Pablo de Lora

El adversatiVOX

«En España hemos vivido en un fértil período de satisfaciente normalidad institucional y personal, pero tengo la sensación de que con empecinada negligencia, si es que no con voluntaria determinación, nos precipitamos hacia ese 'abismo epocal' al que venimos tentando desde hace una década»

Opinión

El adversatiVOX
Foto: Universidad Internacional de Andalucía| Flickr
Pablo de Lora

Pablo de Lora

Catedrático de Filosofía del Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado recientemente 'Lo sexual es político (y jurídico)' en Alianza, Madrid, 2019.

«¿Qué harías tú en un ataque preventivo de la URSS?», cantaba el grupo Polanski y el Ardor allá por el año 1982. «No, no, no, no, no es posible, se me ha averiado la respuesta flexible… no, no, no, no, no tengo novia y no me mola el Pacto de Varsovia; ese señor me tiene gato y no me mola el tratado de la NATO». Tal vez algunos lo recuerden.

En una versión menos incitadora al bailongo, más infeliz en su síntesis, aunque sí más académica, Maurice Merleau-Ponty alude a esa «avería de la respuesta flexible»: «Cuando uno vive en lo que Péguy llamó un período histórico en el que el animal político se contenta con administrar un régimen o un Derecho vigente, uno puede albergar la esperanza de una historia sin violencia. Cuando uno tiene el infortunio, o la suerte, de vivir en una época, o en uno de esos momentos en los que el sustento tradicional de una nación o sociedad se desmorona, y en el que, para bien o para mal, el hombre debe reconstruir por sí mismo las relaciones humanas, entonces la libertad de cada uno es una amenaza mortal para los otros y la violencia reaparece» (Humanismo y terror, 1947).

En España hemos vivido en un fértil período de satisfaciente normalidad institucional y personal, pero tengo la sensación de que con empecinada negligencia, si es que no con voluntaria determinación, nos precipitamos hacia ese «abismo epocal» al que venimos tentando desde hace una década. Y ya me gustará leer estas líneas dentro de no mucho tiempo y pensar: «pero qué estupideces escribías, amigo».

En el fondo lo sabemos desde hace tiempo pero hemos pensado ingenuamente que las «épocas» eran de otras épocas. Lo constatamos en 2017, con motivo de la insurrección institucional (vaya oxímoron) catalana: entonces el perfil parecía no poder ser por más tiempo una postura posible y cada cual se retrató. Así y todo, nos olvidamos pronto, en parte porque todo pasa demasiado deprisa y las afrentas acumuladas no cesan. Pero repasen, repasen hoy quiénes decían qué o llamaban al manifiesto o a la manifestación porque la Guardia Civil buscaba urnas y requisaba naves en Cataluña tratando de impedir una colosal ilegalidad, una pretensión abiertamente inconstitucional. Unos se convocaban el 7 de octubre con sábanas blancas bajo el lema «¿Parlem? ¿Hablamos?» (¿Ho recorden?) con el afán de «superar banderías y banderas», y otros se lanzaban a las calles de Barcelona para mostrar a tantos de sus conciudadanos – demasiado tarde- que no estaban solos frente al pretendido expolio a sus derechos de ciudadanía. Se pudieron impostar análisis jurídicos en los que loar la arquitectura institucional diseñada por una ley de transitoriedad jurídica que dinamitaba la legalidad constitucional vigente – es «más garantista que nuestra Constitución», escribió una hoy eurodiputada de Podemos- y que nos puso al borde de un enfrentamiento civil muy serio, y también convocar a un conjunto de biempensantes a una «llamada colectiva al diálogo» en la que a los tradicionales mantras del fofo catecismo del diálogo-político-para-resolver-problemas-políticos se sumaron algunos arrebatos líricos para la ocasión. Un conocido forense no tuvo empacho en dejar escrito: «las palabras se abrazan cuando se encuentran en el mismo camino…». Añadan la lacerante actitud de ursulina preñada exhibida por los escritores, artistas y cineastas inmaculados y ya pueden hacerse una buena idea del cuadro completo: «Solo sé que acabo de llegar a Barcelona y sigue tan bonita y con su acogedora brisa marina…», escribía sin rubor la fotógrafa oficial de «la Movida» madrileña. Era el 5 de octubre, oiga, y el estado de excepción empezaba a resultar plausible y necesario.

Ni siquiera entonces debía, ni debió, ser sorpresivo: ¿qué se dijo o firmó en los años de plomo en el País Vasco mientras algunos decentes se jugaban literalmente la vida por las libertades básicas de todos? ¿Cuántos se animaron a olvidarse del quinto decimal de su ideario político y ejercer su derecho de voto con el único afán de que los asesinos no se salieran con la suya votando al partido, PSOE o PP, que sólo conseguía presentar listas si contaba con héroes dispuestos a sustituir al candidato recién asesinado? Poquitos, me temo, a pesar de que se jugaban infinitamente menos metiendo la papeleta en el sobre tras la cortinilla. Y no se estaba decidiendo el destino del País Vasco sino un gobierno municipal, el de Llodio, por ejemplo, uno de cuyos concejales heroicos fue por cierto el actual líder de Vox.

Dos años antes de que unos cuantos intrépidos agrupados en torno al movimiento «Basta Ya» lograran movilizar a miles de ciudadanos en San Sebastián – los «colonos», como los definió Otegi- un grupo de «intelectuales» llevaron al Parlamento una propuesta de diálogo con ETA sin condiciones. Meses antes se había asesinado a Miguel Ángel Blanco. Aun así, decían los intelectuales, persistía un «conflicto predominantemente político» que: «…procede de atrás, sin que desde la Transición haya existido un consenso suficiente que posibilitara una salida dialogada a una resolución de derechos colectivos» (véase El País de 30 de marzo de 1998).

Nos hemos conllevado pese a todo y ocasionalmente hemos visto la patita «epocal» de algunos, sus perfiles, contorsiones e imposturas dialogantes cuando lo que estaba en juego era lo básico, no un quítame esa partida presupuestaria, sino que uno pudiera presentarse en condiciones de igualdad a unas elecciones, o que no fuera extranjerizado en su comunidad sin poder decir ni esta boca es mía. Las condiciones pre-políticas, vaya.

Hoy, y a propósito de las elecciones a la Comunidad de Madrid, han caído del todo las caretas y quienes se aprestaban a mantenerse en el pino-puente cuando se limpiaban con lejía las calles de Vic tras un mitin de Ciudadanos, o escuchaban decir a Pablo Iglesias afirmar en la tribuna del Congreso que los diputados de Vox eran «parásitos», «inmundicia», que España y su pueblo se los quitarían de encima, una vez más, como en el siglo XX, esos, digo, no tiran adoquines pero ya actúan a calzón quitado mostrando su nula encarnadura democrática, la que podemos sospechar que nunca tuvieron en el fondo. Lo hemos descubierto gracias a Vox que oficia como una suerte de papel tornasol.

Vivimos ya una situación «epocal» en la que es un aceptable ejercicio de normalidad democrática, de «sana provocación», que el expresidente de la Generalidad y condenado por desobediencia Sr. Torra junto con sus huestes independentistas se manifiesten en Madrid (marzo del 2019) clamando libertad e independencia sin que se produzca disrupción alguna, y al tiempo es «explicable», «excusable», si es que no sencillamente «justificable» que quienes acudan a escuchar un mitin de Vox en Madrid tengan que ser protegidos por antidisturbios si quieren permanecer con vida. Y no exagero. Mientras tanto, el PNV, EH-Bildu, el Partido Socialista de Euskadi y Elkarrekin-Podemos-IU ha decidido «no debatir» con la única representante de Vox en el Parlamento Vasco. A Ignacio Garriga ni se le escuchó por parte de la mayoría de los parlamentarios del Parlamento de Cataluña que se ausentaron cuando llegó su turno en el debate de investidura. Lo llaman «cordón sanitario». ¿Alguno de los que proclamó la «alerta antifascista» tras la irrupción de VOX en el Parlamento de Andalucía se animara a contarnos qué ha pasado desde entonces? De momento VOX aumenta sus expectativas electorales y Adelante Andalucía se hunde estrepitosamente. Cosas de andaluces fachas y españolazos, imagino.

Afirmar, como se hace estos días por parte de representantes políticos del PSOE, o intelectuales auto-proclamados de izquierdas o «progresistas», que Madrid está «gobernada por personas indeseables»; que de lo que se trata es de «cortar en seco el avance del fascismo» pues llevamos 26 años «infernales» de «atentados contra los derechos y la dignidad de la mayoría ciudadana», no digamos ya aprovechar la exposición de motivos de una ley de reforma del Código Penal para aseverar que, desde la llegada al poder del Partido Popular, se inicia un proceso «constante y sistemático de desmantelamiento de las libertades», todo eso, digo, no es el ejercicio hiperbólico puntual de quien se vino arriba en el tiempo de la contienda electoral. No: ese conjunto de abusos institucionales y dislates conceptuales y retóricos responde a la transparente pretensión de romper el tablero democrático mediante la negación del pan y la sal de la legitimidad democrática a quienes, respetando el orden constitucional en su quehacer político, representan a millones de ciudadanos. Con los golpistas del otoño del 2017; con los que ampararon la violencia política y aún no se han arrepentido; con los que pretenden acabar con la comunidad política sin importarles «ni un comino España», se puede, en cambio, «construir  mayorías» o «forjar presupuestos». ¿Cuándo se perdió tanto el norte, Zavalita?

¿Y ahora, que vas a hacer tú, ciudadano, cuando ya se «averió la respuesta flexible»? ¿Serás capaz de votar «epocalmente», renunciando a algunas de tus preferencias ideológicas con el único y saludable propósito democrático de doblegar aquellas ínfulas totalitarias y mandar a la silla democrática de pensar a los tibios revelados como definitivamente troyanos?

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