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La otra cara del dinero

El capitalismo ha creado maravillas superiores a las pirámides… y nos ha traído mucha más paz

Ione Belarra se equivoca cuando asegura que la lógica del capitalismo es la misma que la de la guerra y que hay que abandonarlo para construir la paz

El capitalismo ha creado maravillas superiores a las pirámides… y nos ha traído mucha más paz

La ministra de Derechos Sociales, Ione Belarra, cree que hay que acabar con la dominación capitalista para construir la paz. | TO

«La burguesía ha creado maravillas muy superiores a las pirámides de Egipto, los acueductos romanos y las catedrales góticas».

La frase anterior no la pronunció Milton Friedman, ni es tampoco de Margaret Thatcher o de Isabel Díaz-Ayuso. La escribieron Karl Marx y Friedrich Engels en 1848 y forma parte del Manifiesto Comunista, aunque sus acólitos no suelen airearla mucho por temor a que se malinterprete.

Porque la burguesía sigue siendo, por supuesto, lo peor.

El hilo argumental que conduce a esta conclusión es sencillo. «Clase oprimida» bajo el feudalismo y la monarquía absoluta, la burguesía conquistó la hegemonía mediante la implantación de la gran industria y el comercio internacional, liberando «energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas».

Burguesía o muerte

El problema es esa misma eficacia.

Tan «fabulosos medios de producción y de transporte» desatan periódicamente una «epidemia de superproducción». El capitalismo se encuentra con «demasiados recursos, demasiada industria, demasiado comercio». ¿Y cómo se sobrepone a estas crisis recurrentes?

Conquistando nuevos mercados.

«La burguesía», dicen Marx y Engels, «fuerza a todas las naciones a abrazar su régimen de producción o perecer; las obliga a implantar en su propio seno la llamada civilización, es decir, a hacerse burguesas. Crea un mundo hecho a su imagen y semejanza».

De ahí el aumento de la belicosidad de que habla Ione Belarra.

Un peldaño más

«La lógica que está detrás de la guerra [de Ucrania] es exactamente la misma que está detrás del machismo y del capitalismo», proclamaba la ministra de Derechos Sociales y Agenda 2030 en el Encuentro Internacional Feminista celebrado este sábado. E instaba al público a acabar con la «dominación de una minoría económicamente muy poderosa» para «construir la paz en Ucrania».

Esta vinculación entre capitalismo y conflicto no es exclusiva de los marxistas.

A principios de la década de 1950, el historiador y diplomático Arnold J. Toynbee observó con desánimo que la crónica reciente de Occidente era una sucesión de enfrentamientos «en un orden ascendente de intensidad» y que 1945 no había sido «el punto culminante de este movimiento in crescendo».

Un poco de necrometría

La afirmación de que no ha habido un siglo más sangriento que el XX y que, además, no es nada comparado con lo que se nos viene encima «casi nunca viene avalada por cifras», explica en Los ángeles que llevamos dentro Steven Pinker.

Este psicólogo y catedrático de Harvard reconoce que «hubo desde luego más muertes violentas que en siglos anteriores». Matthew White, un experto en necrometría o recuento de cadáveres, ha listado «Las (posiblemente) 20 peores cosas (o así) que las personas se han hecho unas a otras» y la Segunda Guerra Mundial aparece la primera, seguida por las hambrunas del Gran Salto Adelante maoísta.

«Pero», puntualiza Pinker, «también había más personas» en el siglo XX.

Y cuando los números se ajustan por población, la Segunda Guerra Mundial cae al noveno puesto y el Gran Salto Adelante ni siquiera entra en el top ten. «La peor atrocidad de todos los tiempos», señala Pinker, «fue la rebelión […] de An Lushan, que se prolongó ocho años [entre 755 y 763] y, según los censos, provocó la pérdida de dos tercios de los habitantes del imperio o una sexta parte del planeta».

Pobre, desagradable, brutal y breve

El panorama no mejora cuando nos remontamos al buen salvaje rousseauniano.

«Si bien es difícil obtener datos totalmente fiables», escribe el científico de datos Will Koehrsen, «la evidencia arqueológica sobre las causas de fallecimiento revela que la proporción de muertes violentas oscilan entre menos del 5% y el 60 %». Se trata de tasas muy elevadas. «Estados Unidos y Europa, incluso teniendo en cuenta las dos guerras mundiales, vieron morir a menos del 1 % de su población en conflictos armados entre 1900 y 1960».

O sea, que la vida en la tribu era pobre, desagradable, brutal y breve.

Tampoco se ha cumplido la profecía de Toynbee y 1945 no fue el peldaño de una escalera ascendente. Al contrario. «En 2007», observa Koehrsen, «apenas el 0,04% de las muertes en el mundo se debieron a la violencia internacional».

Ha estallado la paz

La invasión de Ucrania ha empeorado estas estadísticas, pero siguen siendo las mejores de la historia, particularmente en el corazón del capitalismo.

«El período de paz entre los europeos [desde 1945] es el más largo de su historia», dice Pinker. «Si tomamos como punto de referencia la frecuencia de enfrentamientos entre grandes potencias de 1495 a 1945, hay una posibilidad entre 1.000 de que haya un período de 65 años con un único conflicto [la guerra de Corea] entre grandes potencias».

Por supuesto, siguen registrándose matanzas en África, Asia, Oriente Próximo…

Así y todo, observa Pinker, «un mundo en el que la guerra prosigue en los países pobres es mejor que otro en el que la guerra se produce tanto en los países ricos como en los pobres». Y cita a Azar Gat, un investigador militar para quien «parece haberse desarrollado un verdadero estado de paz, basado en la genuina confianza mutua», algo que «no había pasado jamás».

¿A qué se debe?

Vitaminas contra la guerra

Se ha argumentado que la democracia y el comercio favorecen la convivencia.

No es difícil, sin embargo, encontrar excepciones que invalidan estas teorías. Croacia y Yugoslavia eran democracias cuando se enzarzaron en 1991, igual que el Líbano e Israel en 1982. Y el periodista y Nobel de la Paz Norman Angell proclamó que la tupida red de intereses económicos haría inviable cualquier enfrentamiento armado cinco años antes del magnicidio de Sarajevo.

Pero la combinación de ambos factores sí resulta un escudo eficaz, especialmente si se refuerza con la incorporación a una organización intergubernamental (OIG).

Los politólogos Bruce Russett y John Oneal han calculado que dos países que puntúen alto en las tres categorías (democracia, comercio y pertenencia a una OIG) «son un 83% menos susceptibles que otro par de países promedio de verse implicados en una disputa militar», escribe Pinker. «Es decir, la probabilidad es muy próxima a cero».

Ganar la guerra y perder la paz

«El siglo XX no puede considerarse una época de descenso continuado hacia la depravación», concluye Pinker.

Tampoco Koehrsen ve motivos para la inquietud: nunca fue tan baja la probabilidad de que una persona muriera en un campo de batalla como en el periodo que arranca en 1945. Únicamente cuando uno ignora las estadísticas y se entrega a las meras impresiones puede, como Ione Belarra, concluir que la lógica del capitalismo y la de la guerra es la misma.

Por desgracia, como señala el abogado de O. J. Simpson en la miniserie American Crime Story, «no son los hechos los que al final prevalecen».

Los jurados y los votantes prefieren un relato que tenga sentido. La labor de los abogados y los políticos consiste en «contar una historia mejor que la de la parte contraria», y ahí hay que reconocer que los socialistas han estado mucho más hábiles, porque el capitalismo ganó la Guerra Fría, pero perdió la historia de la literatura.

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