THE OBJECTIVE
Ricardo Dudda

La opinión de los artistas

«Muchos pronunciamientos de artistas tienen siempre un aura de iconoclastia y heterodoxia cuando, en el fondo, encajan con la opinión biempensante»

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La opinión de los artistas

Ilustración de Alejandra Svriz.

¿Por qué los artistas opinan tanto de política? ¿Por qué firman tantos manifiestos? En una columna reciente, Ramón González Férriz se hacía esas preguntas, y otra más importante: ¿por qué les hacemos caso? Cualquiera con un altavoz privilegiado lo utilizará para exponer sus ideas. Pero nadie nos obliga a escucharlas, o a tenerlas en cuenta. «Nos hemos vuelto adictos a la peligrosa mezcla de fama y política, sea para gozarla o para rabiar», escribe. «A la izquierda le gusta porque sus ideas reciben una cantidad desproporcionada de atención mediática y puede presumir de que la gente con sensibilidad es progresista. Y a la derecha le encanta pensar que la gente de izquierdas con dinero, o con aspiraciones artísticas, no entiende nada de la vida real y es solo una aprovechada». 

El problema no es que los artistas den su opinión. No quiero un mundo en el que solo opinan los expertos. Tampoco me gusta el gatekeeping, patrullar los discursos para decidir quién tiene la legitimidad de decir qué. Lo que me irrita es que muchos de los pronunciamientos de artistas (y con esto también incluyo a intelectuales no solo progresistas que tienen la mano muy suelta a la hora de firmar manifiestos inocuos) tienen siempre un aura de iconoclastia y heterodoxia cuando, en el fondo, encajan perfectamente con la opinión biempensante y el statu quo

En la gala de los Goya, la cantante Ana Belén posó en el photocall con una pegatina que pedía el alto el fuego en Gaza, una posición que comparte con el presidente del Gobierno, que estaba presente. Las referencias que se hicieron al caso de presuntos abusos sexuales del cineasta Carlos Vermut fueron veladas y sin mencionar su nombre; y en ningún momento fueron valientes o a contracorriente. Era la posición oficial: el presidente de la Academia denunció los abusos en la industria, al igual que varias actrices y también Ana Belén. Como ha escrito Daniel Gascón, «pocas cosas señalan tan claramente la ausencia de pensamiento crítico como la reivindicación beata de la necesidad del pensamiento crítico». Pocas cosas son menos desafiantes políticamente que un actor pronunciándose en una gala sobre una polémica reciente. 

Hay excepciones, claro. Esta semana, el cineasta israelí Yuval Abraham y el palestino Basel Adra recibieron el premio al mejor documental del Festival Internacional de Cine de Berlín (la Berlinale) por su filme No other land, sobre la ocupación israelí de Cisjordania. En su discurso, Abraham habló de lo diferente que es su vida en Israel de la de su compañero Adra, que vive en la Cisjordania ocupada: «Yo vivo en un régimen civil y Basel en un régimen militar. Vivimos a 30 minutos el uno del otro, pero yo tengo derecho a voto y Basel no lo tiene. Yo puedo moverme libremente por el país, pero Basel, como millones de palestinos, está atrapado en Cisjordania. Esta situación de apartheid entre los dos, esta desigualdad tiene que terminar». 

«La palabras de Abraham desafían abiertamente el ‘statu quo’. No son una pegatina en un ‘photocall’»

Sus palabras no solo desafiaban al propio Gobierno de su país (el Canal 11 israelí, de propiedad estatal, dijo que fueron «antisemitas»). También desafiaban la posición del Gobierno alemán, que en su defensa ciega de Israel está justificando sus crímenes en Gaza. La ministra de Cultura alemana dijo que se pronunciaron palabras «alarmantemente parciales que se caracterizaron por un profundo odio hacia Israel». Y llegó incluso a decir que su aplauso tras el discurso iba dirigido al cineasta israelí, no al palestino. El alcalde de Berlín dijo que la culpa de lo que estaba ocurriendo en Gaza era exclusivamente de Hamás (cuando ha quedado acreditado que Israel ha acabado con la vida de más de 30.000 gazatíes). La prensa criticó que no se hiciera mención a los asesinatos de Hamás el 7 de octubre (como si la ocupación israelí fuera una respuesta a esos crímenes, y no una política de décadas).

Es obvio que en este contexto, las palabras de Abraham, perfectamente sensatas (acabar con la ocupación en Cisjordania, alcanzar un acuerdo de alto el fuego en Gaza), desafían abiertamente el statu quo y el espacio donde las pronunció (su Gobierno lo considera un paria, ha recibido amenazas de muerte, el Gobierno alemán incluso ha dicho que iniciará una investigación sobre posible discurso de odio). No son una pegatina en un photocall.

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