Ignacio Peyró

El duque de Edimburgo: un perfil

«En la percepción de los ingleses han pesado para bien su implicación germánica en algunos trabajos y su espíritu deportivo. Para mal, han pesado esos familiares que coquetearon con los nazis»

Opinión

El duque de Edimburgo: un perfil
Foto: LUCAS JACKSON| Reuters
Ignacio Peyró

Ignacio Peyró

Madrid, 1980. Periodista y escritor, autor de Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa y de La vista desde aquí. Una conversación con Valentí Puig. Ha sido durante cinco años asesor en Presidencia del Gobierno. En la actualidad, es consejero de EFE y jefe de elSubjetivo en The Objective. Desde octubre de 2017 dirige el Instituto Cervantes de Londres.

El duque de Edimburgo nació en Mon repos, en el Corfú que guardaba los recuerdos de Sisí y del último káiser alemán. Vino al mundo en condición  –con perdón- de chucho real, descendiente de aquel garañón multidinástico que fue Cristian IX de Dinamarca en su tardío pedigrí heleno. El siglo XX, tan fecundo en exilios poéticos como desastroso para las dinastías reinantes, le pasó pronta factura: todavía bebé tuvo que huir de su país en una caja de naranjas para embarcar en un barco de la Royal Navy.

Durante años vivió en la apatridia, y se dijo que en su juventud «indigente», todas sus posesiones le llegaron a caber en un hatillo, hasta que el rey de Dinamarca le concedió pasaporte. Más abandonos: su madre se retiró a un convento; su padre murió en brazos de su amante en Monte Carlo. De él heredó una brocha de afeitar, varios trajes y no pocos rasgos de carácter. De joven, el duque de Edimburgo fue un excelente deportista y –antes de ser conocido por el mundo- llamó la atención por su desempeño valeroso en la Segunda Guerra Mundial.

Desde siempre una de las mejores perchas de la Gran Bretaña, el consorte real dejó de fumar la noche anterior a su boda y, si no fiel, ha sido por lo menos muy discreto en sus infidelidades: Alejandra de Kent y Katie Boyle, entre otras –muchas otras. Según el espionaje soviético de los tiempos del Caso Profumo, también tuvo un romance con la princesa Margarita, para lo cual debió de tener un temperamento actoral extraordinario, pues conoció a Isabel y a Margarita a la vez. Hombre inteligente, se anticipó a ser el primer amor de Isabel II, y esta ya nunca tuvo otro: si la reina sabe que la cornamenta va en el lote de la Corona, también conoce las ventajas de hacer públicas las virtudes y mantener privados los vicios.

A despecho de su fama de ociosidad, el duque intentó trabajar en lo suyo –marino de la Navy- todo lo que pudo: antes de casarse, preguntó qué tenía que hacer como consorte, para recibir como respuesta un encogimiento de hombros. Así lo cuenta él. El seis de febrero de 1952, fue el duque de Edimburgo quien comunicó a Isabel la muerte de su padre, el acceso al trono. Estaban en Kenia.

Se sabe que a Carlos le abroncaba violentamente de niño; tanto, que hasta el propio príncipe le tuvo que recordar en alguna ocasión que estaba hablando con el futuro rey de Inglaterra. Sin embargo, el duque iba a tener un papel –tan benigno como voluntarista- de intermediario en los peores momentos del matrimonio entre Carlos y Diana. Se dice que hizo más que ninguno por salvar a la pareja.

El duque es un hombre extraño. No tolera respuestas imprecisas, y en ocasiones ha abroncado con crueldad a sus valets. Sin embargo, es conocido –a pesar de su impaciencia- por mostrarse con ellos mucho más humano y paternal que ningún otro miembro de la familia real: al volcar en un coche de caballos su primera reacción fue preocuparse por el cochero, cuando la reina seguramente se hubiera preocupado por los caballos. E incluso en ocasiones se ha tomado una cerveza –la Double Diamond que ya sólo embotellan para él- con la servidumbre. En realidad, la mayor controversia con sus asistentes es que él se empeña en llevar doblado el pañuelo de lino de su chaqueta y ellos lo querrían bien abullonado. En todo caso, siempre ha llamado la atención la fidelidad incondicional de su staff para con el duque.

En la percepción de los ingleses han pesado para bien su implicación germánica en algunos trabajos –becas, asociaciones-, y su espíritu deportivo (para honrarlo, pidió construir una piscina en Buckingham). Para mal, han pesado esos familiares que coquetearon con los nazis. Aun así, la propia Reina Madre tuvo que reconocer que era un auténtico “caballero inglés” –y nadie más antigermánico que la Reina Madre. Nunca se le ha reprochado el buscar protagonismo, siempre ha sabido permanecer en la sombra, decorativo como nadie y más engallado que ninguno a la hora de soportar de pie y en silencio el ceremonial y la pompa de la corte. De sus muchos apoyos a la reina, ese de la discreción siempre fue fundamental.

No por eso ha dejado de tener su cuota de locura. Del duque se ha dicho que la mejor razón para abrazar el republicanismo consiste en escucharle. En realidad, su humor pertenece a una edad menos mojigata en cuanto al escrutinio personal se refiere. Sus salidas y su temeraria imprudencia verbal son materia de leyenda: lo mismo propone terminar con los turistas en Londres para terminar con los atascos que le pregunta a un residente en Caimán si sus ascendientes son piratas, bromea con el canibalismo en Papúa Nueva Guinea o le hace una broma a una niña ciega a propósito de “echar un vistazo”. Odia a la prensa: en Gibraltar, tras preguntar quiénes eran los monos y quiénes los periodistas, comenzó a arrojar cacahuetes a los fotógrafos.

Pese a las ganas, nadie ha podido considerarle nunca una nulidad intelectual, al menos tras escribir varios libros sobre ornitología –una de sus pasiones- y conservacionismo. Pinta al óleo y, en Ascot, aburrido hasta el sopor durante las carreras, llegó a ponerse un transistor dentro del sombrero de copa para poder escuchar el cricket mientras iban y venían los caballos. Hace mucho que dejó de volar los aviones que volaba, pero todavía mantiene humor para coleccionar –sobre las paredes de su baño, en Sandringham- las viñetas que de él se publican, o de poner a sus perros nombres de directores de orquesta. No se sabe si tiene particulares devociones religiosas, pero a algún predicador encendido le ha dicho, para apremiarle a la brevedad, que el alma no puede absorber lo que el culo no puede aguantar.

Perfil extraído de Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola, 2014).

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