Joaquín Jesús Sánchez

Las grandes palabras

«Mónica García parece que está a punto de comerle la tostada al PSOE, porque se ve que dar el callo en la oposición y formular propuestas concretas funciona»

Opinión

Las grandes palabras
Foto: David Fernández| EFE
Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez

Joaquín Jesús Sánchez (Sevilla, 1990) estudió Filosofía y escribe crítica de arte, crónicas malhumoradas y artículos de variedades. Puede seguir sus trepidantes aventuras en www.unmaletinmarron.com

En esta sucesión de campañas electorales que llamamos «España», los madrileños estamos de enhorabuena. El martes tenemos ocasión para lucirnos, y podemos escoger entre un montón de falsas dicotomías: comunismo o libertad, fascismo o democracia, condenar «todas las violencias» o unas concretas, etcétera, etcétera.

La ventaja de las grandes palabras es que nadie sabe qué significan; mejor dicho, que significan lo que a cada cual le conviene. Estoy seguro de que la libertad de Monasterio no es la misma que la de Iglesias, como el peligroso fascismo que preocupa a Ana Rosa no es el mismo que me preocupa a mí. Definir es una tarea tediosa, que no parece interesar ni a los electores ni a los candidatos: los aspavientos y las sobreactuaciones quedan mejor en cámara.

Menos atajar los problemas concretos de esta nuestra comunidad, hemos tenido de todo: amenazas de muerte, espantadas para gran gozo de las respectivas hinchadas y simplificaciones que harían sonrojar hasta al politólogo más botarate. Leyendo la prensa y escuchando los editoriales de los matinales radiofónicos he aprendido que un enfermo mental no puede ser un derechista peligroso y que si te levantas de un debate automáticamente la ultraderecha deja tener voz (recientes investigaciones demuestran que en el debate de Telemadrid no había riesgo de blanqueamiento, aunque los asquerosos de Vox acabasen de empapelar la ciudad hostigando a niños extranjeros huérfanos).

Conste, yo condeno la violencia como el que más, y el fascismo me preocupa tanto como la posible resurrección de Hugo Chávez en chándal. Ahora bien, hace un mes pedí una analítica y aún no me ha visto el médico, cobro un sueldo que no me da para alquilar un piso y en la iglesia de enfrente de casa cada vez se amontona más gente el día que Cáritas reparte comida. Mientras tanto, el partido que gobierna la región desde el origen de la civilización cristiana y occidental nos manda propaganda electoral con el careto de Ayuso (con esa «A» horrenda que le habrá diseñado algún primo) y el salvífico sustantivo «libertad». Porque, como nos ha explicado la doña, la libertad es madrugar, trabajar mucho, cobrar poco, el desmantelamiento de los servicios públicos, eliminar el impuesto de sucesiones, dejar que los ancianos se muriesen en las residencias, no encontrarte con tu ex y tomarte una cervecita en una terraza.

En el otro lado del espectro ideológico, la hiperventilación de Podemos con las esperadísimas bravuconadas de la ultraderecha no sé cómo funcionarán en su parroquia, pero dan un pelín de pudor. Gabilondo creo que ha propuesto expulsar a los poetas de la ciudad y ha dicho que si no consigue presidir la Madrid irá a convencer al tirano de Siracusa con un ejemplar de la República bajo el brazo. Mónica García parece que está a punto de comerle la tostada al PSOE, porque se ve que dar el callo en la oposición y formular propuestas concretas funciona. Edmundo Bal va en moto.

En fin, el martes iremos a votar, a pesar de que Liberty Ayuso ha mantenido el día laborable, no sea que esos pobres que trabajan para jefes explotadores y engominados tengan facilidades para acercarse al colegio electoral. Que Dios nos pille confesados.

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