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Cultura

Bernard-Henri Lévy o el insomnio de la razón

El intelectual francés combina en ‘La noche en vela’ una apasionada apología de la vigilia con una suerte de autobiografía

Bernard-Henri Lévy o el insomnio de la razón

Bernard-Henri Levy. | Panoramic (Zuma Press)

La filosofía francesa ha dado al mundo grandes insomnes. Uno de los más insignes, Emil Cioran, que, aunque escribe en francés, tiene en su haber el hecho de no ser francés en absoluto, cita en sus Cuadernos (sin duda alguna, su obra más estimable) al poeta andalusí Ben al-Hamara: «Cuando el pájaro del sueño pensó hacer su nido en mi pupila, vio las pestañas y se asustó de la red». La relación de Cioran con el insomnio fue, más o menos, como la que mantuvo con todo lo demás: profundamente tormentosa. El insomnio, afirma, convertiría el Paraíso en una tortura interminable. También Clement Rosset, un pensador al que, por su vitalismo y reivindicación radical de la alegría, podría considerársele la antítesis más acabada del anterior, experimentó la condena de la carencia endémica del sueño, de la que daría cuenta en su obra Travesía nocturna.

Pero no siempre el insomnio tiene por qué representarse como una amenaza de locura o una carga insoportable para el alma. Hay quienes, al parecer, pueden vivirlo como una suerte de liberación del horror que para ellos representa la inminente amenaza del sueño, al que ya los griegos llamaron «hermano de la muerte». Baudelaire, por ejemplo, escribió que temía «al sueño como se teme a un gran agujero lleno de un horror difuso y que nos lleva a quién sabe dónde». Y Lautréamont, en cierta forma hijo putativo del anterior, proclama que «desde el impronunciable día de mi nacimiento, he profesado a las tablas somníferas un odio irreconciliable». Por ello no es de extrañar que, aunque siempre haya abjurado de toda forma de romanticismo, sea mayormente en la estirpe de los malditos en quienes se apoye Bernard-Henri Lévy para perpetrar la apasionada apología del insomnio y, a través de él, de la memoria que constituye su obra más reciente, La noche en vela.

Tal y como enfoca el asunto Lévy, casi podría declarársele un activista del insomnio o un profeta de la vigilia perpetua. De hecho, hay momentos en el libro en los que la alabanza del desvelo nocturno alcanza tal grado de compromiso que, incluso aquellos que somos más bien morigerados en las cosas del dormir, no podemos sino sentir algo de envidia por la cantidad de tiempo consciente que perdemos. El insomnio, para Lévy, encierra infinitas virtualidades, pero tal vez la más ventajosa de todas es la que se deriva de su condición potencialmente productiva. Si hubiera dormido más, nos dice Bernard, seguramente no habría podido escribir tantos libros. Y aquí, nosotros, reacios como somos a la desbandada editorial que arrasa de futilidades nuestras librerías, no podemos seguirle: ¿no resultaría más beneficioso para el mundo, por una simple cuestión de salud mental, que los escritores durmieran un poco más y se limitaran a escribir solo lo realmente imprescindible? En esto nos quedamos con aquello del gran Mies: en cuestión de libros, casi siempre menos es más.

Por lo demás, y por más que la posición refractaria al sueño de Lévy sea perfectamente respetable, no es difícil detectar un cierto vestigio de puritanismo en el hecho de que se sostenga sobre el franco desprecio que le inspiran los que no encuentran ningún problema en el placer de dormir: «Duermen —proclama campanudo— los bondadosos y los cuervos. Los amantes apasionados y aquellos que ya han renunciado. Los ansiosos ya relajados y los peatones del asfalto urbano que al fin se han recogido. Y yo estoy en vela. Ebrio de sentirme vivo y despierto —no necesito a los wokes para estar tan poderosamente despierto—». Y añade, categórico: «El sueño es feo. Es sucio. Hay personas que duermen para soñar y ven poéticos sus sueños. A mí, soñar me despierta y hace que duerma aún menos».

Pues bien, contra ello, Bernard, podría decírsete que, un poco al modo de la zorra y las uvas, te estás perdiendo la antesala del paraíso. ¿Qué placer más intenso y fascinante puede existir que el de sumergirse en esa aventura casi siempre inabarcable que nos deparan los sueños? ¿No se le ha llegado, acaso, a llamar al cine «fábrica de sueños»? Tú cierras los ojos, Bernard, y crees que te espera la muerte; yo hago lo propio y me siento situado en una incitante plataforma de despegue. Tampoco parece demasiado filosófico rechazar así, de forma categórica, aquello que no se comprende. ¿No resultaría infinitamente más provechoso en términos cognitivos tratar de extender los tentáculos de la curiosidad a ese campo de la otredad que nos puede procurar un sentido mucho más completo y profundo de las cosas? Hay momentos en el libro en los que uno podría sospechar que el insomnio, así como el aura de malditismo que sobre él proyecta Lévy, representan para el intelectual francés el retorno de lo ideológico reprimido, la última forma de conectar con aquellas ideologías preceptivas de su primera juventud con las que tuvo la lucidez de romper poco después.  

«El insomnio es para Lévy una ocasión para desplegar las alas de la reflexión y la memoria en las horas de la noche vacía»

No obstante, si La noche en vela no fuera otra cosa que un replanteamiento más o menos filosófico de la imposibilidad del sueño, nos encontraríamos ante un libro sin duda interesante, pero de recorrido restringido. Pero el insomnio es para Lévy, más allá de su relevancia como hecho ineludible de su propia experiencia, una ocasión inmejorable para desplegar las alas de la reflexión y la memoria en las largas horas de la noche vacía. Por ello, aunque no nos encontremos estrictamente ante una autobiografía, sí afrontamos una suerte de recapitulación general en la que un hombre se va reencontrando de forma un tanto aleatoria con las personas y los lugares que han jugado un papel relevante en su trayectoria existencial. Tal vez sean estas las páginas de mayor intensidad emotiva en el libro. Por ahí desfilan los días lejanos de mayo del 68, con todas sus contradicciones y sus ilusiones perdidas; están también los viejos amores que reaparecen en la persistente vigilia y las amistades olvidadas y las que han permanecido vivas, así como los indispensables maîtres à penser: Sartre, Althusser, Foucault… El tiempo recobrado, en fin, a través del vuelo propiciado por la vigilia nocturna.

Pero, ¿no es esa vigilia, precisamente, ese insomnio obsesivo de la razón lo que define a la figura del intelectual occidental, ese personaje un tanto anacrónico que en su día llegó a pensar que podía salvar el mundo con sus escritos? Al igual que Sartre, su verdadero guía espiritual, Lévy asume con entusiasmo desmedido el problemático ideal del compromiso, esa posición moral de denuncia de la injusticia en nombre del bien universal. De hecho, hay momentos en el libro en los que es difícil evitar la impresión de que nos encontramos ante alguien que ha decidido cargar sobre sus hombros todos los males de la humanidad. Y no es posible negar que hay en dicha actitud algo de sublime y quijotesco, pero también un punto de exhibición de la propia probidad y otro de narcisismo.

Como no podía ser de otra forma, Lévy se implica de forma particularmente vehemente en el conflicto de Gaza, tomando partido, aunque no exento, por otra parte, de crítica, por el Estado de Israel, al tiempo que denuncia la ola de antisemitismo que recorre Francia, particularmente entre las filas de la izquierda: «La izquierda de hoy, simplemente, ya no está a la altura. Y por eso ya no sabe distinguir entre un movimiento de liberación y una banda genocida». En cualquier caso, otra de las muchas posiciones de un libro, no por irregular menos atractivo, en el que los insomnios nocturnos se conjugan con los recuerdos fragmentados de una vida y las consideraciones políticas de rigor sobre el pasado, el presente y el futuro. Es verdad que hay ocasiones en las que es difícil evitar sentir un cierto resquemor intelectual, pero a cambio disfrutaremos del placer de la discusión y de una gozosa lectura.

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