Cristina Casabón

Ironías de la sociedad del riesgo

"El coronavirus muestra la ironía de una sociedad negacionista que tiene la falsa certeza de que puede calcular y controlar el caos y que además crea sus propios riesgos"

Opinión

Ironías de la sociedad del riesgo
Foto: Roland Denes
Cristina Casabón

Cristina Casabón

Madrid, 1988. Profesora en la Universidad Carlos III. Articulista. El mundo como sustrato potencial de la ficción.

Para hacer filosofía sobre esta sociedad del riesgo, sobre la agitación, necesitamos filósofos que combinen la crítica aguda con la lucidez, la sátira y un poco de humor con la seriedad de las reflexiones acerca de cómo vivir juntos, cómo afrontar mejor lo que nos espera. Necesitamos filósofos que, como dice Freire, sean capaces de “meter el dedo en la llaga, molestar a los demás con preguntas extemporáneas, ser un incordio”.

La narrativa de Agitación es una narrativa de ironía, la sátira, que refleja la inutilidad optimista de una agitación constante y frenética. La ironía fatal en la que nos sumerge la sociedad científico-técnica es que, pese a los avances y el progreso, estamos condenados a vivir en un permanente estado de caos, agitación e incertidumbre. La sociedad del riesgo es una sociedad poderosa pero insegura de su destino. Orgullosa de sus fuerzas pero a la vez temerosa de ellas.

Según el sociólogo británico Anthony Giddens y el alemán Ulrich Beck, el mundo contemporáneo puede caracterizarse como una «sociedad de riesgo”. Lo peculiar de esta sociedad es que es incapaz de predecir y prepararse para los riesgos y males endémicos que enfrenta. Vivimos en una sociedad globalizada que piensa en términos de «mi nación primero” y esta estrechez de miras es lo que impide gestionar riesgos de manera colectiva.

Pero además, es una sociedad que genera sus propios riesgos; las amargas variedades de esta ironía son prácticamente infinitas: la polarización, el nacionalismo, las ensoñaciones colectivas, la adicción al trabajo, el moralismo, el tribalismo, el consumismo, el “especialismo”, el “tonteo con el irracionalismo”, los comportamientos compulsivos… estas y otras manías del “Homo Agitatus” son analizadas por el autor de Agitación. Y raro es quien no tenga alguna de estas manías, pues, como dice Jorge “quien vive en los dominios de Cronos será, más pronto que tarde, objeto de su voracidad”.

El coronavirus muestra la ironía de una sociedad negacionista que tiene la falsa certeza de que puede calcular y controlar el caos y que además crea sus propios riesgos. En la Odisea de Homero, el dios Zeus exclama: “¡Ay, cómo culpan los mortales a los dioses!, pues de nosotros, dicen, proceden los males. Pero también ellos por su estupidez soportan dolores más allá de lo que les corresponde”. Muestra por tanto la estupidez humana como causa de sufrimiento. Por su parte, los negacionistas colaboran con los estúpidos, ocultando aquello que no quieren ver. Lo explicaba el maestro Milan Kundera en La insoportable levedad del ser, donde plantea que “el ideal estético del acuerdo categórico con el ser es un mundo en el que la mierda es negada y todos se comportan como si no existiese. Este ideal estético se llama kitsch”

Para Kundera, el kitsch es la negación absoluta de la mierda; “elimina de su punto de vista todo lo que en la existencia humana es esencialmente inaceptable”. Para los negacionistas del riesgo, el riesgo es aún mayor. Es como el amigo que invita a Freire hacer penduling en el Puente de Caín. Si declinamos la invitación a dar un salto pendular hacia el vacío, lograremos esquivar a aquellos que Pérez-Reverte denominaba “tontos peligrosos”. Freire describe una gran gama de variedades de este curioso espécimen: “jumpers, balconers, pornfoodies, erotómanos, cleptómanos, pirómanos”. Y hasta gobernantes imprudentes. 

En las sociedades de riesgo oscilamos entre el negacionismo (esa extraña sabiduría metafísica que asume que todo está bien) y la agitación (ese estado de actividad frenética). La agitación implica un “estado de peligro más sutil”, que encontramos descrito en el libro de Freire: es el repliegue en nuestra vida privada, el retraimiento cívico y la atomización, que normalmente conlleva una actividad frenética y una vida frívola. Ocurre cuando el individuo se dedica a hacer cosas sin parar. Para el autor, “hacer cosas no es más que el eufemismo con el que disfrazamos nuestra incapacidad de hacer algo significativo”. La agitación, “es uno de esos movimientos apotropaicos que, desde la noche de los tiempos, los grupos humanos ejecutan para espantar aquello que más les aterra”, dice Freire. La agitación como huida hacia delante, como acto de negación y resistencia al cambio, implica la incapacidad de “asumir nuestro destino con un cierto estoicismo”. 

Para hacer frente a una sociedad del riesgo global tenemos que aprender a dejar de negar lo que no funciona y cambiar algunas actitudes individuales y colectivas, modificar la “incesante manía“  del Homo Agitatus. Freire apuesta por el pensamiento como solución ante aspectos de la vida social e individual que ya no funcionan. Agitación también nos ayuda a distinguir entre la lucidez extemporánea del “sabio socarrón corto de miras” de la lucidez serena, que se parece a aquello que Javier Gomá define como un estado de “ingenuidad recuperada”. Agitación es una invitación a crear una sociedad mejor, quizás esta pandemia es una oportunidad para ello. 

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