Juan Manuel López Zafra: «Vamos a tener que plantearnos un impuesto sobre los robots»
«La mejora de productividad de la inteligencia artificial debe usarse para ayudar a los trabajadores desplazados»
Juan Manuel López Zafra (Madrid, 1968) es doctor en Ciencias Económicas y Empresariales. Ocupó la dirección general de Economía de la Comunidad de Madrid entre 2021 y 2025 y ha desarrollado una amplia carrera docente e investigadora en distintas universidades: Complutense, San Pablo CEU, Icade y CUNEF, de cuyo departamento de Métodos Cuantitativos es actualmente profesor titular.
López Zafra no se limita a predicar, sino que también da trigo y en 2007 fundó la consultora Statpro 2000 Clima, desde la que presta servicios de analítica aplicada a distintos ámbitos, como el financiero, el asegurador, el turístico o el automovilístico.
Finalmente, López Zafra es un activo comentarista, con cuyas columnas tenemos el privilegio de contar en THE OBJECTIVE, y ha escrito dos libros: Retorno al patrón oro y Alquimia, este último en colaboración con Ricardo A. Qaralt.
El arranque de Alquimia es muy significativo. Dicen López Zafra y Qaralt que los datos no son el petróleo del siglo XXI. Son algo mejor. Son el oro que buscaban y nunca encontraron los alquimistas. La prueba son los descomunales beneficios de Amazon, Meta/Facebook, Airbnb o BlackRock.
Sin embargo, la inmensa mayoría de los mortales vivimos de espaldas a los datos y en Alquimia se pone el ejemplo de Sergio Ramos, el ex defensa central del Real Madrid. Su renovación en 2015 suscitó un apasionado debate en el que se esgrimían múltiples virtudes (visión, control del vestuario, goles decisivos), pero muy pocos datos.
«Hemos comprobado —concluyen López Zafra y Qaralt— que sigue faltando lo que, pomposamente, denominamos “cultura del dato”».
No puedo estar más de acuerdo. La política española se ha convertido en una confrontación de relatos. No es que falten los números, y decir lo contrario sería faltar a la verdad. Pero sí se usan de forma interesada y selectiva: cuando confirman tus tesis, los exhibes en una pancarta; en caso contrario, los empujas discretamente con el pie debajo de la alfombra.
Esta impostura resulta especialmente flagrante en el caso del capitalismo, que ganó la Guerra Fría, pero perdió la historia de la literatura y se recuerda sobre todo por los niños famélicos de Dickens y los mineros desesperados de Zola. Traigo a colación este asunto porque López Zafra se proclama un «defensor irredento del capitalismo» y por ahí comienza esta entrevista, que puede disfrutarse íntegra en la web de THE OBJECTIVE y de la que sigue una versión extractada y editada.

Pregunta- ¿A qué atribuyes la mala fama de la economía de mercado?
Respuesta- A la caridad mal entendida, a una mala interpretación del mandato evangélico de socorrer al débil. Muchos consideran inmoral adoptar como filosofía vital el egoísmo randiano [de Ayn Rand, la escritora rusa cuyas novelas argumentan que la persecución del interés propio no solo es legítima, sino la base de la prosperidad]. Si miramos la evolución del planeta en las últimas décadas, observamos una mejora extraordinaria de las condiciones materiales. Hemos reducido la pobreza extrema al 10%, algo insólito. Y no ha sido la ayuda pública la que lo ha hecho posible, sino la libertad de mercado, de empresa y de comercio.
Pensemos en algo tan trivial como el móvil. Es mucho más que un teléfono. Es el dispositivo que usan los inmigrantes para conectarse con el mundo. Es su banco, es su monedero y hoy cuesta una fracción de lo que costaba hace 10 o 15 años gracias al capitalismo. Disponer de una tienda entera en nuestros bolsillos no ha sido un logro del socialismo. Y tampoco ha hecho falta pisotear a nadie.
«España ha convertido al Estado en un suministrador de rentas, subsidios y bajas médicas mal controladas que nada tiene que ver con la seguridad social de Bismarck»
P.- Los que tenemos cierta edad aún recordamos lo que costaba comunicarse en tiempos del monopolio de Telefónica.
R.- Aquel régimen de un solo proveedor, que tardaba meses en darte línea y restringía las llamadas internacionales, ilustra muy bien las desventajas de la ausencia de competencia. Hoy puedes optar entre operadores de todo el mundo, y permaneces fiel al elegido en la medida en que te da lo que necesitas, y al precio y con la calidad que deseas. Porque si llega otro y te ofrece lo mismo, pero más barato, ni se te ocurre rechazarlo por patriotismo o sentimentalismo.
Esa competencia por el favor del consumidor es lo que explica el progreso. Avanzamos porque alguien no se conforma con lo que hay y diseña un bien o un servicio que mejora la vida de los demás. Es un proceso [de destrucción creativa] que genera ganadores y perdedores, porque no es posible que todos prosperemos a la vez, y ahí entra en juego el Estado. Hay ámbitos [como la defensa o la justicia] en los que debe intervenir porque el mercado es poco eficiente [y produce menos de lo que una sociedad considera deseable]. Pero se trata de situaciones infrecuentes y deben estar tasadas.
«El Estado debe proteger a quienes sufren por enfermedad, incapacidad o ausencia de familia, pero no podemos convertir cualquier prestación en un derecho vitalicio»
P.- Muchos tienen como referente la flexiguridad de los países escandinavos [que combina la flexibilidad del empresario para despedir con la seguridad del trabajador despedido]. ¿Es eso en lo que estás pensando?
R.- Exactamente, aunque en el norte de Europa la cultura es muy distinta. Son más individualistas. El empresario no está demonizado y el parado recibe una protección condicionada, no ilimitada. En España hemos convertido al Estado en un suministrador de rentas, subsidios y bajas médicas mal controladas que nada tiene que ver con la seguridad social tal y como la concibió [el canciller alemán Otto von] Bismarck [en la década de 1880].
Una persona debe tener un mínimo para subsistir durante un tiempo acotado. El Estado también debe proteger a quienes sufren por enfermedad, incapacidad o ausencia de familia. Pero no podemos convertir cualquier prestación en un derecho vitalicio. En educación, por ejemplo, la Constitución consagra la gratuidad hasta los 16 años, no la universidad para todos. Si regalamos los estudios superiores a cualquiera, con independencia de cuáles sean sus méritos intelectuales, los títulos acabarán siendo una commodity [igual que un litro de gasolina o una tonelada de soja, que son indistinguibles vengan de donde vengan y se compran o venden solo por precio].
Por todo esto estoy en contra del Estado de bienestar tal y como está planteado en España. Aparte de que es carísimo.
«Si regalamos los estudios superiores, con independencia de cuáles sean los méritos intelectuales, los títulos acabarán siendo una ‘commodity’»
P.- La globalización ha deslocalizado la industria hacia Asia.
R.- No me parece necesariamente negativo. Cada compañía debe instalarse allí donde los costes le sean más favorables, y eso no es fruto de una búsqueda descarnada de beneficio por parte del patrono. Es algo que también los consumidores agradecemos. Por ejemplo, a mí ayer me apetecían unos tomates de Almería, y no me importó pagar un poco más, aunque en el supermercado los tenían de dos euros el kilo. Esa posibilidad de elección es impensable en un régimen comunista y es posible si dejas que el empresario decida, entre otros factores, dónde le conviene producir.
Otra cosa es la deslocalización a base de subsidios. Como director general de Economía en Madrid he visto cómo otras comunidades intentaban captar inversores regalándoles el suelo o dándoles ayudas. En Madrid no competimos así. Aquí ofrecemos talento, buenas infraestructuras, fibra…
«Estoy en contra del Estado de bienestar tal y como está planteado en España»
P.- Vamos a la alquimia. ¿Cómo se convierte un dato en oro?
R.- Cuando entras en Amazon o en cualquier comercio online bien diseñado, saben qué ofrecerte, aunque sea tu primera visita, por tu ubicación y por tu comportamiento. Eso es analítica avanzada, y no solo incrementa las ventas, sino que mejora la experiencia del cliente, porque le sugiere artículos, como libros o ropa, que pueden interesarle y en los que no habría reparado de otro modo.
Aquí, en THE OBJECTIVE, no solo contáis las visitas que recibe cada noticia. Medís el tiempo de lectura, la fidelidad, las preferencias… Así podéis decidir qué funciona mejor y cuándo.
Lo mismo debería hacer el comercio de barrio. Un pequeño negocio de sombreros, un bar o una ferretería pueden reinventarse usando las redes sociales. Los centros comerciales recurren desde hace años a mapas de calor para saber por dónde se mueve el público y colocar productos en las zonas de máxima atención. Desde el momento en que entramos en una tienda y acabemos comprando o no, vamos dejando un rastro de información. Es un filón extraordinario que, por desgracia, en España no estamos aprovechando como país. [Disponemos de una infraestructura de fibra óptica muy extensa y bien conectada con América, África y Europa, pero no la estamos llenando de centros de datos, servicios de analítica o industrias intensivas en información].
«Si un inmigrante viene a trabajar, adelante, pero muchos vienen por los subsidios»
P.- Los datos tienen un reverso tenebroso. China ha montado un sistema de crédito social de rasgos orwellianos [que monitoriza a las personas, les asigna una nota y, si se portan bien, las recompensa cobrándoles menos impuestos, tramitando más deprisa sus visados o adelantándolos en las listas de espera hospitalarias].
R.- No es solo China. Canadá ha desarrollado proyectos preocupantes [como el uso de la inteligencia artificial para el reconocimiento facial masivo o el castigo preventivo a personas susceptibles de cometer delitos de odio]. También el presidente [Emmanuel] Macron ha impulsado una ley contra la desinformación, y no olvidemos que los franceses son para nosotros como el canario de la mina: las reformas que ellos introducen, las copiamos nosotros unos años después.
El riesgo de vigilancia masiva es real. Hoy, con una red de cámaras no solo puedes ver, sino también oír o leer conversaciones. En [la región china de mayoría musulmana de] Xinjiang, se controla quién entra y quién sale de ciertas casas. [A partir de microindicios, como llamadas telefónicas, consumo eléctrico o desplazamientos, se han llevado a cabo registros e incluso detenciones preventivas]. Esto lo han documentado medios como The New York Times.
Y con la inteligencia artificial (IA) es presumible que todo vaya a peor. Anthropic se ha plantado y ha prohibido al Pentágono que emplee [su modelo de lenguaje avanzado] Claude para la vigilancia masiva o en armas que abran fuego de forma autónoma, aunque sea legal. La respuesta del Gobierno ha sido fulminante: ha declarado a Anthropic «riesgo para la cadena de suministro», lo que la pone al nivel de empresa de una potencia enemiga y le impide contratar con la Administración y con quienes contraten con la Administración.
Por cierto, ninguna de las otras grandes de la IA [OpenAI, Google, Meta] ha seguido sus pasos…
«El Gobierno vende como un éxito su amplia cobertura del paro, pero el éxito sería que todo el mundo trabajara»
P.- ¿A ti no te da miedo la IA?
R.- En absoluto. A ver, darse, pueden darse escenarios como el de Terminator, pero creo que tenemos capacidad para evitarlos. Me parece más verosímil una sociedad como la de [la película de Disney] Wall-E, en la que los humanos nos entregamos al ocio mientras las máquinas trabajan para nosotros. La mecanización no afecta ya únicamente a las tareas menos cualificadas, sino a la abogacía, la consultoría o las finanzas. En IBM están contratando a juniors no para que hagan análisis, sino para que supervisen a los agentes de IA que lo hacen.
P.- Un informe de Citrini Research prevé quiebras masivas en servicios de software, consultoría, logística… Su publicación causó el caos en la bolsa.
R.- Lo conozco. Plantea que el S&P [el principal índice de Wall Street] estará en 2028 muy por debajo de su máximo de 2026, pero adolece de un grave fallo: parte del ceteris paribus [es decir, de que todo lo demás va a seguir igual]. Yo soy radicalmente contrario al ceteris paribus. La economía es dinámica, nada se mantiene fijo, porque las personas reaccionamos e innovamos y eso altera las reglas del juego.
«Muchos consideran inmoral adoptar como filosofía vital el egoísmo de Ayn Rand, pero ha hecho posible la mejora extraordinaria de nuestras condiciones materiales»
P.- La revolución tecnológica ha provocado una concentración brutal de la riqueza. Hasta ahora, los economistas consideraban que la fortuna mayor de la historia había sido la de Mansa Musa [emperador de Mali entre 1280 y 1337]. Ahora podría destronarlo Elon Musk.
R.- Es verdad, pero déjame que haga una matización. El famoso Mansa Musa era rico porque poseía oro físico, mientras que Elon Musk tiene básicamente acciones. ¿Y qué ha pasado con las acciones? Que no se han disparado como consecuencia de un aumento de la riqueza real, sino de una política monetaria de tipos bajos y expansión cuantitativa que ha empujado el dinero hacia la bolsa, elevando artificialmente su valoración.
Dicho esto, la concentración de riqueza es un hecho y vamos a tener que abordar un debate que llevo planteando hace tiempo, y que es el famoso impuesto sobre los robots. No se trata de penalizar la innovación, sino de capturar parte de las rentas que genera la mejora de productividad para ayudar a reciclarse a los trabajadores desplazados. Más que como un impuesto clásico, yo lo veo como un dividendo social o tecnológico.
En cualquier caso, asistimos a una transformación radical en las relaciones laborales y es fundamental disponer de instituciones que faciliten la transición. Con la que está cayendo, no podemos seguir pensando con las categorías laborales de los siglos XIX o XX. Habría que reconsiderar el salario mínimo, porque incentiva la sustitución de personas por agentes de IA que no perciben nóminas, no cotizan a la Seguridad Social y no se cogen vacaciones ni bajas. Si no se ha creado ya, seguro que en lo que queda de 2026 anuncian la empresa de los 1.000 millones de dólares y un solo empleado.
«En el norte de Europa el empresario no está demonizado y el parado recibe una protección condicionada, no ilimitada»
P.- ¿Hay que prohibir X, como propone Sira Rego, la ministra de Juventud e Infancia?
R.- Nuestra cultura política tiende a prohibirlo todo: las bebidas energéticas, las redes sociales… Mi impresión es que sobrerreaccionamos a dragones que no existen. Hay que dar tiempo al tiempo y dejar que funcione el mercado, que se autorregula con bastante eficacia.
Por lo demás, el que el uso de internet y los suicidios adolescentes estén correlacionados no significa que el primero cause los segundos. Un famoso estudio mostraba hace unos años que los alumnos se quitan más la vida durante el curso que en vacaciones. ¿Debemos prohibir por ello las clases?
«La deslocalización no me parece necesariamente negativa. Cada compañía debe instalarse allí donde los costes le sean más favorables»
P.- España crece más que nadie, pero la pobreza se estanca. ¿Está mal medido el crecimiento, está mal medida la pobreza, o ambas cosas?
R.- La pobreza no se estanca: crece, al menos en términos de personas dependientes de rentas mínimas y prestaciones públicas. El Gobierno lo vende como un éxito, pero el éxito sería que no hiciera falta seguro de desempleo, porque todo el mundo trabajara, y que no se necesitaran bonos de comedor, porque todas las familias tuvieran con qué alimentar a sus hijos.
Respecto del PIB, tiene problemas de medición. Como director general de Economía en Madrid he mantenido discusiones con el Instituto Nacional de Estadística sobre metodología, pero es un asunto muy árido y, en cualquier caso, lo relevante no es si crecemos más o menos, sino qué clase de sociedad estamos construyendo cuando una parte creciente vive de los subsidios.
«El riesgo orwelliano de una vigilancia masiva es real. Hoy, con una red de cámaras no solo puedes ver, sino también oír o leer conversaciones»
P.- Dices que hay que actuar con realismo en materia de inmigración. ¿A qué te refieres?
R.- A título personal, defiendo fronteras completamente abiertas, pero vinculadas al esfuerzo. Si alguien viene a España a trabajar y consigue un empleo, adelante. También yo me iría a Estados Unidos si me contrataran. En la década de 1920 se viajaba por todo el planeta sin pasaportes.
P.- Entonces no había ni sanidad universal ni educación gratuita.
R.- Ese es el problema, que muchos vienen a España no porque tengan un puesto esperándoles, sino porque las prestaciones públicas les garantizan que estarán mejor que en su país de origen. El otro día escuchaba la entrevista de una mujer que explicaba que tenía que arreglárselas con una pensión de 1.400 euros y lo que le pagaban a su madre, y que tampoco era para tanto. Claro, fue un escándalo absoluto. ¿Cómo es posible que se esté dando ese dinero por no hacer nada, cuando hay mucha gente que no lo gana trabajando?
Una vez más, eso no es otro éxito del Estado de bienestar. Es un incentivo perverso que está generando una carga insostenible, que recae además sobre las clases medias, no sobre los famosos ricos.
«No me da miedo la IA. Pueden darse escenarios como el de ‘Terminator’, pero me parece más verosímil el de ‘Wall-E’, en el que los robots trabajan y los humanos holgamos»
P.- Algunos analistas como Nuriel Roubini o Ray Dalio creen que los niveles de deuda que hemos alcanzado en Occidente son insostenibles y que desembocarán en un desastre.
R.- Cuando en tiempos de Felipe II la corona declaraba la bancarrota, era porque se había quedado sin oro ni plata. Hoy eso no ocurre. Hoy, cuando los ingresos del Estado no llegan para pagar, emite billetes, como en la República de Weimar, y eso vacía de contenido una divisa.
La teoría monetaria moderna [una corriente heterodoxa] defiende que el Estado es solvente por definición, porque siempre puede crear dinero y este no se acaba nunca, pero en realidad sí se acaba, porque se degrada hasta que ya no vale nada. El dólar se ha devaluado un 99% en algo más de un siglo, y en España hemos perdido en torno al 35% de poder adquisitivo desde 2018. Si hasta ahora el país no ha saltado por los aires es porque nos protege la solidez de la moneda única, pero ya hay economistas franceses planteando que el euro está demasiado fuerte.
«Con la que está cayendo, no podemos seguir pensando con las categorías laborales de los siglos XIX o XX»
P.- ¿Qué te parece Donald Trump?
R.- No me gusta. Sus medidas arancelarias y proteccionistas me parecen equivocadas. Ahora bien, no ha engañado a nadie. Lo que está haciendo lo anunció en su programa, ha ganado las elecciones y no seré yo quien le diga a un estadounidense a quién debe votar. Todo lo que podemos hacer los europeos es adaptarnos y, aunque nos cueste reconocerlo, lo cierto es que el agujero en el que estamos metidos nos lo hemos cavado nosotros solitos. Porque mientras Estados Unidos innova y China copia e innova, la UE regula. Nos parecemos cada vez más a la vieja URSS y, mientras no cambiemos eso, no tendremos un tejido empresarial en condiciones. De las 100 mayores compañías del mundo, cerca de 60 son estadounidenses y apenas una veintena europeas.
«El agujero en el que estamos metidos los europeos nos lo hemos cavado nosotros solitos. Mientras Estados Unidos y China innovaban, Europa regulaba»
P.- Madrid es desde 2018 la primera economía regional. ¿Es mérito propio o demérito ajeno?
R.- Fundamentalmente mérito propio, aunque hay que reconocer que alguna mano sí nos han echado, porque cuando una comunidad ahuyenta a sus empresas, lo lógico es que estas se instalen allí donde se les ofrezca seguridad jurídica y transparencia. Madrid presenta, además, una tasa de paro varios puntos inferior a la media nacional; ofrece la fiscalidad propia más baja de las autonomías de régimen común, y defiende la libertad de empresa: aquí se hace cumplir la ley, pero no se persigue al empresario. Todo ello ha hecho posible que rondemos el 20% del PIB nacional, claramente por encima de Cataluña.
