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1917

Corea del Norte es como ese llavero de un paraíso exótico que uno compra en el aeropuerto antes de volver a casa para constatar el yo estuve allí. Nunca he entendido la fascinación por el comunismo oriental. De hecho, en España, maoístas lo fueron cuatro hijos de papá y Federico Jiménez Losantos. Los hombres de bien, por regla general, evitan las doctrinas asesinas. Bien es cierto que algunos incurrimos en la insana fascinación por Trotsky. No diremos que fuera buen tipo, pero ciertamente fue un tipo fascinante. Siendo un intelectual (y un grandísimo crítico literario), organizó el Ejército Rojo, formado por oficiales zaristas bajo la supervisión de comisarios bolcheviques. Trotsky no estaba por tonterías y quería ganar la guerra civil, así que cuando los comisarios se ponían farrucos se los cargaba. Stalin, claro está, censuró la actuación del camarada judío ya que iba en contra de los intereses de la nueva casta revolucionaria burocratizada. Y Trotsky se lo sacó de encima con un manotazo displicente. Lo pagó carísimo.

En fin, que aprovechando el centenario de la Revolución de Octubre y contra los podemitas, leo todo lo que cae en mis manos sobre los bolcheviques. Es acojonante. Lenin instauró el estalinismo. Construyó y puso en marcha la maquinaria para que su alumno más aplicado, sádico, sanguinario y paranoico lo llevara al paroxismo. Nada peor que un revanchista de una frialdad moral inmisericorde. Y si Stalin fue un delincuente demente, Lenin vivió entre algodones cultivados por mujeres. La madre, su esposa y la amante. En un pack. Nunca dio palo al agua ni conoció en su vida a un trabajador que tuviera que levantarse a diario con el sol para dar de comer a su familia. Un pijo que nunca le perdonó al Zar que ejecutara al terrorista de su hermano.

¿Y Trotsky?

Sigue siendo una debilidad insana. I’m sorry.

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