombre más poderoso de su tiempo, aquejado de la enfermedad que se sufre en silencio. ¡Qué disparate! Carlos V, emperador de un imperio donde no se ponía el sol, sufría un estreñimiento crónico que derivó en problemas hemorroidales persistentes. Su prognatismo le impedía masticar con normalidad, lo que agravaba sus dificultades digestivas. Comía mal, digería peor y pagaba el precio. En el siglo XVI se desconocían los buenos efectos que la frutita y la verdurita generan en el tránsito intestinal, y este monarca era muy de comer lo que cazaba. Mal. 

Las crónicas hablan de tratamientos con hierbas, de médicos intentando aliviar un problema que hoy nos parecería menor, pero que entonces condicionaba su día a día. Llegó incluso a ordenar el cultivo de plantas medicinales en Yuste para mitigar sus molestias. El hombre que sostenía Europa tenía problemas para sentarse sin dolor. ¡Qué pobre!

Richelieu: entre la razón de Estado y el anillo milagroso

El cardenal Richelieu, paradigma de la razón política moderna, también convivía con una realidad mucho menos racional: hemorroides, fístulas anales y un dolor persistente que condicionó sus últimos años. Su tratamiento fue un catálogo de contradicciones: purgas, sangrías, baños de lodo… pero también reliquias sagradas, anillos milagrosos y remedios que hoy rozan lo supersticioso. El hombre que diseñó el Estado moderno se fiaba tanto de la astrología como de la medicina. Así le fue, claro. 

Don Juan de Austria: morir por un detalle

El gran héroe de la batalla de Lepanto con hemorroides. Tela marinera. Hay muertes que parecen escritas por la épica. Don Juan de Austria no cayó en batalla, sino tras una intervención aparentemente menor. Sus problemas hemorroidales, agravados por la vida militar, derivaron en una incisión que provocó una hemorragia imparable que lo llevó al otro mundo en pocas horas.

El contraste es casi cruel: un hombre capaz de cambiar el equilibrio de poder en el Mediterráneo, derrotado por una mala decisión médica, un mal corte. Parece una mala broma del destino. Morir por hemorroides después de derrotar al turco y cambiar la historia.

Napoleón: el emperador que no pudo sentarse

Y luego está Napoleón. El mito, el estratega, el genio militar… y, según algunas versiones, el hombre que llegó tarde a Waterloo porque no podía ni montar a caballo del dolor. Las hemorroides —cuya existencia algunos historiadores discuten— forman parte de esa narrativa que intenta explicar la derrota desde lo humano. Dolor, cansancio, medicación, falta de sueño. ¿Fue decisivo? Probablemente no. ¿Es revelador? Mucho. Porque recuerda algo esencial: incluso los hombres que parecen dominar la historia están, en última instancia, condicionados por su cuerpo.

Y el cuerpo no entiende de gloria. Al fin y al cabo, todos nacemos y morimos igual. 

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