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Andréi

Andréi es el hijo de mi amiga L. Mi amiga L quería, desde hace tiempo, ser madre. Un deseo nacido de sus ganas de entrega

Foto: AP | AP

Encender la radio del coche es peligroso. Según el locutor, no hay todavía acuerdo para la investidura, y no parece que vaya a producirse porque todo está pensado para que se repitan las elecciones. Abrir el periódico en la cafetería, tras bajarse uno del coche, no es menos peligroso que encender la radio. Según he leído, Rusia acaba de apropiarse de algunas islas árticas que han emergido por motivo del deshielo, y la tormenta de ayer anegó casas y calles causando destrozos materiales y ataques de pánico. He dicho peligroso. Porque la radio o el periódico nos cuentan una parte de la verdad, un tanto por ciento de lo que está ocurriendo y desechan lo demás, le niegan la existencia. La cháchara del mundo es imparcial, se sabe. Siempre se decanta por lo grotesco y luciferino y desatiende lo amoroso. Pero si el mundo sigue en pie es porque aún el mal no lo ha engullido. De hecho, el mal no es la noticia. Uno podría apagar la radio, no abrir el periódico ni atender a los programas matinales y entonces sabría qué sucede realmente, conocería la noticia más importante, el titular. Sabría, por ejemplo, que va a nacer Andréi. Andréi es el hijo de mi amiga L. Mi amiga L quería, desde hace tiempo, ser madre. Un deseo nacido de sus ganas de entrega. De la intuición de que el tiempo cobra sentido si es entregado a otro, porque el amor es transitivo. Será niño. Y se llamará Andréi, por Tarkovsky. Esta mañana, hace un momento, L hablaba de él con unos ojos colosales, más importantes que la fallida investidura o que las islas de Putin. Su prometedora barriga, al otro lado de la mesa, ha eclipsado los titulares del día, o mejor: los ha callado. Y es por eso que aprovecho esta columna. Para comunicar algo que no han contado la radio ni el periódico. Y también para decirle a Andréi que no tema. Que al otro lado de su espera el mal campa a sus anchas, es cierto, pero también están los brazos de su madre, mi amiga. Una casa portátil o el árbol más sólido del mundo. Andréi es más importante que los destrozos materiales causados por la tormenta porque es un milagro que sus padres lo esperen en este mundo que, según los medios, es desastroso. En un contexto marcado por la emergencia social, una mujer y un hombre esperan un bebé con alegría. Es decir, que consideran que este mundo, aunque achacoso, sigue siendo un nido para que aprenda el vuelo de otra biografía. L cumple a primeros de noviembre. Acaso el alumbramiento tenga lugar el Día de los Difuntos y, mientras la gente celebra Halloween, Andréi abra los ojos.

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