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El bando inequívoco del bien

Cada vez me cuesta más decir lo que pienso. No por miedo a toda esa barahúnda de cabreados que se ofenden por lo que digo o lo que no digo. Me cuesta porque empiezo a no saber qué demonios pienso. Dónde está el bien y donde está el mal. Si lo que digo ayuda o descalabra. Si aporto ruido o aporto algo útil con mis palabras. Me gustaría aportar cordura, pero igual es mucho pedir. Por ejemplo, Juana Rivas. El hecho de tener que encontrar una opinión sobre su huida y regreso me descoyunta las neuronas porque parece que hoy día, en todo, nuestra opinión es un partido. Parece que en estos tiempos debes de estar a favor o en contra de Juana Rivas. A favor o en contra de la emoción catalanista. A favor o en contra del islam. A favor o en contra de un juez que con todas las pruebas y detalles en la mano toma una decisión o a favor o en contra de una mujer que pone el amor por encima de todo y solo quiere el bien para sus hijos. Estás a favor o en contra de algo, de una manera fervorosa, activa, activista, o a favor o en contra del más rancio cliché.

No soy la primera persona que en tiempos convulsos y de efervescencia social duda entre esto y aquello, siente emociones encontradas al ver a un padre destrozado abrazando a un Imán, se debate entre el corazón y lo cerebral, la justicia y la legalidad, la moral y la ley. Muchos hombres y mujeres se sintieron igual en el periodo de preguerra. Veían injusticias flagrantes, una sociedad fracturada, una pobreza inhumana, unos ricos que se negaban a repartir. La polarización alimentó los odios, los buenos y malos, acabó como todos conocemos. La ley perdió el respeto de la sociedad. Se justificó la violencia. La democracia se fragmentó en millones de manos, como un sistema inservible. La sociedad se polarizó, dando como resultado los populismos de las dos tendencias encontradas que marcarían el siglo XX. Ambos extremos sentían tan clara su justicia, una forma subjetiva de justicia, que llegaron al punto crítico del negro y el blanco, defendieron saltarse las instituciones, por defectuosas, en la búsqueda de una sociedad que ellos, con su propia justicia a la medida, consideraban mejor. Dieron un golpe de estado. Justificaron su acción como una reacción adelantada al golpe que pretendían dar los otros. Mire usted, no. La justicia no es subjetiva. Es objetiva y se llama “ley”.

En mi lucha mental entre confiar en el estado de derecho y seguir con pasión los sentimientos, que es nuestra forma subjetiva de justicia arrogante, me acuerdo siempre de Jorge Semprún. No recuerdo la cita exacta, se lo escuché en una entrevista, pero era algo así como “allí, en Buchenwald, sabíamos al fin de qué bando estábamos, porque solo había que mirar alrededor y ver lo que los nazis estaban haciendo para tener la total seguridad de que luchábamos contra la maldad. Sí, era un alivio comprender que no había duda posible, que estábamos, inequívocamente, en el bando de los buenos”.

Desgraciadamente, para llegar a saber con total seguridad que uno es el bueno, sentirlo con la cabeza y con el corazón, se necesita mucha maldad. Se necesitan cosas espeluznantes, como limpiezas étnicas, bombardeos indiscriminados, tortura sin medida, atentados terroristas.

Veo a Juana Rivas en las noticias. Ha cumplido con la ley y ha entregado a sus hijos para que viajen a Italia, su lugar de residencia, el país en el que está en curso su debate por la custodia. Yo empatizo con esta mujer, completamente, y me pongo en el lugar de unos niños, todos los niños, que no son suficientemente preguntados, que no tienen bastante libertad para decir por sí mismos lo que quieren o no quieren hacer, que se encuentran en una situación tutelada por desconocidos que, con las leyes en la mano, podrían robarles su capacidad de sentir amor. Pero es la ley y hay unas normas sociales y algo dentro de mí, suspira aliviada al ver que Juana ha optado por acatarla, porque si bien creo que la ley comete injusticias, sigo pensando que no existe la justicia subjetiva. No existe, lo siento, y yo no tengo potestad para decidir quiénes son los buenos y quienes son los malos en un estado de derecho. Por eso, para eso, existen las leyes, los jueces, la libertad de enarbolar una bandera, de gritar una opinión, de votar un parlamento que modifique constituciones o incluya, en la medida de lo posible, nuestra opinión sin imponer las opiniones o los sentimientos del que más grita con sincera emoción. Esto se llama” la democracia”, que con todos sus defectos y todos sus errores, me sigue pareciendo el bando inequívoco del bien.

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