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Cuatro razones por las que continuará el auge de Vox

Foto: Paolo Aguilar | EFE

Mi chiste favorito es danés y afirma que predecir es difícil, sobre todo acerca del futuro. Aun así, las buenas predicciones son señal de que razonamos correctamente: por muy elegante que nos resulte la física newtoniana, hoy no la honraríamos como hacemos si no hubiera coincidido con las observaciones de Flamsteed y cientos de astrónomos subsiguientes. Nobleza obliga al analista de cualquier campo: debe mostrar que (al menos algunas cosas) las sabe prever. De modo que me lanzaré al ruedo de Vistalegre y apostaré que Vox tiene un futuro prometedor como partido. Independientemente de si ello me gusta más o menos (probablemente a Newton tampoco le gustara demasiado que le cayeran manzanas en la cabeza). Hay cuatro razones principales en que fundar esta previsión.

Porque el periodismo “comprometido”, intentando evitarlo, le ayudará a ello

Desde que el domingo pasado Vox reuniera a nueve mil adeptos, y entre algún que otro gritito de escándalo, hemos visto a varios periodistas preguntándose qué podrían hacer ellos para ponerle palos en las ruedas a tal formación. Se trata sobre todo de periodistas “comprometidos”, a menudo de izquierdas, convencidos de que su obligación no es tanto contarnos qué pasa en el mundo, sino transformar este en un lugar mejor (o sea, para ellos, un lugar sin Vox. Y sin Trump. Y sin el PP. Y sin Ciudadanos. Pero, bueno, de momento vayamos a por Vox, que es más pequeño y facilito).

Hoy podemos leerles en Twitter lo que hace años solo imaginábamos que charlaban en las redacciones. El resumen de sus cavilaciones es sencillo: no hay que hablar de los asuntos que preocupan a quienes acaban inclinándose por Vox, es decir, chitón sobre inmigración, violencia en Cataluña, delincuencia, excarcelaciones de terroristas, okupas, manteros, narcopisos… La lista prosigue, larga. Pero no hay problema: siempre nos quedarán para ocupar minutos de emisión temas de rabiosa actualidad como la dictadura de Franco, Cristina Almeida o la guerra de Irak.

Detrás de este modo de pensar habita lo que en filosofía llamamos un entimema: cuando los periodistas rumian estas estrategias, en el fondo presuponen algo así como que “Si no hablamos de enfrentamientos en Cataluña, a la gente no le preocuparán los enfrentamientos en Cataluña”. No es disparatado este modo de pensar: muchos de nuestros periodistas se formaron en una era en que las redes sociales e incluso internet andaban lejos de lo que hoy son. Fue la época dorada en que se hablaba del agenda setting como la posibilidad maravillosa de que los periodistas decidieran cada noche cuáles serían los asuntos de los que un país iba a charlar al día siguiente.

Pero, como todo lo maravilloso, se trata de un tiempo ya pasado. Hoy son los periodistas los que a menudo persiguen como perritos la agenda que Twitter o WhatsApp les marca. Hoy, si la gente comprueba que algunos medios no les hablan de los asuntos importantes, simplemente prescinden de tales medios. Hoy nos hemos dado cuenta de que un periodista que no busca contarnos cómo es el mundo, sino que ansía mover el mundo en su dirección favorita, solo es un político disfrazado de periodista; y, por tanto, cosechará tanta desconfianza como la que llevan tiempo recogiendo los políticos.

Por eso sospecho que el silencio con que los periodistas quieren envolver ciertos temas no servirá para lo que ellos quieren y sí para lo que no quieren (su propio desprestigio). Se trata de una sospecha, lo confieso, facilona: es lo que ha ocurrido en todos los demás países en que la prensa se ha lanzado, cainita, contra formaciones derechistas. Y ya hemos comentado en The Objective su magro resultado: mucho votante antiinmigración en Italia no odia, ni mucho menos, a los inmigrantes; solo odia el modo en que los periodistas minusvaloran los problemas relacionados con los inmigrantes.

Porque la izquierda sigue en Babia

Hubo un tiempo en que los políticos de izquierda prometían mejores sueldos; una mejor sanidad; una educación más potente para todos. No entraremos ahora en si cumplían o si podían siquiera cumplir tales promesas; lo importante es que resultaba placentero escuchar a sus dirigentes comprometerse a librar tantas batallas a tu favor. Hoy, en cambio, la izquierda te exige que hables como nadie/nadia habla; te exige que si eres varón te deconstruyas todo el rato; te exige que, si eres mujer, veas a todos los hombres como una amenaza; si eres gay, a todos los heteros; si comes carne, debes tornar a la vieja tradición católica de la abstinencia, pero esta vez perpetua.

Y así, mientras alguien baraja volver obligatorios los cursos de biodanza, en los barrios obreros de antaño se preguntan quién les ofrece el mundo que antes les prometían. Es cuestión de tiempo que descubran que lo hace Vox. Y, de nuevo, reconozco que mi predicción resulta facilona: lo mismo ha sucedido ya con la nueva derecha en Francia, Alemania, Italia, Holanda; en cosa de días, meses o años habrá de llegar a Aluche.

Porque hemos hecho de la política un espectáculo

Como quien contempla uno, muchos analistas y comunicadores se felicitaron al llegar Podemos a la escena política hace cuatro años. Juego de Tronos se vuelve más entretenido si dosificas la llegada de nuevos personajes con cierto tino. “Aumento de la pluralidad”, “voces frescas”, “representación de nuevas sensibilidades” fueron algunos de los latiguillos con que se encomió aquel giro de guion.

Normalmente los mismos que estaban tan interesados en aumentar el número de formaciones cuando llegaban los podemitas, andan hoy algo quejumbrosos contra el guionista que haya introducido en la trama a Vox. En cualquier caso, poco importa. Es demasiado tarde. El público ya contempla la política nacional como una serie más de la tele: quizá menos entretenida que las de Netflix, pero con muchísima más gente que la sigue y, por tanto, con muchos más interlocutores con que poderla comentar. (Aquí lo explica Víctor Lapuente mucho mejor que yo). Por consiguiente, todo nuevo protagonista es bienvenido si trae consigo algo nuevo que aportar.

Y Vox lo trae. Majaderías como la propuesta de expulsar a Pablo Echenique de España son un error solo si las analizamos desde un punto de vista ético. Y ya nos ha enseñado el Gobierno de Sánchez que la ética es solo una escalera más con que llegar al poder. En cuanto espectáculo, echar a Echenique es un acierto; o al menos nominarlo (en terminología de Operación Triunfo), mientras Coque Malla le dedica “No puedo vivir sin ti” desde el escenario.

Por incordiar

O lo que hoy se llama “trolear”. En política hay un momento bien famoso para ello: las elecciones europeas, que justamente son las que se nos avecinan. Recordemos que ya en 1989 los españoles dimos en ellas dos escaños a un incordio como José María Ruiz-Mateos, empresario que se había pasado toda aquella campaña sorteando a la policía, buscado por cierto incidente en los pasillos de un juzgado entre el ministro Boyer y los lácteos. Si el éxito de Ruiz-Mateos reflejó entonces el hartazgo ante un Felipe González que no dejaba de obtener mayorías absolutas, hoy no faltan tampoco motivos para el berrinche: desde una Unión Europea que acoge en su maternal seno a nuestros golpistas, hasta el deseo libertino de agitar a los que Abascal denomina, flandersiano, nuestra “derechita”; por no olvidar que siempre hay gente con ganas atrasadas de gamberrear a la socialdemocracia (y parece que este domingo en Baviera veremos buen ejemplo de ello).

Ahora bien, tampoco es descartable que Vox no sepa entender su previsible subida de votos el próximo mayo, crea que todos responden a algo más que una pataleta y empiece a hacer tonterías que lo devuelvan a la insignificancia. Al fin y al cabo, Ruiz-Mateos solo duró una legislatura en Bruselas y jamás obtuvo ni un mísero concejal. No olvidemos que algunos personajes de Juego de Tronos desaparecen a los pocos capítulos. Y que, sin embargo, varios nominados en Operación Triunfo sobreviven una y otra vez.

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