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Cuadernos FAES

Aron y Clausewitz, una filosofía realista de la guerra

«La guerra es un libre juego de inteligencia humana, voluntad y emociones»

Aron y Clausewitz, una filosofía realista de la guerra

Aron y Clausewitz. | Cuaderno FAES

Pensar la guerra. Clausewitz, de Raymond Aron, cumple cincuenta años desde su publicación en 1976. Esta recopilación, cuidadosamente estructurada, de dieciocho conferencias impartidas por Aron en el Collège de France, durante el curso 1971-72, es una obra singular y extraña a la vez. 

Aron acababa de cumplir los setenta años, una edad que en la vida académica implicaría un retiro forzoso, pero el pensador francés no iba a tener en cuenta esa cronología. De hecho, su afán curioso e investigador no se paralizó hasta su repentina muerte en 1983, poco después de haber publicado sus Memorias. Lo «lógico» habría sido que, teniendo en cuenta su edad y su trayectoria intelectual, Aron hubiera publicado algún libro sobre el marxismo o sobre el liberalismo de su admirado Alexis de Tocqueville. Por el contrario, se interesó por De la guerra de Carl von Clausewitz, un general prusiano, acérrimo enemigo de la Francia napoleónica y defensor del antiguo orden en la Europa de la Restauración, si bien era un crítico del inmovilismo de la nobleza prusiana. 

«Aron tuvo que ejercer más de analista internacional que de filósofo, una de las consecuencias de ser señalado por los que preferían equivocarse con Sartre a tener razón con Aron. Su prestigio como analista nunca le convirtió en un consejero del poder»

Dos trayectorias paralelas

Todo parece indicar que a Raymond Aron le llamaron la atención las circunstancias vitales de Clausewitz. En un artículo en que comenta el libro de Peter Paret, Clausewitz et l’État, Aron reconoce el paralelismo de su propia experiencia histórica y la del militar prusiano. Este aspecto también lo subraya el profesor Óscar Elía Mañú en su artículo sobre Penser la guerre, que sigue siendo una referencia en la limitada bibliografía española dedicada a Aron. Anuario Filosófico, UNAV, XL/1 (2007), 109-127. 

Aron podría haber formado parte de la élite filosófica francesa del siglo XX, pero no fue así. En este sentido resultó premonitoria la defensa de su tesis doctoral sobre filosofía de la historia en La Sorbona en 1938. Hasta aquel entonces, Aron compartía los mismos ideales de sus compañeros franceses de estudios: pacifismo, universalismo en contraposición al nacionalismo, hostilidad hacia los poderosos, socialismo… En la defensa de su tesis, Aron dijo que había estudiado la filosofía marxista de la historia hasta llegar a la conclusión de que el marxismo había abandonado el conocimiento histórico para sustituirlo por una «nueva metafísica». Denunciaba, por tanto, la cárcel del determinismo y aseguraba que la verdad de la ciencia histórica es inseparable del problema práctico de la libertad. Su trayectoria posterior, forjada en el exilio de Londres durante la guerra, acentuó su carácter independiente, dispuesto a no doblegarse ante la moda del «opio de los intelectuales» a la que se adhirió su compañero Jean Paul Sartre. Aron tuvo que ejercer más de analista internacional que de filósofo, una de las consecuencias de ser señalado por los que preferían equivocarse con Sartre a tener razón con Aron. Sin embargo, su prestigio como analista, consolidado durante tres décadas en Le Figaro, nunca le convirtió en un consejero del poder. 

«La guerra es un libre juego de inteligencia humana, voluntad y emociones. De ahí que Clausewitz fuera más allá de los aspectos teóricos y se fijara en sus circunstancias reales: políticas, geográficas, económicas o sociales»

Clausewitz no era filósofo, aunque en sus textos podría encontrarse la huella de Kant, Hegel y, sobre todo, de Montesquieu, tanto con El espíritu de las leyes como con Grandeza y decadencia de los romanos. No es exagerado afirmar que se parece a Aron en la técnica minuciosa de sus investigaciones, pero sobre todo en que fue un solitario autodidacta al que pocos comprendieron en su tiempo. De hecho, en su obra De la guerra subyace una vertiente filosófica, pues el oficial prusiano buscaba elaborar una teoría de la guerra que no fuese una mera doctrina militar. Los libros al uso sobre esta materia pretendían explicar el método para alcanzar la victoria. Pero la guerra no se gana por cumplir este o aquel conjunto de normas. La dogmática falsea la realidad, pues alimenta la ilusión de que, por ejemplo, controlar los puntos claves de un territorio o cortar las comunicaciones del enemigo puede garantizar la victoria. En su libro, nuestro autor subrayará que la guerra es un libre juego de la inteligencia humana, la voluntad y las emociones. De ahí que Clausewitz fuera más allá de los aspectos teóricos y se fijara en las circunstancias reales de la guerra que son, principalmente, las políticas, sin olvidar las geográficas, económicas o sociales. 

Por lo demás, la victoria de Napoleón en Jena (1806) sobre los prusianos trastocó todas las expectativas de Clausewitz. El emperador entró triunfante en Berlín y Prusia quedó supeditada a su política. Sin embargo, Clausewitz no aceptó este sometimiento y prefirió abandonar el ejército y ponerse al servicio del zar Alejandro I. De ahí su participación como consejero del zar durante la campaña de Rusia (1812), una circunstancia que recogió Tolstoi en Guerra y Paz. Allí tuvo ocasión de comprobar que la estrategia napoleónica de buscar una batalla decisiva y de controlar la capital de un país no funcionaría. El genio de la guerra debió de quedar desconcertado de que Alejandro I no hiciera lo que él esperaba. La batalla de Borodino, a las puertas de Moscú, se zanjó con la retirada del ejército ruso y semanas después, en vísperas del invierno, los rusos incendiaron Moscú. 

Es cierto que Napoleón había hecho de las guerras un verdadero instrumento político, subordinado al Estado-nación surgido de la Revolución francesa, aunque su error fue apoyarse en medios casi exclusivamente militares. La política del emperador había dejado atrás los viejos conflictos del siglo XVIII centrados en intereses dinásticos, pero en cuanto surgieron las primeras derrotas militares, todo su entramado se vino abajo. Los acontecimientos de Rusia demostraron, por tanto, que una guerra puede estar ligada al azar y sometida al principio de incertidumbre. La guerra tiene vida propia y escapa a los límites que se le pretenden imponer. Por eso, la victoria o la derrota raramente tienen un carácter absoluto o definitivo. Tal es la filosofía de Clausewitz frente a los teóricos militares que siempre creen tener las claves de la victoria. Todo esto no significa que Clausewitz no apreciara la estrategia de Napoleón, pero la consideraba inferior a la de Federico II de Prusia. Este monarca hizo un uso adecuado de sus medios para sus objetivos. No lo hizo así el emperador. Sus planes en Rusia no eran malos, si bien su desmesura le llevó a cometer errores al equivocarse sobre cuál iba a ser la reacción del enemigo.

La guerra, un «equilibrio» entre lo moral y lo físico

El primer volumen de Penser la guerre lleva por título ‘L’âge européen’. Esta primera parte demuestra que no se puede conocer a fondo una obra sin examinar las experiencias vividas por su autor. Por eso, Aron repasa el contexto histórico-militar de la vida de Carl von Clausewitz. La trayectoria vital explica su rechazo de los esquemas teóricos. Es un hombre que tiene experiencia en el campo de batalla, pero a la vez su pensamiento tiene raíces filosóficas, políticas e históricas. Por eso, comprender la influencia de sus lecturas resulta esencial para evitar una interpretación de Clausewitz reducida a los aspectos de la táctica militar. La famosa fórmula del militar prusiano de que «la guerra es la continuación de la política por otros medios» es ampliamente analizada por Aron. Pone el énfasis en la tensión entre los fines políticos del gobierno y los medios militares. Estos tienen una autonomía relativa, pues la última palabra la tiene el liderazgo político, aunque también cuentan la voluntad, la moral de las tropas y la personalidad del jefe militar, ya que no cabe reducir todo a una máquina de guerra con sus fuerzas, medios y recursos. En este sentido, Aron señala que Clausewitz busca el «equilibrio» entre lo moral y lo físico.

Referirse a la moral es referirse a las pasiones como el coraje, el miedo o el patriotismo. También ellas forman parte del análisis estratégico, al igual que el armamento o los movimientos de las tropas. Sin embargo, el análisis del militar prusiano no convierte, tal y como pensaban otros teóricos, a la guerra en una ciencia. En este sentido, es bien conocida su definición: «la guerra es un acto de violencia destinado a obligar al adversario a hacer nuestra voluntad». Tiene, por tanto, los rasgos de un instinto violento y natural que se entrega al juego de las probabilidades y del azar, es decir, a las pasiones. Por tanto, podríamos afirmar que la guerra para Clausewitz no es una ciencia ni tampoco un arte. Es, más bien, un juego porque «ninguna otra actividad humana está tan continua o universalmente ligada al azar»

Aron subraya que, para Clausewitz, la guerra no solo es destrucción sino también maniobra, equilibrio y cálculo. La mayoría de los analistas militares pretenden construir una teoría, pero toda sistematización choca con la realidad. Esa realidad es la «fricción», la contingencia, la probabilidad, el azar. El militar prusiano es consciente de ello y por eso no cae en un determinismo fatalista. Pero tampoco se muestra Clausewitz muy entusiasta con el estudio de la historia de la guerra para validar la teoría, pues la historia es solo una fuente de reflexión y no una repetición mecánica de hechos. De ahí que tanto Clausewitz como Aron elijan la opción de «pensar la guerra» y huyan de la aplicación de fórmulas rígidas. No cabe, en consecuencia, hablar de una «doctrina Clausewitz», pues su obra está dominada por la ambigüedad y las tensiones internas del fenómeno bélico. Aron comparte su percepción de la guerra como un «verdadero camaleón», pues cambia continuamente de forma y de contexto.

«Podríamos afirmar que la guerra para Clausewitz no es una ciencia ni tampoco un arte. Es, más bien, un juego porque «ninguna otra actividad humana está tan continua o universalmente ligada al azar»»

Una de las controversias habituales en torno a Clausewitz ha sido la de si el militar prusiano defendía el aniquilamiento del adversario. Tenemos una cita muy difundida y tomada del capítulo 1 del Libro I: «Si uno de los bandos utiliza la fuerza sin remordimiento y no se detiene ante el derramamiento de sangre al tiempo que el otro se contiene, aquel bando obtendrá ventaja. Aquel bando obligará al otro a reaccionar, cada uno arrastrará al contrario a situaciones extremas, y los únicos factores limitativos serán las contrapartidas propias de la guerra. (…) Introducir el principio de la moderación en la teoría de la guerra siempre conduce al absurdo lógico. (…) Si la guerra es un acto de fuerza, las emociones no pueden faltar. Quizás las emociones no hayan desencadenado la guerra, pero aquellas le afectarán en alguna medida y esta medida no dependerá del grado de civilización, sino de la importancia de los intereses en conflicto y de la duración del enfrentamiento». Pese a todo, Aron se esfuerza por demostrar en Penser la guerre que Clausewitz otorga primacía a lo político sobre lo militar porque, tal y como leemos en el citado capítulo 1, «la política impregnará todas las operaciones militares y, en la medida en que lo admite su naturaleza violenta, ejercerá una influencia continua sobre ella». Esto implica que la guerra no es un acto aislado, pues su fin es competencia de los Estados, que son racionales. Por eso, en la obra de Clausewitz es esencial la distinción de una trinidad en el fenómeno de la guerra: una pulsión natural ciega (identificada con el pueblo); la libre actividad del espíritu (los cálculos de los jefes militares); y el entendimiento en estado puro (encarnado por el Estado, es decir, la dimensión política).

Los extraños seguidores de Clausewitz

El segundo volumen de Penser la guerre abarca el período 1870-1970 y es una confrontación de Clausewitz de los conflictos del siglo XX con el estudio de las estrategias de los generales alemanes del II Reich, del mariscal Foch, de Lenin, Hitler y Mao, entre otros. Respecto a Alemania, Aron señala que solo Bismarck se ajustó a la tesis de Clausewitz de la complementariedad entre los fines políticos y los militares. En cambio, generales como Moltke, Schlieffen o Ludendorff absolutizaron la guerra y redujeron la importancia de la política, pues llegaron a obsesionarse por «la batalla decisiva» y por asestar «el primer golpe». Con Hitler esta tendencia llegó a su máxima radicalización. Respecto al mariscal Foch, Aron recuerda que solo leyó parcialmente a Clausewitz y que se dejó llevar por un moralismo voluntarista que ponía el énfasis en el espíritu ofensivo. Foch convirtió la ofensiva en un principio, en vez de ser un instrumento.

Respecto a Lenin, nuestro autor destaca que se apropió de Clausewitz, a base de rastrear las citas más oportunas, para desarrollar un pensamiento estratégico conforme a su visión política. Mao y otros marxistas-leninistas han sido los continuadores de este marco teórico. Transformaron un modelo de lucha en un instrumento de revolución. La estrategia quedó al servicio de una política de Estado. Tal y como asegura el sociólogo Julien Freund, asistimos a la paradoja de que un conservador prusiano, partidario del principio de equilibrio en la Europa de la Restauración, terminara por inspirar las guerras y los movimientos revolucionarios del siglo XX. Por lo demás, el marxismo-leninismo hizo una versión sesgada del pensamiento de Clausewitz, pues el militar concebía la guerra como un elemento del equilibrio político, y nunca hubiera aceptado considerarla como un fin para alcanzar la «paz socialista», la «paz eterna» a la que se refería Mao. 

«No cabe hablar de una «doctrina Clausewitz», pues su obra está dominada por la ambigüedad y las tensiones internas del fenómeno bélico. Aron comparte su percepción de la guerra como un «verdadero camaleón», pues cambia continuamente de forma y de contexto»

El libro concluye con una reflexión sobre la guerra en un contexto marcado por las armas nucleares. Entre otros aspectos, Aron expresa su escepticismo sobre la utilidad de la disuasión nuclear para alcanzar objetivos políticos, pues se trata de armas que no se emplean y que al adversario no teme por la sencilla razón de que sabe que no serán utilizadas. Un ejemplo significativo es el de Estados Unidos en la guerra de Vietnam. La primacía de lo político sobre lo militar aparece nuevamente.

Penser la guerre es un texto minucioso con el que Aron trata de salir al paso de las interpretaciones incompletas y caricaturescas de la obra de Clausewitz, al que pocos han leído y muchos se han limitado a citar. Resulta evidente que el primer volumen es el que más trabajo llevó a Aron, dada su intención de profundizar en la esencia de un tratado que Clausewitz pretendía rehacer por completo. Pero solo pudo revisar el primer capítulo del Libro I, pues murió inesperadamente en 1831, a los 51 años, a consecuencia de una epidemia de cólera. De ahí que Aron subrayara que es una obra que no está cerrada. Sin embargo, esto no impidió al pensador francés sacar la conclusión de que la guerra absoluta no existe y de que la lucha a muerte pertenece al dominio de lo irreal. Asumía así plenamente la tesis de Clausewitz –aunque algunos le acusaran de «dulcificarla»– de que la guerra es la continuación de la política por otros medios. 

«El marxismo-leninismo hizo una versión sesgada del pensamiento de Clausewitz, pues el militar concebía la guerra como elemento del equilibrio político, y nunca hubiera aceptado considerarla como un fin para alcanzar la «paz socialista»»

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