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Hacerse cargo de la complejidad del país

Foto: Ciudadanos | Flickr

El acto en el que Ciudadanos presentó su plataforma España Ciudadana se ha convertido en carne de meme. Y no sin motivo. Las imágenes de una contrita Marta Sánchez tras cantar su particular versión del himno recuerdan más a una escena de la literatura del poder latinoamericano de Roa Bastos que al progresismo liberal europeo alrededor del cual Ciudadanos quiere congregar a una mayoría de españoles. Poner letra a un himno que no lo tiene, y darle el tono de canción patria decimonónica supone un acto de dislocación similar al que sufrirían los miembros de la Asamblea Nacional Francesa si, durante la Revolución, Robespierre hubiera instalado unos bafles para que atronara el Despacito tras alguna sesión solemne.

Desconcierto, ridículo. ¿Qué clase de partido liberal y abierto acepta y promueve para su país un himno oficioso compuesto en nuestros días que dice “a Dios le doy las gracias por nacer aquí”? Y no es sólo la mención a una creencia en un espacio público que apenas ha empezado a separarse del poder eclesiástico lo más reaccionario del asunto, sino esa apelación al lugar de nacimiento, como si no hubiera españoles no nacidos en España, o como si no vivieran con nosotros un 10% de extranjeros en su mayoría perfectamente integrados. ¿Realmente esto es “lo que nos une”? ¿Esa es la ciudadanía kantiana liberal? La letra deja fuera de España a más gente de la que el himno integraba antes del invento.

Con ser esto lo más sonrojante, no es lo más grave del acto del domingo, donde su líder, Albert Rivera, dio un discurso acartonado, antiguo, traído con pinzas desde otras tradiciones políticas como la americana o la francesa. Las apelaciones a que él sólo ve españoles, no rojos y azules, ni trabajadores ni empresarios cuando viaja por España, busca meter con calzador un discurso patriotero en un país que, por suerte, no es que no se sienta orgulloso de ser español en su mayoría, sino que no tiene una sola forma de hacerlo, o quizá ninguna gana de hacerlo. Muchos de los que durante tantos años han defendido el patriotismo constitucional han descubierto el nacionalismo español cuando han visto que da votos. El nacionalismo no es sólo odiar a un enemigo externo, como aluden tantos a quienes el nuevo giro de Ciudadanos les ha pillado con la hemeroteca en contra. La Enciclopedia Británica define nacionalismo como una “ideología basada en la premisa de que la lealtad individual y la devoción al Estado-nación está por encima de cualquier otro interés individual o de grupo”. Yo sólo veo españoles. Como el que sólo ve catalanes.

Defender, como se ha hecho después, que debemos imitar a Francia y Estados Unidos y potenciar nuestros símbolos nacionales no sólo muestra una apuesta por un proyecto ajeno e inaplicable a una España sobrada de conflictos de identidades. También un grado de desconocimiento sorprendente de la cohesión social de los países que pone como ejemplo. Un paseo por las calles de Nueva York o Marsella, o por las afueras de Los Ángeles o por las banlieues de París es suficiente para estar, esta vez sí, bien orgulloso de España.

Su discurso puede darle votos y ampliar su base social, no lo sé. Pero practicar electoralismo basado en el humor social, y enarbolar símbolos que no nos unen a todos ni lo harán a estas alturas en la medida que lo hacen en otros países, tiene nombres. Pero eso siempre son los otros.

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