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Extranjera

"Ser extranjero, sin duda, es un miedo, una falta de costumbre"

Foto: Tim Ireland | AP

No hay como estar fuera de casa para echar de menos todo aquello que nos arropa, la seguridad de una rutina interiorizada. No hay como estar fuera de tu país para adorar el chorizo de Sainsbury's. No hay como tener lejos el aire que el cuerpo está acostumbrado a respirar para sentir extrañas emociones de pérdida.

Todos los años vengo a Inglaterra durante dos meses, me integro en la vida local, me comporto como si fuera de aquí, sabiendo que es temporal, que es una especie de juego de las casitas o de las identidades. Aquí me llaman Lía Martin, porque mi segundo apellido les resulta más sencillo que uno compuesto lleno de zetas. Aquí soy otra porque me ven distinta y la mirada de los demás, lo que los otros asumen que no somos, o que no somos,  también nos conforma. De hecho, su mirada nos cambia hasta la vestimenta.

Hasta ahora me había sentido como una residente exótica y este verano, sin que nada haya cambiado, sin que nadie me mire de distinta manera o me trate ni peor ni mejor, me siento mucho más extranjera. Sobre todo desde que Boris ha logrado lo impensable, llegar a Primer Ministro, aterrando a propios y extraños con sus ideas sobre el Brexit.

Mientras analizo a esta Lía Martin, esta extraña para mis amigos españoles que aquí se adapta a lo que sea, siempre alerta para no meter la pata de hija adoptiva, me pregunto si la extranjería es sobre todo un miedo. Una suerte de inseguridad interior, también, y no sólo surge y se siente en base al trato que nos dan los demás.

Quizá los prejuicios propios, la falta de confianza en uno mismo, la poca práctica con las costumbres de un país, la incertidumbre de lo que está por venir, nos hacen más extranjeros. Quizá me siento así ahora que sé que voy a dejar mi país de toda la vida para afincarme definitivamente aquí el año que viene y comienzo a pedir plaza en colegios, a organizar compraventas de casas, a echar de menos a mi familia y amigos antes de haberme despedido siquiera. Y entonces pienso que ser extranjera es un estado que puede suceder en cualquier parte y sobre todo, en nuestra propia ciudad.

Porque hay que decir que a algunos nos va lo de ser extranjero. Cuando se ha sido toda la vida la rara del grupo, la que no se conforma, la que disimula, pero sabe que no es uniforme, ni piensa como los demás, ni en política, ni en filosofía de vida, ni en casi nada, se es completamente extranjera. Extranjera de planeta mental. Entonces, la extranjería de país físico y de idioma, otorgan la excusa perfecta. “No soy rara, no soy diferente, lo que pasa es que soy extranjera”. Qué bien viene entonces estar en otro país. Vivir en otro idioma. Un defecto al hablar, no es un defecto, es un acento. En otra lengua, un fallo gramatical no es incultura, es lo natural. En otro país, tu país es más grande, más tranquilo, más… perfecto. La política no se te mete debajo de la piel y te daña y los demás te quieren más porque estás lejos.

Ser extranjero, sin duda, es un miedo, una falta de costumbre, es comparar mentalmente lo de aquí con lo de allí, lo de casa, con lo local. Tomemos las aceras, por ejemplo. Aquí son horrorosas, de asfalto parcheado. Uno piensa en la bella Inglaterra de las películas y nadie se imagina que las aceras de Brighton son de asfalto parcheado y que hay que ir saltando raíces con cuidado de no darse de bruces contra el suelo en cualquier momento, que las casas tienen escaleras y que no hay rampas para sillas de ruedas en ningún lado, que el camión de la basura pasa cada quince días y los contenedores se llenan hasta rebosar, que las gaviotas de Brighton, que son como armarios de tres cuerpos, picotean las bolsas y el viento esparce su contenido por las aceras parcheadas de asfalto y las escaleras y el aire de este país, que es bello, pero desorganizado.

Tenemos idealizado aquello que no vemos. Desde España, otros países están limpios y ordenados, pero nunca son lo que pensamos. No siempre. Igual que los países, nosotros tampoco somos como pensamos que somos o como nos ven los demás. Tenemos una idea engañosa de lo que nos conforma, del contexto que nos construye o nos vuelve extranjeros. Nunca somos lo que nos pensamos y Gran Bretaña tampoco es lo que piensa. Su gente es más europea de lo que cree, incluso los nacionalistas que votaron por el Brexit. Me pregunto cuál será el daño psicológico, emocional, de un país que lleva unido a Europa durante tantos años. Cómo será el duelo colectivo de separación. Va a cambiar el modo de vida. Va a cambiar muchísimo. Me pregunto cuantos británicos se darán cuenta de todo lo que tienen de europeos al perder la patria común que no saben que les cubre y arropa y les da un aire que respiran sin pensar en él. Porque las pérdidas duelen cuando son pérdidas. Duelen todas, aunque estemos encantados de perderlas. Me pregunto cómo se sentirá Gran Bretaña cuando sea extranjera.

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