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La Europa de las letras

Roberto Calasso: mi amigo Bobi Bazlen

Fue el creador de la legendaria editorial italiana Adelphi, sobre la que volcó su sabiduría de lector único y en absoluto rutinario

Roberto Calasso: mi amigo Bobi Bazlen

Ilustración de Alejandra Svriz.

Una de las figuras míticas y más secretas de nuestra literatura contemporánea, del triestino Roberto Bazlen, protagonista absoluto de la bellísima novela de culto de Daniele Del Giudice El estado de Wimbledon, y conocido en su día simplemente como Bobi, no se puede decir que se haya escrito poco en nuestros días. El mito de Bazlen, que no dejó nada publicado a su muerte en 1965, a pesar de haber escrito agudas e inflexibles críticas literarias e informes, además de ser un insustituible lector y consejero editorial, atravesó su época como un perfil misterioso y sabio, de luz cercana a lo inexpugnable. Amigo de algunos de los principales protagonistas de la segunda mitad del siglo XX como Luciano Foá, Adriano Olivetti, Umberto Saba, Giacomo Debenedetti, Italo Calvino o Eugenio Montale (al que conoció en el invierno de 1923 y que le dedicó el poema Mediterráneo, en su libro Ossi di seppia) en la última etapa de su vida, fue el creador de la legendaria editorial italiana Adelphi, sobre la que volcó su sabiduría de lector único y en absoluto rutinario. Se puede decir perfectamente que la idea y la fisonomía de la editorial se remontan a él y a su gran personalidad como lector no sujeto a modas ni previsiones de tendencias.

Su gran amigo fue el no menos admirable gran escritor, editor y erudito de nuestros días Roberto Calasso que, poco antes de fallecer, en 2021, le dedicó un emocionante libro y homenaje a su amistad con él titulado simplemente Bobi. Como recordaría Calasso en este pequeño tributo, de conmovedora belleza, cuando Bazlen le habló por primera vez de algo que más tarde sería la editorial de ambos Adelphi, sin tener aún nombre, le dijo de manera rotunda: «Solo haremos los libros que nos gusten mucho». Ese principio resume la filosofía editorial compartida que daría origen a Adelphi.

Como dirá un deslumbrado Roberto Calasso que de joven quiso conocer a aquella figura misteriosa, una figura excéntrica que apenas salía de su pequeña habitación de la Via Margutta, conocida como la «calle de los artistas», rincón bohemio en el corazón de Roma, cerca de la Plaza de España y la Piazza del Popolo, siendo devocionado por un selecto club de intelectuales, «cada vez que se evocaba a Bobi, el tono de la conversación cambiaba, como si se entrara en una zona indeterminada, atractiva pero huidiza, distinta de cualquier otra, ¿a qué se dedicaba? Nadie sabía decirlo, pero ciertamente estaba siempre un paso por delante de los demás». Bazlen aparece así como una figura enigmática cuya influencia superaba cualquier definición concreta.

¿Qué pretendía encontrar en el huidizo Bazlen el joven Calasso? Él mismo se responderá: «Yo esperaba encontrar justamente lo que él era: una suerte de huracán silencioso que, por su completa ausencia de la escena pública, tenía el poder de plegar y aplastar esa geografía preestablecida que constituía entonces no solo la literatura sino, en una concatenación en apariencia inamovible, también el cine, la política, la pintura, el teatro, la moda y todo lo demás. Y eso que no faltaba talento —eran los primeros años 60, poco antes de la fundación de Adelphi que tendría lugar en 1962— a varias décadas de distancia, casi da miedo pensar en esa profusión imponente, si se observa la pobreza de lo que vino después. Sin embargo, faltaba algo. Quizás lo esencial y para mí Bazlen fue lo esencial». Bazlen encarnaba para Calasso ese elemento esencial que faltaba en la cultura de su tiempo.

Dos décadas después del fallecimiento de su gran amigo Bobi, en 1988, un hecho sacudió los cimientos de la simbología cultural moderna, en este caso italiana, removiendo los altares del ritual de intercambio en materia de comunicación. Pietro Citati, posiblemente el crítico más reputado del país vecino, celebraba la aparición de un nuevo y torrencial libro de un —en cierto modo— «intruso» profesional: se trataba del célebre y respetadísimo director, así como alma, de la editorial, de fama internacional, Adelphi, Roberto Calasso (nacido en Florencia, en 1941 y fallecido en Milán, en 2021), que ya se había pasado en 1983, con toda la fuerza y convicción del creador, al otro bando: al de los editados. El libro de entonces era La ruina de Kasch, un prodigio de finura estilística y de rigor de pensamiento, y otro éxito seguiría, siendo por su parte una monumental historia, o roman fleuve, sobre los mitos griegos. Las bodas de Cadmo y Harmonía, ese era el título —decía Citati— «presuponen una cultura inmensa. Calasso posee la mirada total: ha leído todo lo griego o todo lo que ha tenido que ver con Grecia». Pero lo mismo era aplicable a la otra aparición espectacular del autor con La ruina de Kasch. Nada de lo leído a lo largo de veinte años parecía haber sido olvidado. La irrupción de Calasso como autor reveló una erudición total y una ambición intelectual extraordinaria.

Inmersas, y al mismo tiempo distanciadas a años luz de la vorágine de lo perecedero y de las urgencias absolutamente previsibles, Leonardo Sciascia dedicó a estas obras el más grande elogio que un creador pueda desear. «Las obras de Calasso —dijo el siciliano Sciascia— están destinadas a no morir». En la primera —que en realidad era segunda— Calasso pasaba revisión voraz a la gestación de la era moderna. Se trataba de una interpretación profunda del tránsito hacia la modernidad tras la Revolución francesa.

Ya entonces, aquella magna empresa de Calasso desconcertó a los clasificadores de materias: entre ensayo y novela, tratado filosófico o creación enciclopédica. Su obra desbordaba cualquier categoría tradicional, situándose entre géneros y saberes.

En Roberto Calasso, la erudición del saber moderno representaba la fibra radical y sensible que siempre va más allá: interpela y reinterpreta. «En lugar de sacramentos —dirá— se dejan poseer por algunas mayúsculas…». Su pensamiento funcionaba como una crítica constante a la banalidad intelectual contemporánea.

En ambos libros, Calasso practicará magistralmente la técnica circular de la simultaneidad y la repetición en metamorfosis. Su escritura construye un tejido continuo de correspondencias históricas y simbólicas.

Pasados los tiempos de liberación de telones y de profecías de salvación universal, se presentarán nuevos predicadores. «Yo creo —afirmaría Calasso— que el último que dijo cosas muy precisas fue Adorno…». Calasso subraya la dificultad de producir pensamiento verdaderamente nuevo tras los grandes filósofos modernos.

Otro de sus grandes libros llevaría por título solo una inicial: K. ¿Cuál es la verdadera lectura que hay que hacer hoy de Kafka? La obra plantea una reinterpretación compleja y no simplista del universo kafkiano.

Nada más lejos del diálogo que el escritor italiano establecería con Kafka en K. Su objetivo era devolver Kafka a su literalidad y a su reflexión sobre el poder invisible.

Ya lo advirtió Elias Canetti: hay que acercarse a Kafka con cautela. «Sólo se puede leer a Kafka si se le lee literalmente…». Calasso defiende una lectura literal como vía esencial para comprender a Kafka.

Libro tras libro, el talento de Calasso para «la analogía universal» no tuvo parangón. Su obra constituye una red de conexiones intelectuales y estéticas sin equivalente contemporáneo.

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