Sobredosis de corazones
«El mundo digital desaforado en que vivimos podría estar causando estragos en el amor»

Detalle de ‘Romeo y Julieta’ (1884), óleo sobre lienzo de Frank Bernard Dicksee. | Wikimedia Commons
Otro campo en el que el mundo digital desaforado en que vivimos podría estar causando estragos es el del amor. Asistimos a una sobredosis de corazones. Sin razón aparente, cualquiera te planta uno en la pantalla del teléfono bobo. Es verdad que la tablilla vo(mi)tiva a la que hemos confiado el residuo menguante de nuestras vidas nos lo pone muy fácil. Dos ligeras presiones de un dedo producen un corazón. Cuando empecé a recibirlos, a menudo me preguntaba qué querían decir. Esa profusión no es anecdótica. Cuantos más corazones se envían, más se confirma la rarefacción del amor.
Vivimos en tiempos gaseosos, donde todo lo que era líquido se vuelve humo ligero. Hace mucho que no quedaba nada sólido. Se dan cada vez menos las condiciones que permiten la cristalización, el término que acuñó Stendhal para designar la consolidación del sentimiento amoroso (Del amor, Alianza, El Libro de Bolsillo, traducción de Consuelo Berges, 2018). En el frenesí digital, el ser humano profundiza en su fenomenalidad, es decir, en su ser hueco, carente de sustancia, mero flujo y reflujo de información que lo hace y lo deshace como un muñeco de trapo. Eso, en sí, no es bueno ni malo. Se trata de un desarrollo inevitable del precipitado humano, lanzado en su carrera, pero podemos mostrar estupor ante el cariz que están tomando ciertas cosas.
La agonía del Eros (Herder, 2023), uno de esos libritos de Byung-Chul Han que no son obras filosóficas pero que a veces dan que pensar, afirma que en nuestros días la experiencia amorosa se ha vuelto objeto de consumo. En el mercado de los sentimientos seguimos siendo empresarios de nosotros mismos. Hay una saturación, un exceso de oferta y demanda. Con la reducción de los costes de transacción en la economía del deseo, el valor de uso y cambio de cada corazón disminuye y tiende a cero. Las relaciones personales de otros tiempos, directas y profundas, como el amor pasional, el romántico, el paternofilial, la amistad verdadera, el intercambio entre maestro y discípulo, ponían en juego todo nuestro ser. Eso requería un gasto importante de tiempo y energía y renunciar a otras relaciones para poder cultivar las elegidas. También exigía cierto desprendimiento de la conciencia del yo para abrazar al otro. Esos sentimientos podían producir un gran bien o un gran mal. Podían torcerse, secándose en la indiferencia o tornándose en odio.
«Vivir es sentir la vida», escribe Stendhal. Ese torrente de apegos, deseos y esperanza ha sido para muchos, durante siglos, lo que les hacía sentirse vivos. Porque el ser humano no se realiza en el trabajo, ni en el comercio, ni en el saber, ni en el arte, aunque en ellos busca y a veces encuentra refugio de los sinsabores de la vida. Los humanos se logran o se malogran en el plano de los sentimientos, es decir, según el tono, intensidad y autenticidad que tienen sus relaciones personales.
Algunos evitan los riesgos para no sufrir y sustituyen las relaciones personales por contactos impersonales, mediados y superficiales, o se retiran de la vida social. En las sociedades antiguas siempre había quien se apartaba, hastiado del mundo, y podía estar así hasta la muerte, lamiéndose las heridas. Hoy sigue sucediendo. Japón cuenta con un millón y medio de hikikomoris, gente que no sale de casa ni prácticamente de su cuarto. En otras zonas del planeta, muchos viven atrapados en prisiones virtuales. En la tecnología digital vivimos como acorazados. El ser humano acorazado evita el riesgo y no se expone ni se asoma. Su intimidad se encoge y desaparece. Ese ser solo muestra una proyección de sí mismo, por pantalla interpuesta. En esa sucesión de pantallas, la construcción especular del yo como función del deseo introyectado del otro se adelgaza y se quiebra en mil pedazos. Nada sale y nada entra. Los pequeños corazones que circulan por ahí no representan nada. Las pantallas unen dos lados, pero en realidad solo hay un lado, como una cinta de Moebius. Ese único lado está vacío. Una nada se entretiene con otra nada. Un Narciso embebido en su reflejo cae en un lago de nada. Es el narcisismo de un sujeto raquítico, ser de sombras.
«Se ven menos parejas besándose en los bancos públicos, más personas mirando el móvil»
Me dicen que la gente ya no hace el amor. Ahora las personas «tienen sexo», según la cruda expresión anglosajona que hemos adoptado. Y cada vez menos, incluso entre los jóvenes. Se ven menos parejas besándose en los bancos públicos, más personas mirando el móvil, en los bares, por la calle, mientras caminan, en los transportes públicos, a todas horas. ¿Quién no ha visto a gente mirar el móvil en reuniones, en el teatro, en un concierto? Probablemente lo miran de reojo hasta en los lugares de culto o mientras «tienen sexo». Da la impresión de que nadie está donde quiere estar ni con quien está.
También me dicen que la gente se busca en plataformas para establecer relaciones financiadas por la publicidad y por el valor de sus datos personales. Su intimidad ha sido «monetizada», como se dice ahora. La dignidad, hoy, podría pasar por no tener nada que ver con eso. Quitarse la coraza para poder abrazar a alguien. No caer al lago a través de una pantalla, sino tirar la pantalla al lago.
Si, como afirma Niklas Luhmann (El amor como pasión, Península, 2008), el amor es una institución semántica cuyo objetivo funcional es asegurar la reproducción de la especie, esa función está en crisis en el mundo desarrollado. Corea del Sur, por ejemplo, tiene una tasa de natalidad del 0,8%. Esas tasas suelen ser bajísimas en sociedades con alto grado de bienestar y desarrollo tecnológico, con ciudadanos egoístas dedicados a sus carreras y placeres. Si no fuera por los emigrantes, ¿esos países no estarían cometiendo una especie de suicidio colectivo? Si esa tendencia se generaliza en el globo, ¿qué nos diría sobre nuestra especie?
En su estudio, Luhmann muestra cómo el amor ha ido cambiando a lo largo de la historia a medida que se modificaban los sentimientos y las prácticas que designa. Ese código implica ciertas reglas dirigidas a aumentar las probabilidades de éxito de la comunicación más improbable. Hoy, el código del amor está cambiando profundamente por las condiciones en las que opera. ¿Acaso el amor y la individualización que propiciaba han dejado de ser eficientes y no interesan a los mercados? A menudo falla y ya no influye en la probabilidad de lo improbable. Esa interpenetración de dos intimidades que es el amor parece cada vez más inaccesible. Por eso podría haber un aumento de los fenómenos de amor postizo. Por eso, también, el amor pasión y el amor romántico ceden ante formas pragmáticas y mercantilistas de intercambio sentimental. Por no hablar del matrimonio, cuya relación con el amor siempre fue tensa. Bussy-Rabutin escribió en el siglo XVII: «Quien desea casarse con su amante es porque quiere poder odiarla un día». Eso sigue teniendo validez, tal vez más que antes. Con frecuencia, el amor lleva al matrimonio y este lo fagocita.
«No todos estamos seguros de haber vivido un amor realizado, pero sí el dolor del desamor»
Los sucedáneos sentimentales que consumimos nos protegen frente a las desilusiones del amor, lo que los italianos llamaban amore amaro. Amargo siempre lo acaba siendo, antes o después, aunque algunos paladean lo amargo y disfrutan con ello. Stendhal se refería a las distintas fases «de esa enfermedad llamada amor». Entre ellas está la terminal. Luhmann lo formula con precisión: «Puesto que el amor tiene su propia duración, transcurrido cierto tiempo acaba por destruirse a sí mismo».
Hay quien piensa que el amor romántico era un mito creado por el patriarcado para obligar a las mujeres a trabajar gratis. Como en la sociedad occidental eso prácticamente se ha terminado, pues también muere el amor. Ouch. Yo creo más bien que el amor como pasión ofrecía momentos de gozo, vida intensa, auténtica, y esperanza a ambas partes, fueran del sexo que fueran. Es verdad que las desilusiones, la ruptura y la soledad eran casi inevitables. No todos estamos seguros de haber vivido un amor realizado, pero sí el dolor del desamor. Por lo general, el dolor suele ser más intenso que el placer. Dejar atrás un dolor suele satisfacernos más que obtener un placer. Perder un placer o renunciar a él también suele ser menos molesto que sentir un dolor nuevo.
En esta tesitura surgen fenómenos sorprendentes. Gérald Bronner (À l’assaut du réel, Presses universitaires de France, 2025) relata el caso de un japonés de la minoría fictosexual que en 2018 contrajo matrimonio con una cantante de realidad virtual, representada en la ceremonia por un peluche. Habla también de una modelo brasileña que se casó consigo misma en una ceremonia para divorciarse cuatro meses después y poder disfrutar de los carnavales sin cargo de conciencia. En un artículo publicado en Terrain, revista francesa de antropología, Agnès Giard se pregunta si un humano puede enamorarse de un no-humano. Si se diluye la distinción entre sujeto y objeto, ¿puede una persona enamorarse de una mesa, un coche, la torre Eiffel o una máquina de coser? Tener relaciones íntimas con una máquina de coser parece un deporte de alto riesgo.
Tal vez el amor fue una enfermedad de la que nos inmunizamos, para bien o para mal. Más bien para mal. No me mandes más corazones y dame un beso en la boca, amor, como hacías antes.
